Plinio Apuleyo Mendoza era un sabio de la tribu, un testigo excepcional de la historia de Colombia, que vivió a plenitud y que, desde su extraordinaria pluma, retrató como casi ninguno a este país con sus complejidades, sus vicisitudes y sus cambios. Por eso, su muerte, a los 94 años de edad, generó dolor y una sensación de orfandad y desconsuelo en un importante sector del país. Se fue un grande.

Aunque tuvo algunos cargos en la diplomacia, en las embajadas de Francia y Portugal, su pasión eran las letras y lo que más se gozó y mejor hizo en la vida fue escribir. Su libro más aclamado, El olor de la guayaba, en el que recopiló sus conversaciones con su amigo Gabriel García Márquez, fue traducido a 17 idiomas y vendió miles de ejemplares en todo el mundo.
De su amistad con el Nobel hay muchas anécdotas que fueron historia, como el hecho de que fue el padrino de Rodrigo García y que el padre Camilo Torres, quien era amigo de Plinio y luego terminó en el ELN, casi no quiere darle la bendición. “Camilo, que todavía no había tomado la decisión de las armas, me dijo que no podía aceptarme como padrino. Gabo lo convenció”, contó una vez al ABC de España.
En esa entrevista también narró que el manuscrito de uno de sus libros, La llama y el hielo, le costó varios años de distanciamiento con Gabo porque su primera versión no le gustó a Mercedes Barcha, su esposa. Y que fue la periodista María Elvira Samper quien logró conectarlos de nuevo.

Plinio Apuleyo Mendoza, mucho antes de Gabo, se cruzó con algunos de los momentos que definieron a Colombia. El escritor contaba cómo había presenciado la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, que produjo el Bogotazo, el 9 de abril de 1948, y que justamente ese día iba a almorzar con su papá. Plinio se quedó comiendo en Monte Blanco, otro restaurante cerca, cuando escuchó los disparos y salió corriendo.
“Llegué primero que nadie y quedé de rodillas y nunca he olvidado la cara de Gaitán: los labios cerrados con dureza, casi con desdén; los ojos fijos y entreabiertos palpitaban con vida, un ligero temblor le estremecía los párpados y las pestañas, porque no estaba muerto, sino hasta media hora después”, le contó a la revista Bocas.

Plinio, que estudió y vivió en la París bohemia que definió el rumbo de tantos escritores y artistas de América Latina, fue en el comienzo de su vida un creyente en que la revolución podía mejorar el mundo. Su papel en este frente fue importante. Ocupó cargos como la dirección de la agencia de noticias cubana, Prensa Latina. Era un partidario del régimen de Fidel Castro, de quien llegó a ser amigo. Pero fue en sus viajes por el mundo comunista, entre ellos la antigua Unión Soviética, en que esa ilusión se desbordó y terminó en la otra orilla.
Para hablar de este giro, Plinio solía citar la frase de Winston Churchill que decía que “quien a los veinte no es comunista, no tiene corazón, y quien a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cabeza”.
El expresidente Álvaro Uribe recordó este giro de la vida del escritor en unas sentidas palabras que leyó en el sepelio: “Su inmersión en la realidad comunista lo llevó a una profunda decepción. Hoy es fácil señalar el fracaso del comunismo. La importancia de Plinio fue anticiparlo cuando muchas voces del mundo libre lo coreaban”. De este desencanto surgió uno de sus libros, Manual del perfecto idiota latinoamericano, escrito junto con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.

“Plinio tuvo una virtud que distingue a los espíritus verdaderamente libres: jamás permitió que la ideología prevaleciera sobre la verdad. Cuando comprendió que detrás de aquella promesa comunista se escondían la esclavitud y la tortura colectiva, se convirtió en uno de sus más lúcidos críticos”, agregó el expresidente, quien lo definió como un gladiador de la libertad.
En los últimos años de su vida, Plinio Apuleyo Mendoza defendió con ahínco a las Fuerzas Armadas y a las instituciones democráticas. Fue un crítico de la politización de la Justicia y de los excesos de la izquierda en el poder. “Fue un intelectual que nunca cambió la verdad por el aplauso. El rigor de sus análisis, la defensa inquebrantable de la libertad y el combate frontal contra los totalitarismos dejaron una huella imborrable en el debate público”, dijo María Fernanda Cabal.
El escritor y ensayista mexicano Enrique Krauze escribió un mensaje que resume este papel con el que esta semana el país despidió a Plinio Apuleyo Mendoza: “Ha muerto el gran intelectual colombiano Plinio Apuleyo Mendoza. Uno de los grandes espíritus liberales de nuestro idioma. Colombia debe honrarlo hoy más que nunca. Y América Latina lo reconocerá cuando vuelva al cauce democrático que nunca debió abandonar”.

“Quédate, Plinio”
Plinio Apuleyo Mendoza fue el primer director de SEMANA, cuando esta revista fue refundada por Felipe López en 1982. Esta fue la carta que escribió a los periodistas desde París un mes después de renunciar a la revista.
“Pese a tanto lápiz roto, mientras trabajaba, empujaron ustedes la puerta de mi oficina y aparecieron con una torta y una botella de vino. Sobre la torta se erguía una indefensa banderita fabricada con un lápiz y un trozo de papel. Tenía, bajo el logotipo de SEMANA, un letrero escrito a mano: ‘Quédate, Plinio’.
Guardo aquel par de páginas que ustedes me dieron antes de partir. Diagramadas con todo refinamiento, en ellas puso cada cual su foto y un texto de despedida. Allí está, completo, el kínder, mi kínder: los redactores que ya llegaron al salón que convinimos en llamar de las grandes ligas y los codiciosos debutantes de las ligas menores, que están calentando el brazo en el jardín izquierdo para matarle el punto a los primeros. Viendo aquel mosaico de jóvenes de la generación de la ‘salsa’, nadie cree en París que una revista tan seria como SEMANA sea realizada por gente tan poco seria como ustedes.
Si se proponían hacerme sentir como un padre tránsfuga, lo han logrado. Y este París de agosto, de comercios cerrados, de teléfonos mudos, de calles llenas de luz, de días que no se acaban nunca, en vez de borrarla, acentúan esta impresión. Vista ya en una perspectiva de tiempo y de espacio, la aventura que todos vivimos de poner a flote una revista asume una dimensión fascinante: la que tiene toda empresa capaz de asociar solidaria, fraternalmente hombres y mujeres entre sí.
Inicialmente no hubo de parte mía, menos de Felipe López, la intención de trabajar exclusivamente con periodistas muy jóvenes.
Al contrario, andábamos en busca de veteranos que hubiesen recibido ya, de tiempo atrás, su bautismo de fuego en las trincheras del oficio. Pero el ritmo despiadado de la revista, la pasión que exigía y hasta su estilo neutro, riguroso, despersonalizado, sin identificación, realizaron por su cuenta un imprevisible corte de generaciones. Roto el fuego, quedaron en el campo solo los jóvenes, los inexpertos, los entusiastas; una infantería de reclutas, reforzada, en situación de emergencia, por gente de su misma edad. Así se formó el kínder.
Carlos Mauricio Vega fue uno de los primeros en llegar (...) Después, fueron llegando los otros: José Fernando, Eduardito Mackenzie (¿enviado por Arafat?), Pedro Cote, Gallego, el Vaquero, Rubén Darío, Lope, John Brian y el vistoso escuadrón feminista compuesto por Laura, Ana Mercedes, Ana Eugenia. Y a la cabeza de todos, María Elvira Samper, el único general en jefe atractivo, frágil y con una colita de caballo que yo he conocido. Todos salsómanos, mamadores de gallo, iconoclastas; y todos nacidos ayer.
El equipo resultó representativo del nuevo país al que queríamos llegar. El nuevo país que uno encuentra en universidades, oficinas, cineclubes o discotecas, pobre, agudo, inteligente, crítico, informado o con deseos de informarse, sin pestañas postizas ni zapatos de coctel, al que ya nada le dicen las convenciones liberales ni, con perdón de la admirable Elvira Mendoza, mi hermana, los reinados de belleza.
Tal es el perfil de ustedes; y como decimos en Boyacá, Dios me los conserve así. (...) Ya ven: la tarjeta postal está tomando el aire de un testamento. Quizás la culpa es del calor de esta inmóvil tarde de verano.
Desde París, los bendice su padre”.
