Periodismo

Catalina Gómez y el periodismo de guerra: “Lo importante es contar una historia honesta”

La periodista colombiana, quien recibió el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, reflexionó sobre el oficio de contar las guerras, el miedo, la vida lejos de Colombia y la necesidad de ejercer un periodismo libre de polarización.

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1 de agosto de 2026 a las 12:29 a. m.
La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra. Foto: Cortesía Catalina Gómez

Catalina Gómez lleva años habitando lugares que para la mayoría de las personas solo existen en los titulares de prensa. Teherán, Kiev, Siria, Palestina, Irak, Líbano, Turquía y Egipto pertenecen a una geografía que aprendió a recorrer con la misma naturalidad con la que otros atraviesan una ciudad conocida. En esos territorios ha construido una carrera marcada por la observación, la paciencia y la convicción de que, incluso en medio de la devastación y la guerra, las historias merecen ser contadas.

En 2026 su nombre volvió a ocupar un lugar central en Colombia tras recibir el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo por su trayectoria en el cubrimiento de conflictos internacionales. La periodista pereirana, que ha dedicado buena parte de su vida a explicar enfrentamientos complejos para audiencias lejanas, regresó al país a fin de encontrarse con una realidad que no esperaba: descubrir que su trabajo había dejado una huella.

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La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra. Foto: Cortesía Catalina Gómez

Vengo de una región como Latinoamérica, donde hay periodistas haciendo trabajos maravillosos en condiciones muy difíciles: exilio, represión y asesinatos. Para mí fue una sorpresa. Nunca tuve conciencia de que este tipo de trabajo tuviera algún impacto más allá del entendimiento. Ha sido muy bonito, enriquecedor y alentador, pero también implica una enorme responsabilidad”, le cuenta Gómez a SEMANA.

Quienes han seguido su trabajo saben que ella rara vez ocupa el centro de la historia. Su oficio ha consistido, precisamente, en cederles ese lugar a otros: civiles atrapados entre bombardeos, familias desplazadas y sociedades enteras que intentan sobrevivir a la violencia. Quizá por eso el reconocimiento la incomoda y la honra al mismo tiempo.

Un oficio cada vez más incómodo

La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
La periodista colombiana Catalina Gómez. Foto: Cortesía Catalina Gómez

Catalina Gómez pertenece a una generación de periodistas que aprendió que contar la guerra también implica defender el derecho a narrarla. Si antes la presencia de un corresponsal era vista como una garantía de transparencia, hoy, asegura, ocurre exactamente lo contrario. “Las garantías son importantes y cada vez se quieren menos. Antes se valoraba nuestra presencia; hoy cada vez resultamos más incómodos y también es más peligroso. Muchos países quieren periodistas que vean el mundo como ellos lo ven, pero nosotros estamos para contar la complejidad del mundo”.

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La transformación tecnológica de los conflictos ha cambiado las reglas del juego. La aparición de drones en los frentes de batalla ha hecho que acercarse a determinadas zonas implique un riesgo mayor, incluso para quienes acompañan a los periodistas. Ese escenario ha derivado en una paradoja: mientras que el acceso a la información parece más amplio que nunca, la posibilidad de verificarla en el terreno es cada vez más limitada.

La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
Catalina Gómez sostiene que muchos Gobiernos y actores armados prefieren una figura distinta: la del comunicador que no pregunta, no incomoda y reproduce una única visión de la realidad. Foto: Cortesía Catalina Gómez

Gómez sostiene que muchos Gobiernos y actores armados prefieren una figura distinta: la del comunicador que no pregunta, no incomoda y reproduce una única visión de la realidad. “Existe otro problema: muchos países quieren influencers, personas que no cuestionen y que vean el mundo desde una sola perspectiva. Todos aquellos que cuestionamos y que no estamos juzgando un proyecto político somos rechazados”, afirma.

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La reflexión adquiere un peso especial en un momento en el que el debate público parece transitar entre extremos. Para Gómez, el periodismo continúa teniendo una obligación fundamental: resistirse a la simplificación. “El periodismo no está para juegos ideológicos ni posturas políticas. No estamos aquí para alimentar la polarización. El periodismo no es para eso”, insiste.

El miedo y la guerra

La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
Catalina Gómez pertenece a una generación de periodistas que aprendió que contar la guerra también implica defender el derecho a narrarla. Foto: Cortesía Catalina Gómez

Hablar con Catalina Gómez es descubrir que la guerra no ha eliminado su capacidad de asombro, pero sí ha redefinido su relación con el miedo. Después de cubrir conflictos en Oriente Medio y Europa del Este, la periodista rechaza cualquier romanticismo alrededor del oficio. El miedo existe siempre. “El miedo forma parte de la vida y hay que convivir con él. Cada persona tiene que saber cuáles son los límites de su miedo y cómo protegerse cuando aparece. No todos tenemos la misma resistencia al dolor ni al miedo. Lo importante es contar una historia honesta, desde el contexto y sin tomar partido”.

En esa ecuación, ser mujer añade una capa adicional de complejidad. Gómez reconoce que, en ocasiones, la condición femenina abre puertas en ciertos contextos; en otras, obliga a demostrar una y otra vez la legitimidad de la propia voz. “El problema es que muchas veces se sigue valorando más la mirada de un hombre que la de una mujer”. Y agrega una frase que resume décadas de experiencia en el terreno: “Con toda honestidad, conozco hombres mucho más cobardes que muchas mujeres, pero por ser hombres se piensa que son valientes”.

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Su reflexión desmonta uno de los lugares comunes más persistentes del periodismo de guerra: la idea de que el corresponsal es, inevitablemente, un hombre. En el terreno, explica, las periodistas deben ganarse la confianza de militares, rescatistas y fuentes, que necesitan saber que quien los acompaña será capaz de soportar la presión. No se trata de una competencia de valentía, sino de credibilidad.

La periodista colombiana Catalina Gómez recibió el reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026, por su labor como corresponsal de guerra.
Hablar con Catalina Gómez es descubrir que la guerra no ha eliminado su capacidad de asombro, pero sí ha redefinido su relación con el miedo. Foto: Cortesía Catalina Gómez

La pregunta sobre la muerte tampoco le resulta ajena. Sobre las veces que ha sentido que es su último día con vida, la periodista responde sin dramatismo. “Varias veces. Tal vez el misil en Kramatorsk fue uno de esos momentos en los que uno piensa que está vivo de milagro. En cualquier momento pudo haber pasado”.

La escena podría pertenecer a una película: una periodista colombiana en Ucrania, un misil cayendo cerca y la certeza de que la vida puede cambiar en segundos. Sin embargo, para Gómez, la experiencia no se traduce en heroísmo. Más bien ha derivado en una comprensión distinta del oficio y de sí misma.

Irán, un país que describe como hermoso, aunque marcado por sanciones y restricciones, y Ucrania, donde las alarmas forman parte de la cotidianidad, son ahora dos de sus hogares. Paradójicamente, dice, vivir en Kiev ha sido “casi un descanso” durante los últimos años.

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La noción de hogar ocupa un lugar inesperado en la vida de la corresponsal de guerra. Después de pasar décadas moviéndose entre fronteras, su respuesta no está asociada a un único territorio. “Tengo gatos en todas partes, pero mi casa sigue siendo Teherán”, dice.

Hay algo profundamente humano en esa confesión. Mientras el mundo la identifica con guerras y conflictos, ella habla de alimentar gatos en un balcón, de cocinarles por las mañanas y de encontrar en ellos una forma de estabilidad. Pero también reconoce las privaciones del oficio: “He sacrificado estar lejos de mi familia y me he perdido muchos momentos importantes, pero también he ganado conocer el mundo y entender que nuestra labor consiste en ponerles rostro a quienes otros convierten en números”.

La frase resume buena parte de su visión del periodismo. “No podemos permitir que la gente siga siendo asesinada, que los países sean destruidos y que ciudades enteras desaparezcan sin que nadie lo cuente”, afirma.

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Su mirada también se dirige hacia las nuevas generaciones. A quienes sueñan con recorrer el mismo camino, les hace una advertencia y les ofrece una invitación. “La enseñanza es ser perseverante. Este no es un camino de rosas. Hay que insistir, observar, aprender y no dejarse vencer ni en el vigésimo tropiezo. Nadie debería hacer esto por reconocimiento o por fama”.

Quizá esa sea la mayor lección que deja Catalina Gómez en el año de su reconocimiento: el periodismo de guerra no consiste en perseguir la muerte, sino en insistir en la vida.