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| 8/4/2018 7:01:00 PM

¿Por qué Santos fue tan impopular?

Mucha gente cree que la polarización generada por el proceso de paz lo explica. Pero hay más.

Razones que explican la impopularidad de Juan Manuel Santos Santos ha sido el único presidente por el que ha votado prácticamente todo el país. Lo eligió la derecha y lo reeligió la izquierda

En términos generales, el gobierno de Juan Manuel Santos deja un balance bastante favorable. A pesar de la obsesión de sus admiradores y sus críticos con el proceso de paz, logró importantes avances en diversos frentes como el social, el económico, el ambiental, el cultural y otros. Sin embargo, no es exagerado afirmar que el presidente saliente ha sido bastante impopular. Esto se debe a tres razones esenciales: el proceso de paz, los impuestos y Álvaro Uribe.

No es fácil entender por qué el proceso de paz pudo haber sido más un pasivo que un activo. Después de los éxitos militares del gobierno Uribe, la coyuntura histórica era perfecta para iniciar una negociación de esa naturaleza. Santos tenía la hoja de vida y la experiencia necesaria para dar ese paso. Según las Naciones Unidas, el acuerdo de paz de La Habana es el mejor que ha tenido el mundo. Entonces, ¿por qué el escepticismo en tantos sectores de la opinión?

Los acuerdos de La Habana, sin duda, son el principal logro del gobierno saliente y seguramente serán su principal legado. Pero el desgaste requerido para concretarlo resultó enorme. De no haber jugado esa carta, Santos hubiera tenido ocho años mucho más tranquilos, pero habría sido un presidente menos importante. Las concesiones hechas a las Farc en esa negociación polarizaron al país como nunca. De la crítica al gobierno, pasaron a la animadversión e incluso al odio. Álvaro Uribe tuvo bastante que ver en cuanto a generar ese sentimiento.

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Pero los actos del expresidente no son la única razón por la cual los acuerdos de La Habana dividieron al país. Hubo también errores de manejo y circunstancias adversas. Para comenzar, se ha sobrevendido la palabra ‘paz’. Por cuenta del Clan del Golfo y las otras bacrim, del ELN, de las disidencias de las Farc, de nuevos grupúsculos terroristas y de los asesinatos de líderes sociales, los colombianos ven y oyen en los noticieros algo que no deja la impresión de que llegó la paz. La popularidad de Santos en el exterior se explica porque allá creen que en el país había una guerra civil con dos bandos y que con la desmovilización del ilegal la violencia quedó atrás.

También ha contribuido a minimizar los beneficios del proceso de paz su complejidad. Los acuerdos de La Habana han sido demasiado completos y los resultados bastante parciales. Lo pactado es tan ambicioso que requiere de muchos años para su implementación. En términos objetivos, el nivel de violencia se ha reducido sustancialmente, muchas vidas se han salvado y es posible transitar por zonas antes vetadas. Sin embargo, el proceso con el correr del tiempo se volvió tedioso.

En resumen, Santos tuvo el gran mérito de terminar la guerra, pero la implementación del posconflicto ha enfrentado la tradicional incapacidad del Estado colombiano

La oposición calificó lo pactado como la entrega del país a las Farc y lo capitalizó políticamente. Cuando la guerrilla, ya desmovilizada dejó de ser una amenaza, y solo obtuvo 50.000 votos en las elecciones parlamentarias, ese sentimiento se exacerbó. Varios sectores recibieron ese fracaso electoral, no como prueba de que nunca se iban a tomar el poder, sino como el triunfo de un puñado de bandidos.

Los puntos contenidos en los acuerdos de La Habana están lejos de ser perfectos. Pero, en términos generales, se trataba no tanto de exigencias de las Farc, sino de reformas que el país necesita. Dada la animadversión creada alrededor del presidente, ese mensaje nunca caló. Tampoco se registró el resultado obtenido en La Habana que no ponía en peligro el modelo económico liberal de libre empresa. Y, sorprendentemente, los opositores llegaron a presentar la relativa impunidad para los cabecillas de las Farc y su participación en política como si fueran concesiones, cuando en realidad se trataba de prerrequisitos de una negociación.

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El principal problema ahora no es lo pactado en La Habana, sino lo incumplido. El posconflicto va muy mal. Según las cifras del Observatorio de Seguimiento a la Implementación del Acuerdo de Paz (Oiap), a finales de 2017 el Estado solo había cumplido el 18 por ciento de lo pactado. El informe explica que la mayoría de los incumplimientos han correspondido a la responsabilidad del Ejecutivo y del Congreso. Y que además han permanecido la violencia y las amenazas contra líderes sociales. Como si fuera poco, los embajadores de Noruega, Suecia y Suiza manifestaron en una carta su preocupación frente a la transparencia de la gobernabilidad y la lenta ejecución de los proyectos productivos del posconflicto. En resumen, Santos tuvo el gran mérito de terminar la guerra, pero la implementación del posconflicto ha enfrentado la tradicional incapacidad del Estado colombiano.

Con el proceso de paz Santos indignó a la derecha. Eso le ha pasado a los políticos reformadores y la pérdida de los amigos, por lo general, se compensa con el agradecimiento del pueblo. Pero a él no le ocurrió. Al mandatario saliente no lo quieren los ricos, pero con el IVA al 19 por ciento tampoco lo agradecen los pobres. En el país solo ciertos sectores de la izquierda y del centro le reconocen sus logros. Paradójicamente, Juan Manuel Santos, a pesar de su actual popularidad, ha sido el único presidente de Colombia por el que ha votado prácticamente todo el país. Lo eligió la derecha y lo reeligió la izquierda.

Su complejidad contribuyó a minimizar los beneficios del proceso de paz

Buena parte del golpe a su imagen tiene su origen en los impuestos. Su aumento obedeció a la caída de los precios del petróleo. De un pico de 140 dólares por barril llegó a 26 hasta estabilizarse en 50 dólares. Eso tomó al gobierno por sorpresa. Se podría señalar a Santos de imprevisión por no haber ahorrado en los años de las vacas gordas. Esa es una acusación válida, pero igual responsabilidad en ese frente podría tener Álvaro Uribe, que también gozó años de bonanza.

En 2003, una comisión del gasto presidida por Rodrigo Botero le recomendó al entonces presidente crear la regla fiscal. Esta era una especie de camisa de fuerza para salvaguardar el equilibrio macroeconómico. Uribe no quería controles de ese tipo y gastó todo el boom del petróleo y de los commodities. Santos también gastó su boom y raspó la olla.

Aunque no se puede cuantificar, no es imposible que la oposición implacable de Álvaro Uribe le hubiera hecho más daño a Santos que el proceso de paz y que los impuestos

Como el gobierno no estaba preparado, tuvo que improvisar. La primera reforma tributaria en 2014 fue desastrosa. Tenía que solucionar problemas de caja y solo pudo hacerlo aumentando los impuestos a las empresas. En la segunda, en 2016, arreglaron parcialmente esos excesos. Se diseñó un mecanismo de ajuste gradual de los impuestos de las empresas que le permitieran al país una mayor competitividad en un mundo globalizado. Fue entonces necesario aumentar el IVA en tres puntos. Medida más impopular no podía haber, pero era imprescindible. El país se mantuvo a flote, pero esos ajustes le dejaron a Duque el presupuesto en rines y sin espacio para bajar más los impuestos.

A pesar de lo anterior, el manejo económico del gobierno Santos ante la crisis fiscal fue responsable. Hubo chambonadas, pero ante los riesgos, mantener la estabilidad y el grado de inversión resultó un gran logro.

Aunque no se puede cuantificar, no es imposible que la oposición implacable de Álvaro Uribe le hubiera hecho más daño a Santos que el proceso de paz y que los impuestos. Los trinos casi diarios del expresidente hicieron mucho daño. Pero como dice la revista The Economist, “es posible que el señor Santos termine riendo de último, pero tomará un tiempo”.

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