Ya no podrá insistir en que la suya es una propuesta moderada, sin ideologías, abierta a todos, para hacer de Colombia “una potencia del amor y del afecto”, como proclamó este domingo. No solo trató de “asesino” al Gobierno Duque, singular manera de mostrar cariño, sino que escogió presentar en Barcelona su campaña a la Presidencia, además de al Congreso y Senado, rodeado de radicales españoles que solo saben sembrar odio y división.
Le guste o no, España es una monarquía parlamentaria, idéntica a Noruega, Inglaterra o Dinamarca, pero Petro prefirió patear la voluntad mayoritaria de un pueblo que respaldó la Constitución en 1987 con un gesto: arrancó su carrera presidencial para emigrantes junto con Oriol Junqueras, un racista de extrema izquierda que considera que los catalanes son superiores al resto de españoles, similar a como piensan en la KKK de los negros.
Por si alguien tuviera duda de que el candidato del Pacto Histórico representa a la izquierda más recalcitrante, la que solo quiere la democracia para conseguir sus fines, fue a España de la mano del jefe del Partido Comunista y negociador de las Farc, Enrique Santiago, y tuvo de teloneros a ilustres chavistas como el extremista de Podemos Juan Carlos Monedero.
Ante su fanaticada, Petro pronunció su discurso inaugural preñado de falsedades innecesarias para sustentar sus tesis, como aquella de que en La Guajira “mueren miles de niños” por falta de agua. O su remoquete de que las ciudades europeas son “centros del poder” y los colombianos estaban condenados a trabajar “poniendo ladrillos de los edificios del poder”, como si fuesen urbes plagadas de millonarios y Europa pintara algo en un mundo dominado por chinos, estadounidenses y rusos. O que en Europa “un metro, un tren son fruto de las luchas obreras del pasado”.
Igual de falaz que su alegato contra el servicio diplomático.
En lugar de proponer profesionalizarlo y no servir de fortín burocrático, lo acusó de estar integrado por “descendientes de los esclavistas de Colombia”. Y él, sin embargo, lo llenará con su gente.
Se explayó con su propuesta anticarbón (de lo poco lúcido que dijo), pero volvió a traicionarle su rancio populismo. “Señores europeos, si se consume el carbón, se acabó la humanidad”, cuando es la comunista China, y no Europa, la principal responsable de su consumo frenético y del calentamiento global. La misma que extrae de Colombia las “tierras raras”, que también mencionó Petro, y por las que no paga nada.
“El poder mundial quiere que seamos simples extractores del veneno”, proclamó, como si existiese un órgano de dirección integrado por Joe Biden, Macron y codiciosos empresarios occidentales que consideraran a Colombia su colonia y pretendieran destruirla.
En otros pasajes de su mitin ahondó en su sempiterna estrategia de reescribir la historia para erigirse en el salvador de los pobres: “Me tocó hace años vivir también fuera del país, en Bruselas (…) Gente exiliada por razones políticas, personas de izquierdas, perseguidas (…) Condenadas a trabajar limpiando baños, en los servicios domésticos en la gente del poder. Invisibles ante el poder. Nos habían asignado un papel en el mundo: el papel de embrutecernos en los trabajos esclavos en las grandes capitales del mundo. El poder de condenarnos a ser parias de la tierra”.
Obvio que oculta que buena parte de los exiliados huían de los grupos armados como el que él integró. La diferencia es que a los exguerrilleros y sus hijos los acogían en Suecia, en Suiza, en Bélgica, y les proporcionaban vidas dignas, con privilegios.
También se reunió con la ministra estrella de Podemos, una ignorante incapaz de explicar sus políticas públicas. Y con el presidente Sánchez, un ser capaz de vender la unidad de su país y todos los principios básicos a quien le permita seguir malgobernando (España es el país de la UE con menor crecimiento del PIB).
Lo más preocupante de Petro no es solo un radicalismo que azuza el resentimiento social y el odio de clases o que inventa enemigos planetarios de Colombia. Lo peor es que antes siquiera de ganar la elección ya se cree el emperador de la Tierra, el único capaz de salvarla del cataclismo. Aunque es de aplaudir su llamado a cambiar el rumbo para evitar las catástrofes del cambio climático, propuestas como la de trocar petróleo por aguacates y la manera de armar argumentos plagados de exageraciones y falsedades reflejan que se alejó de la realidad cruda y dura, y solo observa al país y al universo desde su desbordante megalomanía, un obstáculo insalvable para que un gobernante democrático haga bien su trabajo.
El populismo atesora la virtud de atraer a las masas con frases ilusionantes, conmovedoras –haremos de Colombia “una potencia del amor y del afecto (…) No somos exportadores de cocaína, petróleo y carbón. Somos agrícolas. Capaces de producir ciencia, arte, literatura, pasión”–. Y el indefectible destino de terminar como el emperador desnudo del cuento de Andersen.
