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Nadie se salva: las personas pasan una hora al día hablando chismes de los demás

Aunque el papa y la sociedad condenen el cotilleo, un reciente estudio afirma que forma parte innata del ser humano. La ciencia dice que fortalece los lazos sociales, principalmente por las siguientes razones.

El Papa Francisco siempre ha insistido en predicar contra la chismografía. El episodio más reciente ocurrió hace poco cuando un grupo de peluqueros lo visitó en el Vaticano en el día de san Martín de Porres. El sumo pontífice les dijo que ejercieran su profesión con el estilo cristiano y que trataran con amabilidad y cortesía a sus clientes. Y remató con la frase: “Eviten ceder a la tentación del chismorreo que fácilmente sucede también en su contexto laboral. Todos lo sabemos”. Antes había dicho que contra esa práctica solo servía “rezar y morderse la lengua”.

Pero la Universidad de California muestra en un estudio que todo el mundo cuenta chismes. Incluso, reveló que en promedio las personas hablan de los demás por lo menos durante una hora al día. Nadie se salva. Los investigadores analizaron horas y horas de charla de 467 voluntarios (269 mujeres y 198 hombres) y más de 4.000 casos.

Los hombres difunden los chismes más pronto que las mujeres, dice un estudio.

Encontraron que todos los participantes difundieron un chisme en algún momento del día. Y que las personas más pobres o menos educadas incurrían menos en la práctica que las más ricas o bien formadas. Además, los expertos se sorprendieron al encontrar que la mayoría de los chismes consistían en comentarios neutros sobre otras personas. La mayoría, de hecho, se limitó a compartir información de los demás, pero no hizo afirmaciones o juicios negativos.

Tras este detallado análisis, los investigadores concluyeron que, aunque hablar de otro no es una práctica ‘moral’, ciertamente es una cualidad muy humana y mucho más común. “Todos chismoseamos, y es parte del tejido de la naturaleza humana y de la curiosidad. Incluso tiene un propósito importante”, concluyeron los autores del estudio.

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Resulta fundamental distinguir entre rumor y chisme. Este último sirve para mantener el orden social y relatar algo que la gente cree que ha sucedido; mientras que los rumores contienen lo que la gente espera que suceda y dan forma a una creencia sobre algo para ayudar a las personas a reducir sus ansiedades e incertidumbres sobre un tema.

Investigaciones anteriores, como la del psicólogo social Francis T. McAndrew, conciden en que el chisme cumple una función social útil y habría desempeñado un papel fundamental en la evolución de la inteligencia humana y la civilización. “En el pasado, cuando los humanos vivían en pequeñas aldeas y conocían extraños o se enteraban de algún hecho raro, el chisme los ayudó a sobrevivir y prosperar”, explica McAndrew.

El científico argumenta que la inteligencia social humana se caracteriza por su capacidad para predecir e influir sobre el comportamiento de los demás. En ese sentido, para un hombre primitivo los temas privados del resto de su comunidad habrían sido útiles, pues lo convertirían en un ejemplar más apto para sobrevivir en caso de catástrofes. De modo que desempeñaron un papel crucial en el proceso de selección natural.

Ellas guardan un secreto, en promedio, por tres horas y media, pero ellos no llegan ni a dos horas y media.

En definitiva, dice, esa fascinación por la vida de otros está en los genes y ha pasado de generación en generación durante siglos. “Nos guste o no, somos incapaces de abandonar el chisme y la información sobre otras personas. Y esto es una parte tan importante de lo que somos como nuestra incapacidad para resistirnos a una rosquilla o al sexo”, dice.

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Hoy el chisme tiene un rol activo en el aprendizaje cultural de ciertas conductas. Por ejemplo, facilita a las personas identificar lo aceptable en un grupo. Esta práctica permite controlar la infidelidad y la corrupción, entre otros temas, pues los participantes en la conversación quedan advertidos de que esas conductas no son permitidas.

Para explicarlo, el biólogo Robert Trivers supone que en una comunidad de pescadores algunos cumplen a cabalidad con las reglas y otros no. “En los grupos en que los individuos violaron las expectativas de las normas se convirtieron en blanco de chisme, pero eso los hizo cambiar, ya sea para romper con ese grupo o para adaptarse a sus conductas”, dice.

En el libro Grooming, Gossip, and the Evolution of Language, publicado en 1996 por la Universidad de Harvard, el psicólogo británico Robin Dunbar también describe el chisme como un mecanismo para consolidar lazos de los grupos sociales. Y la razón es más o menos obvia: cuando una persona le comunica un chisme a otra, demuestra que le tiene confianza. Aunque en últimas muchos lo hacen solo por divertirse o desahogarse, en realidad este hábito ayuda a desarrollar vínculos más fuertes entre las personas que comparten la información.

Por otra parte, los expertos argumentan que con la herramienta del cotilleo los individuos pueden compararse socialmente con los demás. Esto porque refuerza la reputación de quien difunde el chisme, mientras que afecta el de la persona que lo protagoniza. En últimas es “una forma de ver dónde clasificamos en la jerarquía local no oficial y cómo podemos mejorar nuestra posición”, dice McAndrew.

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Algunos científicos señalan la dificultad de estudiar el chisme porque sucede espontáneamente y en privado. De puertas para afuera la gente recrimina al chismoso, pero en lo más profundo prefiere su compañía porque tiene información invaluable que puede ayudarle a navegar la vida o simplemente pasar un buen rato. Por eso, los expertos afirman que existe una doble moral frente a ese hábito.

La razón por la que hoy los chismes se difunden más rápido es porque que con Facebook y WhatsApp pueden difundir algo tan pronto lo oyen.

A pesar de lo natural y humano del fenómeno, la evidencia también muestra que los chismes tienen un impacto negativo. Por un lado, pueden hacer sentir mal a quien prometió guardar la información y no aguantó las ganas de revelarla, independientemente de si lo que dice es desagradable o no. Y, por supuesto, están las consecuencias para la persona afectada, que puede sufrir porque los demás saben algo que preferiría mantener en reserva o resultar difamada en caso de que se trate de mentiras.

En resumen, los chismes pueden bajar la moral y tener un impacto negativo en la estabilidad de una sociedad. Tal vez, el papa Francisco se refiere específicamente al chisme dañino que genera problemas de comunicación al mejor estilo del teléfono roto. Pero, como dicen los científicos, una práctica tan arraigada como esta difícilmente se corregirá con rezar y morderse la lengua.