crianza

Comunicación: principal recurso para enseñar honestidad a los niños

Los castigos pueden incentivar la omisión de información y las mentiras en niños y en adolescentes, según estudios de la American Psychological Association.


Todas las personas aprenden a decir mentiras desde temprana edad. De hecho, decir mentiras es muestra de un desarrollo cognitivo normal. Según la American Psychological Association (APA), mentir solo es posible cuando los niños han adquirido control sobre sí mismos y entienden el estado emocional y mental de otras personas.

La doctora Victoria Talwar, autora del libro The Truth About Lying: Teaching Honesty to Children at Every Age and Stage (La verdad de mentir: enseñando honestidad a los niños en cada edad y etapa), afirma que las mentiras aparecen en las edades preescolares de los niños y evolucionan a medida que crecen y son más conscientes de la consecuencia de cada acción.

De hecho, según los estudios de Talwar, mentir es una herramienta de relacionamiento social. Las personas mienten casi inconscientemente para no ofender, para proteger información privada y por otras razones que no tienen el objetivo de dañar a nadie. Por eso, esperar que un niño sea 100 % honesto es casi imposible.

Comunicación y seguridad emocional

A pesar de que las mentiras son naturales, sí es necesario enseñar a los niños cómo manejarlas y cuándo pueden pasar de ser piadosas a ser problemáticas e incluso peligrosas. La solución, según Talwar, se encuentra en la comunicación y educación activa. “La honestidad no se aprende por ósmosis, debe ser un tema de conversación con los niños desde la edad en que descubren la mentira”.

Además, es necesario reforzar positivamente la honestidad y no solo castigar la mentira. Por ejemplo, si un niño ha roto algo y en lugar de mentir acepta su responsabilidad, es adecuado felicitarlo por haber dicho la verdad y evitar reaccionar agresivamente. De hecho, a largo plazo “el castigo autoritario puede hacer que los niños aprendan a mentir antes y mejor”.

Según Talwar, es responsabilidad del adulto proporcionar un espacio de comunicación y escucha para el niño y ser ejemplos activos de los comportamientos que quieren que sus hijos adquieran. De hecho, esta es una recomendación que no solo afecta el aprendizaje del valor de la honestidad, sino también mejora la relación general del adulto con el niño.

En el libro La crianza feliz, la psicóloga Rosa Jové expresa que para alcanzar un equilibrio entre firmeza y sensibilidad en la relación entre padres e hijos, hay que tener en cuenta tres aspectos fundamentales:

  1. El adulto debe comprender los sentimientos del niño. Tener empatía hacia los sentimientos y necesidades de tu hijo asegura que el respeto sea bidireccional.
  2. La explicación de las órdenes es necesaria para que el niño comprenda la importancia de cumplirlas. No es recomendable simplemente esperar que un niño haga caso porque “yo soy adulto y se hace lo que yo digo”.
  3. Incentivar la independencia del hijo y respetar sus decisiones: al negociar con los niños es necesario darles el espacio para que tomen sus propias decisiones o busquen soluciones por sí mismos. Puede que en algunos casos no sean las mismas que las de los padres, pero la crianza es un proceso de aprendizaje tanto del padre como del niño.

Estos tres aspectos aseguran que la relación con el niño se base en el respeto mutuo y en la satisfacción de todas las necesidades.