El duelo no comienza ni termina con la pérdida de un ser querido. También aparece cuando desaparecen la casa, las rutinas, los espacios conocidos y la posibilidad de imaginar un futuro como antes. En una comunidad golpeada por una tragedia, esas pérdidas se entrelazan y exigen una respuesta que vaya más allá de la reconstrucción material: escuchar, acompañar y ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Ese es uno de los propósitos del ‘Gran Abrazo de Cali y el Valle’, una iniciativa solidaria liderada por José Fernando Patiño que busca movilizar recursos y acompañamiento para las personas afectadas por la emergencia en la región. La propuesta reúne expresiones artísticas, espacios de conversación y acciones de solidaridad para contribuir a la recuperación de las comunidades damnificadas. Las donaciones están dirigidas a apoyar a las personas afectadas, en una respuesta que reconoce tanto sus necesidades materiales como las emocionales.
En ese contexto participa el médico Santiago Rojas, profesional dedicado al cuidado paliativo, el manejo del duelo, el dolor y las crisis emocionales. Su experiencia no procede únicamente de la consulta: es oriundo de Armero, Tolima, el municipio destruido por la erupción del Nevado del Ruiz en noviembre de 1985. Haber vivido de cerca una catástrofe y haber acompañado después a otras personas en situaciones de sufrimiento le permite aproximarse a estas experiencias desde dos perspectivas.
Su participación en la iniciativa cobra especial relevancia en 2026, cuando la emergencia que afecta a Cali y al Valle del Cauca vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de atender las consecuencias psicológicas de las tragedias. Para Rojas, la solidaridad no consiste en asumir un protagonismo individual ni en intentar resolver el dolor ajeno con frases de consuelo, sino en reconocer las necesidades de cada persona y ofrecer una presencia respetuosa. “Eso me llevó a aprender experiencias de pérdida de todo, de pérdida de personas, y me metió en esto. Soy médico de profesión y me dedico al cuidado paliativo y al manejo del duelo, lo que me permitió juntar ambas cosas”, explica en conversación con SEMANA.
El duelo también es perder la vida que se conocía
Para Rojas, uno de los primeros pasos para acompañar a una comunidad después de una tragedia es comprender que no todas las pérdidas son visibles. La muerte de un familiar o la destrucción de una vivienda son hechos concretos, pero hay otras rupturas menos evidentes que también alteran la vida cotidiana: dejar de dormir en el propio hogar, perder la tranquilidad, abandonar una rutina o sentir que el futuro dejó de ser predecible.
Estas experiencias conforman un duelo colectivo que no reemplaza el sufrimiento individual. Ambos pueden coexistir y necesitan formas distintas de acompañamiento. Mientras una comunidad puede encontrar apoyo en los espacios compartidos, una persona que ha perdido a un familiar o que enfrenta las consecuencias de una lesión puede necesitar atención particular. “Hay duelos que son muy evidentes, como la pérdida de la casa o la pérdida de un ser querido, pero también hay duelos que son intangibles, como la pérdida de un espacio, de una rutina, de una cotidianidad o de una especie de futuro predecible. Esos duelos hay que trabajarlos colectivamente porque a todos nos comprometen”, señala el médico.
Esa mirada también permite reconocer que el sufrimiento no debe convertirse en una competencia. En una emergencia, las personas pueden comparar sus pérdidas y concluir que alguien está menos afectado porque no perdió su vivienda o porque no se encontraba en el lugar de los hechos. Para Rojas, ese juicio desconoce la complejidad de las respuestas emocionales y puede profundizar el aislamiento de quienes sufren en silencio.
El especialista recuerda, además, que existen sentimientos de culpa asociados a estas situaciones. “Juzgar que lo mío es peor que lo suyo no corresponde: aquí todos tenemos un dolor y la mayoría lo vive en silencio. Incluso existe la culpa del sobreviviente, que ocurre cuando se muere un grupo familiar y queda una persona sola. Esto lo vi mucho en Armero, donde familias enteras fallecían y quedaba solo uno preguntándose por qué no se murió con los demás, o la culpa del no damnificado cuando se cae la casa del vecino y la mía está bien, pues esa persona también tiene un trauma en otro nivel que debe ser reparado”, afirma.
Por eso, la reconstrucción emocional no puede limitarse a quienes sufrieron las consecuencias más visibles. La comunidad necesita reconocer que cada persona atraviesa la crisis desde una historia distinta y que la recuperación requiere tanto acciones colectivas como acompañamiento individual cuando sea necesario.
Rojas compara ese proceso con el funcionamiento de un organismo: el cuerpo necesita condiciones generales para mantenerse, pero cada órgano tiene requerimientos específicos. Del mismo modo, una comunidad necesita solidaridad y espacios compartidos, sin desconocer las necesidades particulares de sus integrantes.
En una iniciativa que lleva el abrazo en su nombre, Rojas insiste en que este gesto puede ser una herramienta de acompañamiento, siempre que se ofrezca con respeto y sin imponerlo. Su valor no está en la fuerza con la que se estrecha a otra persona, sino en la posibilidad de transmitir seguridad, comprensión y disponibilidad para escuchar.
El médico explica que el contacto físico afectuoso se relaciona con la liberación de oxitocina, una sustancia involucrada en procesos de vínculo y confianza. Sin embargo, advierte que no basta con abrazar de manera automática. Antes de acercarse, es necesario reconocer si la otra persona está dispuesta a recibir ese contacto y entender qué necesita en ese momento. “Un abrazo es un momento de compañía, de contención, de comprensión y de apoyo para que las personas se sientan sostenidas en los momentos de dificultad. No hay que abrazar por abrazar ni invadir. Yo siempre uso dos estrategias con una metodología que se llama contacto, comprensión y contención”, explica.
La metodología que describe parte de establecer un contacto emocional, verbal o incluso visual que permita reconocer la disposición de la otra persona. Después viene la comprensión de sus necesidades y, finalmente, la contención. Si alguien no quiere un abrazo, insiste Rojas, respetar esa decisión también es una forma de acompañar.
El especialista señala que uno de los errores más frecuentes al acercarse a una persona en duelo es intentar llenar el silencio con frases que, aunque tengan una intención amable, pueden resultar invasivas. Expresiones como “no hay mal que por bien no venga” o “todo será por algo” buscan ofrecer consuelo, pero pueden transmitir la impresión de que quien las pronuncia no comprende realmente la dimensión de la pérdida.
En lugar de recurrir a discursos prefabricados, propone escuchar con atención y permitir que la persona exprese lo que siente, “La mejor estrategia siempre es escuchar para manifestar una presencia real que se note, no estando distraído. Mucho más que decir frases bonitas o famosas, un abrazo es muchísimo más poderoso”, sostiene.
Recuperar la seguridad y volver a imaginar un futuro
En su trabajo con las personas afectadas, Rojas ha compartido herramientas dirigidas a recuperar la sensación de control y ayudar a que la experiencia traumática no permanezca instalada en el presente. Entre ellas menciona ejercicios de conciencia corporal, técnicas para orientar la atención hacia el entorno, prácticas respiratorias y la construcción de proyectos que permitan recuperar la esperanza.
La solidaridad, añade, también puede transformar la relación entre los integrantes de una comunidad. En medio de una tragedia, las diferencias políticas, ideológicas, filosóficas o religiosas pueden perder relevancia frente a la necesidad de ayudarse mutuamente. Esa disposición, sin embargo, necesita traducirse en acciones concretas y sostenidas.
La iniciativa el ‘Gran Abrazo de Cali y el Valle’ busca precisamente movilizar distintas formas de colaboración, desde las donaciones de dinero y recursos hasta la presencia de quienes están dispuestos a escuchar. La propuesta reúne a personas con capacidades diferentes alrededor de un propósito compartido: acompañar a quienes atraviesan el duelo y contribuir a su recuperación.
Rojas plantea que esa solidaridad no debería terminar cuando una emergencia deja de ocupar los titulares. Su deseo es que iniciativas de este tipo puedan extenderse a otras regiones del país cuando sus comunidades lo necesiten, sin perder de vista que cada contexto requiere respuestas acordes con sus circunstancias.
“Hay dos formas de participar: una es donando dinero y recursos, y la otra es estando allí, al lado de alguien con dolor. Una persona se puede solidarizar con recursos y dinero en estas campañas, o con presencia y autenticidad para apoyar”, afirma.
Para el médico, la importancia del ‘Gran Abrazo de Cali y el Valle’ no está en quienes participan desde afuera ni en la visibilidad que pueda alcanzar la iniciativa. Está en las personas que deben encontrar maneras de continuar después de una pérdida y en la posibilidad de que no tengan que hacerlo solas.
“Estas cosas funcionan porque nos movilizan a muchas personas distintas sin importar los criterios u orígenes, y porque movilizan otras iniciativas iguales. Ojalá hagamos después El abrazo por el Eje Cafetero, El abrazo por Chocó o por donde se necesite; no quiero que nos quedemos a la mitad pensando que esto solo es para este grupo”, concluye.