Marcela Granados Sánchez, directora general de la Fundación Valle del Lili, conoce de cerca el papel que cumplen las instituciones de salud cuando una ciudad atraviesa una emergencia. Pero también sabe que la atención no termina cuando pasa el momento más crítico. A casi dos meses del terremoto del 10 de agosto, esa reflexión cobra especial importancia ante iniciativas como El gran abrazo de Cali y Valle del Cauca, liderada por José Fernando Patiño, que busca reunir a ciudadanos, artistas, empresas e instituciones alrededor de la recuperación del territorio.


Para Granados, una de las principales dificultades después de una tragedia es comprender que la reconstrucción tiene una dimensión que va mucho más allá de levantar nuevamente aquello que resultó afectado. También implica recuperar la confianza, las rutinas y los vínculos que sostienen a una comunidad.
Durante los primeros momentos de una tragedia, la atención suele concentrarse en salvar vidas, atender heridos y responder a las necesidades más urgentes. Sin embargo, cuando disminuye la exposición pública de la emergencia comienza otra etapa, menos visible, que puede prolongarse durante meses.
“Reconstruir implica también volver a sentirse seguro, recuperar las rutinas, fortalecer los vínculos y encontrar nuevas formas de habitar una realidad que cambió. Dos meses después, muchas de estas necesidades siguen presentes y requieren tiempo, acompañamiento y una red que permanezca”, explica Granados.

Desde la Fundación Valle del Lili, su experiencia durante estos meses ha estado marcada por el compromiso de mantener la capacidad de respuesta y permanecer disponibles para una ciudad que ha tenido que reorganizarse. Pero, para la directora, el cuidado posterior también exige mirar aquello que no siempre resulta evidente: las consecuencias emocionales y sociales que permanecen cuando la emergencia deja de ocupar los titulares.
En ese escenario, acompañar a las víctimas supone reconocer que la recuperación no ocurre al mismo ritmo para todos. Volver a la cotidianidad puede significar reconstruir hábitos, recuperar espacios de seguridad y encontrar nuevamente puntos de apoyo.
Una ciudad que se reconstruye acompañada

Es allí donde adquiere sentido la palabra “abrazo” que da nombre a la iniciativa liderada por José Fernando Patiño. Para Granados, no se trata únicamente de una expresión de solidaridad ni de entregar ayuda material. El verdadero acompañamiento comienza por la presencia y la escucha.
“Para nosotros, abrazar significa estar presentes: escuchar sin presionar a la otra persona para que ‘esté bien’, reconocer lo que ha perdido y ayudarla a identificar aquello que permanece y puede seguir sosteniéndola”, señala.

La directora de la Fundación Valle del Lili insiste en que la resiliencia no debe entenderse como una obligación individual de sobreponerse rápidamente a lo ocurrido. Una comunidad también puede ser resiliente cuando tiene redes capaces de acompañar a quienes atraviesan una pérdida.
“Una experiencia como esta nos recuerda que la resiliencia no es una capacidad individual ni equivale simplemente a ser fuertes. Se construye con otros: en la familia, entre vecinos, desde las instituciones y en comunidades que se acompañan”, afirma Granados.

Ese enfoque también permite entender el componente de salud mental que aparece después de una tragedia. Reconocer el dolor, hablar de lo ocurrido y aceptar que no siempre se está bien hacen parte del proceso de recuperación. Para Granados, pedir ayuda profesional cuando las emociones comienzan a desbordarse o afectan la vida cotidiana también constituye una forma de cuidado.
La Fundación Valle del Lili participará en El gran abrazo de Cali y Valle del Cauca con espacios grupales para el manejo del duelo, orientados por psicólogas expertas, además de una zona asistencial destinada a realizar tamizajes cardiometabólicos, brindar educación en salud y compartir recomendaciones de autocuidado.

La apuesta, sin embargo, no se limita a una jornada. Uno de los objetivos señalados por Granados es que las herramientas entregadas puedan trasladarse a otros espacios de la vida cotidiana. “Además, queremos que lo aprendido trascienda la jornada. Las herramientas que ofreceremos están pensadas para que las personas puedan llevarlas a sus familias, barrios y comunidades. Cuidar también puede multiplicarse”, sostiene.
Que la solidaridad no tenga fecha de vencimiento

Una de las preocupaciones después de cualquier desastre es que, a medida que transcurre el tiempo, la emergencia pierda espacio en la conversación pública. Las necesidades de quienes fueron afectados, sin embargo, no necesariamente desaparecen cuando dejan de aparecer en las noticias.

Granados considera que iniciativas como El gran abrazo pueden ayudar a transformar la solidaridad espontánea en una red de acciones sostenidas. Su valor, dice, está precisamente en demostrar que la recuperación de una ciudad no puede depender de una sola institución ni de un único sector.
“Su mayor valor está en recordarnos que la resiliencia tiene muchas manos. Ninguna institución, empresa o persona puede reconstruir una ciudad por sí sola. Cuando cada quien pone sus capacidades al servicio de un propósito común, la solidaridad deja de ser solo un sentimiento y se convierte en acción”, explica.
Y ese llamado no tendría por qué quedarse en Cali o en el Valle del Cauca. Para la directora de la Fundación Valle del Lili, una emergencia también revela hasta qué punto están conectados los territorios y cuánto pueden aportar las redes construidas antes de que ocurra una crisis. “Acompañar a Cali y al Valle significa entender que cuidar un territorio también fortalece al país y que, ante una emergencia, las redes construidas previamente pueden marcar una gran diferencia”, afirma.

Dos meses después del terremoto del 10 de agosto, la reconstrucción continúa en una dimensión que no siempre resulta visible. Hay una ciudad que debe recuperar sus rutinas, pero también sus vínculos y la sensación de seguridad.
Por eso, el reto que plantea Granados va más allá de mantener viva la memoria de la tragedia: consiste en convertir el impulso inicial de ayudar en una cultura de cuidado capaz de permanecer. “Estos meses nos han recordado que cuidar nos une y también nos hace resilientes. Una ciudad se recupera cuando vuelve a confiar, cuando sus redes permanecen y cuando sabe que, incluso después de la emergencia, no tiene que recorrer sola el camino de la reconstrucción”, concluye.
