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| 6/13/2019 6:57:00 AM

Cuadrado: crecer sin padre y volverse un milagro en Necoclí

Al volante de la selección Colombia y la Juventus le asesinaron a su padre cuando era niño. Jugaba descalzo en la playa o con los zapatos del colegio, esos que no le duraban nada. Es el único de la familia que salió futbolista.

Perfil Juan Guillermo Cuadrado Copa América 2019 Cuadrado: crecer sin padre y volverse un milagro en Necoclí Foto: Montaje SEMANA

Por casualidad, por una mano milagrosa improbable, apareció un actor. Surgió de la casualidad que a veces abriga al periodismo: encontrar en medio del azar una imagen; y surgió con el magnetismo propio de ciertos actores de teatro de quienes el espectador no se puede desprender por la gravedad interpretativa. Era un chico que jugaba fútbol una tarde de abril en la Institución Educativa Roldán Betancur de Necoclí, en el Urabá antioqueño, tenía diez años y unos crespos bien definidos que le caían sobre la cara cuando corría, era un doble muy fiel de Juan Guillermo Cuadrado, la historia que estábamos buscando.

Más tarde, el doble, que se llama Juan José y que en realidad es primo segundo de Juan Guillermo Cuadrado, estuvo jugando descalzo con su uniforme de la Juventus, el número once en la espalda, en las playas de Necoclí. La imagen podría ser un buen material de apoyo para una crónica que muestre en algún momento los inicios del futbolista de la Selección Colombia, pero como todo material de apoyo, este también tiene sus engaños. Porque Juan Guillermo Cuadrado, que nació en 1988 en el seno de una familia pobre de Necoclí, cuando era pequeño no tenía crespos definidos, lo motilaban al rape, y no se podía dar el lujo de un uniforme de fútbol y jugaba descalzo porque con lo único que contaba era con el par de zapatos del colegio.

El Urabá nunca ha sido un recodo de paz y en 1988 las Farc, el EPL y el ELN tenían hegemonía rebelde en la región, pero todo empeoró cuando empezaron los años noventa y con ellos nacieron las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) bajo el mando de Carlos Castaño, quien se trazó el objetivo de acabar con la insurrección; así, la región antioqueña se convirtió en un campo de batalla en el muchos perdieron la vida. A Juan Guillermo Cuadrado sus padres —Guillermo Cuadrado y María Bello— le enseñaron que siempre que escuchara una balacera tenía que salir corriendo para meterse debajo de alguna cama pues podría venir una bala y encontrarlo donde estuviera. Un día de 1992, cuando terminó lo que a veces parecía un juego, se encontró con su madre llorando sobre el cuerpo muerto de su padre.

                                                                                          Fruto del matrimonio de Guillermo Cuadrado y Marcela Bello nació Juan Guillermo Cuadrado el 26 de mayo de 1988 en Necoclí, Antioquia. Su infancia se marcó por el asesinato de su padre en 1992 a manos de paramilitares que controlaban la región. Crédito: Archivo familiar.

La carretera que va de Turbo a Necoclí es una gran humareda de asfalto donde se ven iguanas muertas y tierras dejadas a la mano de Dios donde pastan vacas que rumian con la paciencia del que nada espera. Faltando unos cinco kilómetros para llegar a Necoclí, sobre margen izquierda yendo, hay un aviso grande que dice en letra mayúscula sostenida: Kiosco, los abuelos de Cuadrado. El kiosco es una tienda donde se puede tomar cerveza y comprar frituras y abarrotes. Tiene un gran patio de entrada donde los clientes se sientan a pasar el día bajo un techo que aísla el calor. Por el costado derecho se camina por un patio de tierra donde crecen mangos, papayos, palmas y donde se escucha a un loro gritar a todo pulmón una repetición de hincha enfermo: “Corre, Cuadrado; Corre, Cuadrado. Gol de Cuadrado, Gol de Cuadrado”. El loro está en la rama de un árbol en la parte trasera de la casa donde están sentados en sendas sillas mecedoras Marcela Guerrero y Miguel Ángel Bello, que ven pasar la mañana bajo un techo alto que permite que el viento refresque la casa. Son los abuelos de Juan Guillermo Cuadrado. Ellos viven tranquilos en la hogar que su nieto les hizo después de que su carrera estallara en Europa. En la casa —limpísima, de gran sala y cocina abierta como para convocar a un gran agasajo, hay un cuarto donde el nieto famoso tiene su cama con varias fotos colgadas en la pared con sobriedad y humildad— desfilan un par de niños, una tía, una mujer que ayuda con el aseso: todos están acostumbrados a los curiosos, a los periodistas.

—En la familia no ha habido futbolistas, Juan Guillermo es el primero y será el último porque ahora no hay nadie más que esté jugando. Él empezó a jugar desde que empezó a caminar y jugaba en cualquier parte de Necoclí: la cancha, la playa, la calle, donde encontraba una pelota ahí jugaba —dice su abuela: la cara redonda de pura generosidad, el pelo cano, la voz queda, sus joyas doradas, su vestido de flores como de matrona africana.

Juan Guillermo Cuadrado llegó a vivir con sus abuelos a mediados de 1992 cuando tenía tres años y su padre recién había muerto, una víctima más del conflicto armado. Allí vivió hasta los ocho años, lejos del cuidado de su mamá, que entró a trabajar en las bananeras del Urabá donde le pagaban un salario mínimo por embalar plátano de exportación.

—Lo trajimos porque su mamá se fue a trabajar a Apartadó para sacarlo adelante cuando el papa murió. Su papá murió cuando el niño tenía tres años. Al papá lo mataron el Turbo. Mientras lo teníamos aquí, Juan Guillermo era muy inquieto, lo mandábamos al colegio y se quedaba en la cancha jugando, no entraba a clase por jugar.

Y cuando entraba a clase salía directo a jugar: no almorzaba, no descansaba, no hacía tareas. Muchas veces los abuelos, llenos de miedo porque sabían que los paramilitares andaban sueltos buscando a quien asesinar mandaban a buscarlo con algún familiar y lo encontraban en la playa o en la cancha. Era apenas comprensible: Juan Guillermo aprendió a caminar detrás de un balón, se lo tiraban adelante para que diera un paso más y lo persiguiera; el balón fue su juguete único y ahora se pregunta el abuelo, retórico, cómo lo iban a regañar si ese era su amigo, su placer. Pasados unos años su madre empezó a administrar una heladería en Apartadó y desde allá le enviaba dinero para que entrenara, pero el dinero no alcanzaba para comprar guayos y Juan Guillermo o jugaba descalzo o jugaba con los zapatos del colegio, que siempre terminaban maltrechos, con la suela despegada, con algún roto que lo filtraba todo.

—No le iba muy bien en el colegio. Su mamá fue la que se dio cuenta de que el niño tenía un talento especial, y ella decía que para poder sacarlo adelante se tenía que ir a trabajar, entonces nosotros la apoyamos en eso para que lo pudiera sacar adelante. Cuando Juan Guillermo juagaba acá en Necoclí, jugaba con chanclas y a pie pelado o con lo que tuviera. Dañaba mucho los zapatos del colegio por estar jugando y la mamá lo regañaba, pero él no se daba cuenta y volvía a dañar los que le compraban. Yo creo que ese pelao le empezó a patear a la mama en la barriga porque desde niño le gustaba mucho ese juego. En el colegio no rendía casi por estar jugando. Nosotros le decíamos que si no iba al colegio, entonces no lo dejábamos jugar.

Aprendió a caminar persiguiendo un balón, así creció su cariño por la pelota. Muchas veces se escapaba del colegio para jugar fútbol en las playas de Necoclí, donde terminaba dañando los zapatos del colegio. Crédito: Sergio Ríos Mena.

Pero a Juan Guillermo no le interesaba el colegio. En Necoclí abundan las historias de quienes lo veían jugar en la playa descalzo, con el uniforme del colegio intacto hasta que la marea empezaba a subir y se llevaba el balón con sus olas. Todos coinciden en que era rápido y tenía una gambeta superior a la de sus rivales, muchas veces niños mayores que él a quienes retaba a partidos interminables. Entre esas historias está León Rengifo, un hombre de más de 70 años, farmaceuta, que se gastaba el dinero que le dejaba su trabajo para entrenar a los niños en quienes veía talento. Rengifo le dijo al diario El Colombiano hace un par de años: “A los ocho años competía con los de doce y tenía tanta capacidad que se recorría el terreno con la pelota en sus pies, llegaba al arco y en vez de hacer el gol se devolvía”. Dijo que siempre fue rápido, que siempre fue técnico. Rengifo fue el único entrenador de Cuadrado en Necoclí, nunca le cobró un peso.

El actor, el pequeño Juan José que ya está aburrido de que le digan que se parece a su primo lejano Juan Guillermo Cuadrado, y por eso se quiere quitar los crespos y quedarse con el pelo al rape. El actor, decía, hace parte del Club Deportivo Talento Neclocliseño, que apoya la Fundación Juan Guillermo Cuadrado y que dirige Luis Antonio Moreno Zúñiga, otro primo lejano de Juan Guillermo, uno de los primos que lo buscaba cuando se perdía en las playas detrás de un balón, el primo que lo llevó tantas veces a entrenar a Apartadó.

—Cuadrado era un niño muy hiperactivo y sobresalía sobre los demás. A él se le veía que podía salir adelante y ser profesional, que es el anhelo de todo niño que va a entrenar. Desde los ocho o nueve años era pura magia, su talento era impresionante. Lo que marcaba la diferencia en Cuadrado con otros niños eran las gambetas. La gambeta que tenía él era de otra dimensión. Lo que él tenía solamente era de él, era auténtico y natural. Era travieso, hiperactivo, dedicado al futbol. El estudio sí era un problema, no quería. Se salía de clase, mandaban a llamar a la mamá y él volvía a faltar.

El Club Deportivo Talento Neclocliseño nació en 2005 con un puñado de niños que se paseaban por el pueblo pegándole a una pelota, niños con una infancia muy parecida a la de Juan Guillermo Cuadrado: jugaban descalzos en cualquier cancha, en la playa. Niños pobres que nadie apoyaba.

—El club de nosotros inició en 2005. Nos inspiró sacarlo delante de ver tanto niño en la calle queriendo jugar con los pies descalzos, de ahí surgió el club. Entonces cuando vino mi tía Marcela, la mama de Juan, le contamos de la idea y ellos nos empezaron a apoyar. La Fundación Juan Guillermo Cuadrado nos hace aportes de implementación deportiva al club. Mi primo ha venido a ver a los niños, ha estado con ellos y les da consejos, les firma las camisetas; ellos anhelan ser como Cuadrado.

A las 6:30 de la mañana de un jueves de abril Gabriel Murillo sale de su casa en el barrio Obrero de Apartadó en la misma rutina que repite hace décadas. Se monta en su triciclo rojo, obra de un mecánico local, y sobre el sillín cruza las piernas molidas por una poliomielitis voraz y con la mano derecha toma el pedal: el brazo es fuerte, capaz, con él pedalea más de diez cuadras en cinco minutos. Viste el uniforme del Mingos Fútbol Club, tiene una gorra azul, las trenzas largas debajo. Detrás lo persigue su hijo, vástago único quien lleva en sus espaldas el talento que en su padre comió la polio.

—Yo nací en el Chocó, vine desde muy sardino a Urabá con mis padres y aquí me formé. Era un niño normal como ellos y me cayó una enfermedad que se llama poliomielitis. Es una enfermedad muy dura, donde se le secan a uno los pies y evita que uno camine. Para mí eso no fue ningún obstáculo, seguía siendo activo y jugaba fútbol cuando era niño. Cuando fui creciendo me di cuenta que la discapacidad no era una situación para echarse a perder. Gracias a Dios tuve la valentía de superarme en todo eso y de comenzar a entrenar niños, y comencé desde muy sardino como entrenador.

A Gabriel Murillo todos lo conocen por su apodo: Mingo. La polio le empezó cuando tenía once años y se le manifestó en una fiebre ascendente que su familia tan pobre trataba de controlar con paños de agua fría. En su niñez vivía con su madre en una finca cuyo administrador lo llevaba a campeonatos de fútbol donde le explicaba las reglas generales y le pedía que lea gritara a los jugadores para que corrieran. Pasados los años formó a Hernán “Carepa” Gaviria, Elkin Murillo, Jailer Moreno y Juan Guillermo Cuadrado, en todos vio la semilla salvaje del talento, a todos les dijo que cuando estuvieran ganando bien se acordaran de él, de su escuela. La escuela sigue siendo tan pobre.

—Yo recuerdo cuando vi a Cuadrado por primera vez, me impresionó demasiado. Él llegó a nosotros cuando estábamos jugando un partido en Necoclí, yo lo vi jugando detrás de la portería. Me acerqué y le pregunté si quería irse a jugar a Apartado y me dijo que sí. A los días ese niño llego aquí a Apartado. Lo matriculé en la Escuela Integrada Barrio Vélez. Después lo metimos al Colegio Agrícola, donde yo dirigía los intercolegiados y así fue como Neco surgió, nosotros le decíamos Neco o Cortico. En ese entonces teníamos cuatro niños muy buenos: Cuadrado, Piedrahita, Diego Murillo y William Urrego. Yo andaba con ellos para toda partes y me decían “Esos son los hijos de Mingo”. Yo les conseguía todo. Los niños ahí se formaron conmigo. Salieron dos: Piedrahita, que estuvo con en Medellín, Pasto, Itagüí y Jaguares. Él se retiró muy joven, quizá porque estaba entregado a la religión. Cuadrado siguió. Después de estar conmigo, Cuadrado pasó a la escuela Manchester.

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El club Manchester es dirigido por Luis Ayala, amigo de Marcela Bello —la madre—, quien le prometió hacer de su hijo un profesional. Ayala también vio el talento evidente y la historia se confirma con tintes de mito: en un partido que Cuadrado jugo con el Manchester, y en el que enfrentó a un equipo de San Juan de Urabá, anotó doce goles. La cancha en la que entrenaba el equipo era de arena amarilla, la misma arena con la que estaba familiarizado el pequeño goleador, famoso ya en Apartadó porque se escapaba del colegio y por su corta estatura. En el año 2000 se hizo conocido como futbolista cuando participó en el torneo Asefal que se jugó en Barranquilla, lo que le sirvió, meses después, una exhibición con el Deportivo Cali, pero su estatura —un metro con 38 centímetros— le quitó toda posibilidad. Pasados los años, y de jugar en torneos en Sincelejo y en el Bajo Cauca, donde Cuadrado terminaba siendo una estrella, debutó en 2008 con el Deportivo Independiente Medellín, donde sólo estuvo dos años para saltar a Italia donde jugó con el Unidese, el Lecce y la Fiorentina, para ser comprado por el Chelsea y finalmente cedido y vendido a la Juventus, donde ha ganado siete títulos en tres años. Los últimos meses estuvo en una lesión que lo alejó de las canchas, sin embargo su nombre es ya infaltable en el fútbol italiano, donde quiere permanecer pese a que equipos como el West Ham, Watford, Sevilla y Valencia han demostrado interés por su juego.

A los ochos años dejó de vivir con sus abuelos y se trasladó a Apartadó, donde su madre lo matriculó en la escuela de Gabriel Murillo, un popular entrenador del Urabá antioqueño que dirige a sus jugadores desde un triciclo acondicionado para su cuerpo, pues de niño sufrió polio. En esta escuela Cuadrado empezó a recorrer la región y fue visto por muchos entrenadores. Crédito: Sergio Ríos Mena.

En la casa de los abuelos de Juan Guillermo Cuadrado poco saben de los logros del nieto. Ignoran sus partidos en la Champions League o los títulos en Italia. Algunas veces se dan cuenta de algún triunfo importante porque la casa se llena lentamente de desconocidos que quieren felicitar o quieren ver las fotos del Cuadrado niño con su pelo al rape y la misma sonrisa de hoy. En el Juan Guillermo Cuadrado de hoy aún perviven los gestos del niño: los ojos alegres y serenos, la nariz de poma.

—A nosotros no nos gustaba ver futbol, ahora lo vemos por él. Cuando él viene esto se llena de gente, parece que van a tumbar la casa. Una vez tuvimos que esconderlo en la cocina porque el gentío era impresionante, eso fue después del Mundial. La policía tuvo que cerrar la cocina para que él pudiera comer. La gente se montaba por las ventanas, a nosotras nos tuvieron que sacar de acá porque nos asfixiaba ese gentío. Él nos ha ayudado mucho, todo lo que usted ve en la finca lo ha hecho él.

Todos llegan a contemplar el milagro. ¿De qué entraña salió un genio de la gambeta? De esa casa.

—¿Y él les pide algo cuando viene?

—Sí, nos pide carne guisada con arroz.

 

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