Hasta hace unos meses, Buenaventura Mejía se veía obligado a recorrer casi dos horas por carretera para cargar el celular, el portátil y tres bombillos de batería. Ante la falta de luz en su comunidad en La Guajira, viajaba 45 minutos en moto hasta Uribia, el pueblo electrificado más cercano, esperaba mientras sus dispositivos cargaban y emprendía el camino de regreso.

Era el precio a pagar para poder adelantar, después del atardecer, el trabajo que le exigía su oficio como docente.
“Tocaba salir de la comunidad e ir al pueblo. Era la mejor opción para muchos. La gente viajaba con todo lo que podía cargar. La otra opción era comprar una planta. Se le echaba gasolina y aceite, pero duraba máximo cuatro horas. No era tan rentable”, dijo Buenaventura, de 48 años y quien creció acostumbrado a la oscuridad en Youren, su comunidad en la zona rural de Uribia, conocida como la capital indígena de Colombia.

Su rutina estaba marcada por la preocupación ante la llegada de la noche. “Había que hacer todo lo posible por trabajar y hacer las cosas antes de que oscureciera. Teníamos que aprovechar el día al máximo”, añadió Buenaventura, docente desde hace 18 años.
La falta de luz tenía repercusiones en su oficio, como la falta de internet y el acceso limitado a la información. También afectaba su cotidianidad. Ni siquiera podía comprar carnes por cantidades al no tener dónde refrigerarlas.
La situación mejoró cuando su hermano, quien vive a 500 metros de su casa, compró un panel solar sencillo que solo permitía cargar algunos dispositivos sin salir de la comunidad. Pero la alternativa seguía siendo insuficiente. En días nublados o de invierno, el panel no se cargaba.
La solución definitiva llegó este año, justo cuando el sistema de su hermano estaba fallando. Fue posible gracias a Sol Kai, una iniciativa de AES Colombia que, a través de sistemas solares autónomos, llevó energía limpia, constante y asequible a 840 familias de comunidades rurales de la Alta Guajira.
El 18 de marzo pasado, Buenaventura tuvo por primera vez luz eléctrica en su casa las 24 horas. Nunca olvidará la felicidad que sintieron él y su pareja, con quien vive. Ese día representó el fin de la angustia por la inminencia de la noche.
Quedó encandelillada por los nuevos focos de su casa. “Esto ha sido una bendición para nosotros. Nuestra calidad de vida ha mejorado. Ahora estamos casi al nivel de una zona urbana”, dijo conmovido.
El sistema de paneles, además, sigue funcionando en días nublados y de invierno, y está pensado para prestar un servicio sostenible en el tiempo porque la empresa Soluna le hace mantenimiento regularmente a cambio de una tarifa mensual que se cancela con un sistema prepago y que es menor al costo de un viaje ida y regreso a cargar el celular.
Las rutinas de Buenaventura cambiaron radicalmente. Pudo empezar a cargar sus dispositivos en casa, y adquirió electrodomésticos. Nevera y ventilador, los principales. Por primera vez pudo almacenar carnes, queso y vegetales sin miedo a que se dañaran.

También dejó de sufrir sin el alivio de un “abanico”. Y ya no tuvo que viajar hasta Uribia para tomar un jugo recién preparado. “Ya podemos licuar aquí mismo. Ahora sí podemos comprar frutas y traerlas a casa”, dijo.
Su vida mejoró. Lo mismo ocurrió con sus vecinos. Como los niños y algunos de sus estudiantes, que ahora pueden estudiar hasta tarde con acceso a internet y no, como antes, a la luz de una vela.
O aquellos que adquirieron televisores y ya pueden ver programas en la comodidad de su hogar. O los que, después de comprar neveras y congeladores, han emprendido vendiendo helados, bolis y hielo.
“Tener electricidad significa un salto muy importante para empezar a salir del círculo de pobreza. Empezando por el simple hecho de que puedes tener más tiempo para planear el día siguiente y dedicarte a crecer y producir”, dijo Patricia Aparicio, gerente de asuntos corporativos y sostenibilidad en AES Colombia, y quien ha atestiguado la transformación de la zona como resultado de un proceso participativo con las comunidades wayuu que incluyó más de 15 años de diálogo dentro del respeto por su cultura y comprensión por sus necesidades. El objetivo era que la comunidad fuera protagonista de su propio desarrollo.
Y el cambio seguirá expandiéndose. El proyecto, en su primera etapa, está beneficiando a 840 hogares y en su segunda etapa, buscará llegar a 1.200 hogares adicionales aproximadamente bajo el mismo modelo sostenible que asegura operación, mantenimiento y acompañamiento social permanente.
Para los cerca de 7.000 beneficiarios, el acceso a la electricidad abrirá posibilidades que antes parecían inalcanzables. Quienes ya cuentan con el servicio en su casa pueden dar fe. Además, es un modelo totalmente replicable y probado que ya está siendo tomado por otros actores para solucionar la falta de luz en los territorios dispersos en toda Colombia.

La novedad se ve incluso en los detalles más pequeños y significativos. Patricia Aparicio lo ha constatado en muchos ejemplos que recompensan la extenuante labor en Sol Kai. Uno de los que más la han conmovido ha sido el de Silvina Uriana Pushaina, de la comunidad de Cubamana. “Nos dijo: ‘La próxima vez que ustedes vengan en diciembre, voy a tener un árbol de Navidad’. Es una frase sencilla, pero resume algo muy profundo”.
El mismo Buenaventura Mejía se siente por momentos en otro lugar. De hecho, cuando está volviendo tarde de Uribia, después de alguna diligencia, hay un punto de la carretera desde donde su comunidad se ve a lo lejos, ahora iluminada.
“Se ve bonita en la noche. Ya parece un pueblo”, dijo emocionado. Un gesto tan simple para millones como prender un interruptor, se volvió para Buenaventura y sus vecinos, el recordatorio de que la vida puede cambiar rotundamente con algo que millones dan por sentado.
