Casa Lolita es una casona de 160 años rodeada de jardines que aíslan al interior del ruido urbano. Los árboles y los senderos naturales forman un anillo verde que enmarca la fachada Tudor, típica de las casas de Quinta Camacho, uno de los barrios más tradicionales de la localidad de Chapinero, en Bogotá. Esta mezcla entre la naturaleza y la antigüedad de la casa crean una atmósfera tranquila, aislada del afán que se vive fuera del lugar.

El proyecto de Casa Lolita nació en Costa Rica como un jardín gastronómico con doce restaurantes distribuidos en un recorrido interno. Y su expansión a Colombia, hace siete años, abrió la posibilidad de explorar un componente cultural que, con el paso del tiempo, dio lugar a una operación centrada en eventos sociales y corporativos.
En los primeros años, Casa Lolita funcionó con tres ejes centrales. “Inicialmente nos enfocamos en sostenibilidad, cultura y comunidad”, explicó Alejandra Rosero, vocera del lugar. Ese período permitió recibir artistas, talleristas y emprendedores con presupuestos limitados. Con el crecimiento de la demanda por eventos de mayor escala, la casa ajustó su operación. Hoy, combina su origen cultural con una operación centrada en bodas, eventos corporativos y producciones audiovisuales.

A pesar del giro, conserva un modelo de apoyo comunitario. “Una vez al mes escogemos una persona que tenga una muy buena idea y le damos el espacio”, sostuvo Rosero. La selección se realiza a partir de solicitudes directas, sin convocatorias públicas. Además, en varias ocasiones la casa conecta a emprendedores con asesorías especializadas sin costo. El lugar recibe también ferias de emprendimiento como las organizadas por Distrito Chapinero, que reúne productos artesanales y propuestas locales.

Una parte central del funcionamiento de Casa Lolita es Tragaluz, un restaurante ubicado en el primer piso. El establecimiento nació de un laboratorio de creación culinaria que operó en los primeros años de la casa. La oferta gastronómica combina influencias de Asia y el Pacífico y, aunque el restaurante funciona como unidad independiente, atiende la mayoría de celebraciones, además de ofrecer catering externo para clientes que ya tuvieron eventos en la casa.

Para las bodas, la casa ofrece varios tipos de ceremonia. “Hemos hecho bodas católicas, cristianas, chamánicas, budistas”, contó Rosero. El lugar trabaja con notario, jueces, sacerdotes y guías espirituales externos para oficializar uniones o realizar rituales simbólicos que utilizan velas, cartas o elementos especiales.
Además, los jardines permiten reuniones al aire libre, recorridos florales y ambientaciones temáticas. A este espacio se suman la pérgola, el salón chimenea, el salón rústico, el mirador, el ático, la biblioteca, los pasillos exteriores y el restaurante Tragaluz, cuya capacidad varía entre 30 y 80 personas según el ambiente. La casa completa puede recibir hasta 300 personas en bodas y 500 asistentes en flujo continuo.
Los eventos empresariales van desde lanzamientos de marca, cenas ejecutivas, talleres, conferencias, hasta activaciones, sesiones de fotos, grabaciones y producciones. Rosero explicó que algunas empresas trabajan con productoras propias. Sin embargo, la casa también diseña eventos completos cuando la empresa no cuenta con una logística previa.

“Ayudamos con la logística y con la parte de marketing digital”, señaló. El acompañamiento incluye proveedores de decoración, música, mobiliario, fotografía, impresión de papelería y asesoría en piezas audiovisuales para redes.
Ahora Casa Lolita se prepara para una futura expansión. Rosero indicó que los dueños esperan abrir casas en otros países con un modelo de franquicia que replique la experiencia de eventos y gastronomía. Mientras avanza esa proyección, la sede en Bogotá continúa fortaleciendo su operación con una oferta integral que permite a las personas y empresas realizar eventos completos sin acudir a proveedores externos, salvo cuando desean trabajar con sus propias productoras.









