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| 2/3/2018 10:15:00 PM

La fortuna perdida de la Madrina

La vida de la narcotraficante Griselda Blanco, quien le abrió el camino a Pablo Escobar, llega a Hollywood a cargo de Catherine Zeta-Jones. ¿Quién fue esta mujer y qué pasó con el emporio ilegal que construyó?

La fortuna perdida de la Madrina La fortuna perdida de la Madrina

Muy pocos en Medellín se acordaban de Griselda Blanco cuando un sicario la encontró en una carnicería del barrio Belén y le disparó dos veces en la cabeza. Para el 3 de septiembre de 2012, la Madrina era una anciana de 69 años que se paseaba por la ciudad en un Mazda 3 negro, sin cuentas con la justicia. No registraba antecedentes penales y tenía cuentas bancarias a su nombre. Pero esa desconocida indefensa, a la que le pusieron una Biblia en el pecho mientras agonizaba, inundó a Miami de cocaína entre 1980 y 1982. Era la misma que, desde una cárcel de Florida, mandó a secuestrar, sin éxito, a John F. Kennedy Jr. La misma que le puso a uno de sus hijos Michael Corleone, y que duró 20 años presa por tres homicidios, entre ellos, el de Johnny Castro, de 6 años.

Luego de quedar libre, Griselda alcanzó a vivir nueve años en Medellín. Era una jubilada del crimen que intentó hasta su último momento negociar con Hollywood los derechos de su historia para volver a sentirse rica y llena de lujos. Blanco no consideraba a Salma Hayek tan buena actriz como para interpretarla en una película. “No se por cuál mujer me la jugaría. Pensaría que la actriz debiera ser italiana, dicen que ellas son mucho más fuertes”, dijo Griselda ante una cámara el 14 de febrero de 2009, cuando casi nadie la recordaba en Colombia.

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La Madrina soñaba con aparecer en la gran pantalla, pero no como una narcotraficante involucrada en asesinatos y venganzas, sino como una heroína famosa, millonaria y, por supuesto, bella. Solo aceptó una entrevista. La realizó Jared Valentine, un cineasta canadiense que le compró a Griselda los derechos para adaptar la historia al cine a través de su hijo Michael Corleone. No se trataba de una pieza periodística, sino de la versión que ella quería dejar para la posteridad. Por medio de algunas mentiras, medias verdades, incoherencias y justificaciones, desnuda una personalidad vanidosa que termina por autoincriminarse. En la grabación, Griselda no aceptó haber cometido ningún homicidio, aunque dijo sin ruborizarse que si alguien murió, algo había hecho.

Las autoridades gringas solo supieron de Griselda, criada en la pobreza del barrio Antioquia de Medellín, desde 1975, cuando Pablo Escobar ni siquiera existía en el mapa delincuencial. Tras enviudar, se ennovió con un delincuente llamado Alberto Bravo, a quien la DEA le seguía el rastro. De él no hay mucha información. En Medellín lo recuerdan como un hombre de buenas maneras, sabio y organizado que hablaba perfectamente inglés y francés. Aún en los momentos de mayor tensión, Bravo caminaba con un aire de tranquilidad portentosa. Provenía de una familia prestante de Medellín, nunca se tomaba un trago y no le gustaban las armas. Pero tenía una debilidad por los Mercedes-Benz, y cada dos meses llamaba a un amigo en Estados Unidos para que le ayudara a importar el último modelo.

Bravo ostentaba su Mercedes descapotado por las calles de barrio Antioquia, en el que forjó un puñado de amistades y construyó el emporio de Griselda desde sus cimientos. Cada vez que les llegaba un cargamento de dólares, producto de un envío de droga, Alberto recorría la ciudad en busca de casas abandonadas para comprarlas en efectivo. Durante esos años se estima que la Madrina adquirió propiedades desenfrenadamente: terrenos, barcos, haciendas y casas en Estados Unidos a nombre de terceros.

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Aunque la plata llegaba en bolsas y había para todo el mundo, Alberto regañaba a Griselda cuando ella perdía los estribos y gastaba sin control. Blanco, según cuenta un hombre cercano a ambos, no sabía administrar. Y no tenía por qué saberlo, pues no había pasado por ningún salón de clases. Es curioso que la insólita fortuna que acumuló hacia 1975 no resultara sospechosa para la Policía colombiana. En aquel año, comenzaban apenas a estructurarse los carteles colombianos de la droga.

Alberto tuvo la primera casa de cambio de dólares de Medellín. El negocio funcionaba en el edificio Coltejer y las autoridades no imaginaban que se trataba de una simple fachada para lavar plata. Además, tenía otra oficina en asocio con Alberto Prieto, un contrabandista y marimbero conocido de la época. El local funcionaba con la dinámica de una empresa legal: tenía portero, secretaria y chofer, pero se dedicaba a exportar cocaína.

Griselda era una narcotraficante bastante particular. En Medellín no se escondía de nadie porque nadie la buscaba. Por eso, mientras negociaba drogas en su casa del barrio Laureles –conocida como la Casa del Millón–, hacía las veces de dama de alta sociedad, pendiente del estudio de sus hijos, de las reuniones de padres de familia, de los arreglos de la casa y de las reuniones sociales.

Tras la muerte de Griselda, el CTI tomó posesión de tres inmuebles en Medellín avaluados en 3.000 millones de pesos. Entre estos, una casa en el barrio El Tesoro en la que la Madrina vivió hasta sus últimos días. Tenía 450 metros cuadrados construidos, unos 1.000 de jardines, pisos en mármol, piscina y, en el parqueadero, un Jaguar consumido por el óxido. Al momento del allanamiento, la antes flamante Casa del Millón yacía desocupada y resquebrajada.

Además de la Fiscalía colombiana, la DEA también rastreó cualquier resquicio de emporio de la Madrina en Estados Unidos. La pista más concreta provino del proceso de sucesión que varios familiares comenzaron a adelantar en Colombia. Nury, una hermana de Griselda siempre alejada de cualquier negocio ilícito, tuvo que explicar el origen de las casas que quedaron a su nombre. Por su parte, los compradores de buena fe y los arrendatarios tuvieron que vérselas con el Estado, como si fueran actores de reparto del fin de una historia que comenzó hace más de 40 años.

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De una fortuna que alcanzó unos 500 millones de dólares no quedaban más que unos cuantos apartamentos, un par de fincas y joyas robadas o escondidas. Hasta el momento de la muerte de Griselda, en la sala de su casa de El Tesoro siempre llamó la atención un enorme cuadro que retrataba un juego de cartas familiar. Mostraba, sentados y sonrientes, a los hijos de Griselda alrededor de una mesa. Un hombre de camisa rosada, bigote y casi calvo, que escondía su baraja, representaba la imagen del jefe de hogar. Era Uber, uno de sus hijos, también asesinado. Griselda aparecía en la pintura en una edad ya madura, con su brazo derecho puesto sobre el hombro de Michael Corleone, el menor. Su cara resplandecía. Sobre el mantel había una botella de aguardiente antioqueño, vasos de agua y cerveza Pilsen.

Megalómana a su manera, Griselda pensó que semejante cuadro podía tener algún valor. Por eso le preguntó a Mateo Blanco, un amigo aficionado al arte: “Oíste, ¿vos cuánto creés que me den por ese cuadro tan bello que tengo en la sala de la casa?”. Blanco le respondió: “Ay, Griselda, por Dios, cómo se nota que vos no tenés ni puta idea de pintura. Por ese cuadrito no te dan nada”. Griselda bajó la mirada e hizo un gesto de desasosiego. ¿Cuánto costaba ese cuadro? Mucho menos que los 7 millones de pesos que le pagaron al sicario que la asesinó en la carnicería.

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