Durante los últimos años, en los espacios dedicados al desarrollo personal, el autoconocimiento y la expansión de la conciencia, una de las herramientas más utilizadas en talleres, procesos formativos y acompañamientos con mentores y psicólogos ha sido el eneagrama. Se trata de un sistema que integra tradiciones antiguas, conocimientos que algunos consideran esotéricos y la sistematización de la psicología moderna del siglo XX.
En su origen, el eneagrama es un símbolo geométrico asociado a lo que se ha llamado matemática sagrada, a tradiciones filosófico-esotéricas de Oriente Medio y a leyes universales del movimiento descritas en textos de metafísica como El Kybalion. George I. Gurdjieff fue quien lo enseñó públicamente por primera vez en Occidente, entre las décadas de 1910 y 1920. Sin embargo, el eneagrama como sistema psicológico surge más adelante con Óscar Ichazo, en Chile, durante los años cincuenta y sesenta, cuando describe los nueve tipos de personalidad como fijaciones del ego que se manifiestan a través de pasiones, virtudes y mecanismos de defensa.
Posteriormente, el psiquiatra chileno Claudio Naranjo, discípulo directo de Ichazo, integra el eneagrama a la psicología moderna y lo conecta con la psiquiatría y el psicoanálisis. A mi juicio, este aporte es clave, pues permite que el eneagrama trascienda una clasificación rígida —similar a un horóscopo— y se convierta en un sistema de transformación personal, capaz de hacer visibles las tensiones internas de cada eneatipo y de abrir la posibilidad de crecimiento consciente.
En este recorrido, profundizar en el eneatipo uno, conocido como el Perfeccionista, resulta especialmente revelador. Su motivación central es ser mejor, correcto e íntegro; hacer lo que considera bueno. Su mayor temor es equivocarse, y entre sus fortalezas destacan la responsabilidad y el compromiso. Sin embargo, su sombra se manifiesta en la rigidez, la autoexigencia extrema y una crítica interna constante.
Al observar este eneatipo en el contexto del liderazgo, surge una pregunta inevitable: ¿quién no querría tener en su equipo personas íntegras, responsables y con un genuino deseo de mejorar? No obstante, cuando comprendemos que estos rasgos suelen ir acompañados de insatisfacción permanente, ansiedad y dificultad para celebrar los logros, se hace evidente que, en determinados momentos de la vida, a este perfil le hace falta habitar la alegría. Vivir con mayor libertad, placer y optimismo. El foco excesivo en el “deber ser” termina alejándolo del disfrute del presente.
Aquí cobra especial relevancia la mirada de Adam Grant, psicólogo organizacional, profesor de la Wharton School y uno de los pensadores más influyentes en liderazgo y desarrollo del carácter. En su libro Hidden Potential, Grant diferencia con claridad entre personalidad —cómo somos, lo que en este contexto podría asociarse al eneatipo— y carácter, entendido como la manera en que elegimos actuar.
Desde esta perspectiva, se vuelve fundamental desanclarnos de la idea rígida del “así soy yo” y reconocer que, más allá de la personalidad, existe la posibilidad de elegir conscientemente nuestras acciones. Esto implica aprender a convivir entre la disciplina y la alegría, dos fuerzas que no se oponen, sino que se complementan.
Como líderes, es indispensable valorar la responsabilidad de planear, trazar objetivos y avanzar con constancia hacia ellos. Pero, al mismo tiempo, en la vida cotidiana, resulta necesario soltar la rigidez y permitirnos —al menos en algún momento del día— vivir sin plan, con libertad, placer y descanso.
El gozo es una virtud de la que con frecuencia nos alejamos en la adultez. Por eso, necesitamos entrenarnos en la flexibilidad, ampliar la perspectiva, contemplar lo pequeños que somos en el universo y, a la vez, aprovechar conscientemente la disciplina y la autoexigencia. Cumplir los planes, pero también planear el disfrute. Integrar espacios de descanso, baile, humor, risa y ligereza como prácticas que fortalecen nuestras conexiones neuronales para el gozo.
Existen, además, actividades que generan una alegría más profunda: aquella que surge al superar nuestros propios límites. Ya sea en la persecución de un objetivo significativo o en una actividad autotélica —aquella cuya única justificación es el placer intrínseco que produce—, siempre bajo una condición esencial: que se realice de manera ordenada y centrada.
Perseguir objetivos permite enfocar y canalizar la energía hacia el logro. La alegría también surge cuando somos capaces de asumir y alcanzar nuevos retos. La neurociencia confirma que estos procesos activan respuestas químicas en el organismo, aumentando los niveles de oxitocina, serotonina, dopamina y endorfinas, lo que contribuye a alinear cuerpo, mente y motivación.
En síntesis, convivir con la disciplina y la autoexigencia puede generar una alegría sostenida en el tiempo a través de la superación personal. Pero este camino necesita equilibrarse con el gozo cotidiano: vivir en apertura, con libertad, placer, descanso y optimismo. Ser buenos sin exigirnos ser perfectos. Comprender que estamos aquí para vivir desde la manera en que elegimos actuar cada día, en cada decisión.
Como lo expresa El Kybalion: “Los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades y todas las paradojas pueden reconciliarse”.
Diana Carolina Lesmes, líder de proyectos de Ecopetrol










