OPINIÓN

Gloria Figueroa Ortiz

La educación que no avanza: un país en riesgo

En esta columna, la autora advierte sobre el rezago del sistema educativo colombiano frente a las necesidades actuales, y plantea que la falta de transformación estructural está poniendo en riesgo el futuro de los jóvenes y la competitividad del país.
24 de abril de 2026 a las 8:45 p. m.

Las noticias sobre los jóvenes del país se acumulan y pocas son alentadoras: deserción escolar altísima en secundaria, la mitad de los graduados de grado once sin acceso a educación postsecundaria ni trabajo, colegios que cierran por la caída en la natalidad, empresas que no encuentran el talento que necesitan y universidades que no logran retener a sus estudiantes. A esto se suma un porcentaje creciente de jóvenes de ninis —población entre 16 y 25 años que ni estudian ni trabajan. El mensaje es claro: no solo está en riesgo el futuro de ellos, sino el del país entero.

Por otro lado, las redes sociales y las tecnologías digitales suelen ocupar el lugar de villanas en el debate público: se les culpa de manipular decisiones, afectar la atención y profundizar la polarización. Pero si ese diagnóstico ya es evidente, la pregunta inevitable es otra: ¿qué estamos haciendo al respecto?

La respuesta es incómoda: seguimos anclados a un modelo educativo del siglo pasado. El sistema continúa llevando a los estudiantes por un camino que perdió pertinencia y que, por lo mismo, ya no les ofrece herramientas reales para conectarse con el mundo que habitan. El Estado no ha logrado impulsar una transformación de fondo. Durante años, las discusiones se han concentrado en negociaciones donde intereses particulares terminan imponiéndose sobre lo esencial: un currículo que motive, que ofrezca opciones y que permita elegir.

La educación privada en Colombia: adaptarse o desaparecer

Mientras la educación siga organizada en función de las horas del docente y no del aprendizaje del estudiante, cualquier intento de mejora será superficial. Los ambientes de aprendizaje siguen dominados por esquemas tradicionales: mucho contenido, poco protagonismo del alumno y escaso seguimiento a lo que realmente se aprende. No es casualidad que, según las encuestas de calidad de vida del DANE, los jóvenes sientan que el tiempo en el colegio no les dice nada.

Existen referentes internacionales que han logrado transformar sus sistemas educativos, y en Colombia hay iniciativas valiosas impulsadas por fundaciones, empresas y organizaciones civiles. El problema es que siguen siendo proyectos aislados. Algunos han derivado en soluciones externas que, aunque útiles, no alcanzan a resolver el problema estructural. Lo que se requiere es una transformación integral de la oferta educativa: una educación que inspire, que conecte y que tenga sentido para la vida.

Esto implica ir más allá de la transmisión de contenidos. Significa acompañar la construcción de proyectos de vida, formar docentes dispuestos a adaptarse y diseñar políticas públicas que garanticen calidad con pertinencia. También exige que empresas, universidades e instituciones técnicas asuman un rol más activo. No pueden seguir tratando la educación básica y media como la sala de espera antes de la vida real. Allí es donde realmente se define el futuro.

Los jóvenes que nacieron a partir de 2010 habitan una realidad completamente distinta a la de generaciones anteriores. Sin embargo, el sistema educativo sigue operando como si nada hubiera cambiado. Esa desconexión es, hoy, uno de los mayores riesgos.

Hemos pasado demasiados años sin avances significativos en calidad, pertinencia y uso estratégico de la tecnología en la educación. Las coyunturas políticas y económicas han desviado la atención, pero la base de cualquier solución sigue estando en el aula. Los datos son contundentes: la deserción es alarmante y, desde edades tempranas -entre los 13 y 14 años-, los estudiantes ya expresan su desconexión con el sistema.

El próximo gobierno no puede darse el lujo de aplazar esta conversación. Porque un país que no transforma su educación no solo pierde oportunidades: compromete, de manera directa, su futuro.

Gloria Figueroa Ortiz, directora general de la Organización San José de Las Vegas