OPINIÓN

Angélica Castillo Morales

La culpa: el precio invisible de ser madre

En esta columna, la autora reflexiona sobre cómo la culpa se ha instalado como un mecanismo silencioso que condiciona las decisiones de las mujeres, especialmente en la maternidad, y cuestiona los juicios sociales en torno al cuerpo, el bienestar y la autonomía.
30 de abril de 2026 a las 12:14 a. m.

Si quieres anular a una mujer, no necesitas mucho: basta con sembrar en ella la semilla de la culpa. No hace falta prohibirle nada. No hace falta alzar la voz. Solo hay que lograr que ella misma se lo prohíba.

Durante años he recibido a mujeres de 50, 55 o 60 años que llegan con una historia casi idéntica. Querían operarse desde los treinta, pero primero estaba el estudio de los hijos. Luego el carro. Después la casa. Más tarde, terminar de pagar todo eso. Y cuando por fin ya no quedaba una excusa económica, aparecía la más poderosa de todas: el qué dirán. “No es correcto para una madre pensar en esas cosas vanidosas”. El miedo a que su familia lo viera como un acto egoísta, como un “¿ya para qué?”, como simple vanidad. Así, bajo una presión invisible y sostenida por la culpa, esperaron quince, veinte o veinticinco años para hacer algo que querían desde siempre.

Eso sigue pasando. Pero algo está cambiando.

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Las hijas de esas mujeres vieron esa historia de cerca y dijeron: yo no. Vieron a sus madres llegar tarde a sus propios anhelos y decidieron no repetir la historia. Hoy llegan al consultorio mujeres de treinta y tantos, incluso más jóvenes, recién salidas de la maternidad, con una claridad que antes era impensable: aman a sus hijos, aman a su familia y, precisamente por ese amor, toman la decisión de sentirse bien. Entienden que, cuando están bien por dentro y por fuera, todo su entorno lo percibe. Y ellas florecen.

La maternidad transforma. Y, seamos honestas, el cuerpo cambia. Hay mujeres a quienes ese proceso no les pasa una factura tan dura y conservan un cuerpo con el que se sienten cómodas. Pero la gran mayoría llega con hijos hermosos y también con flacidez, estrías y senos caídos. Y eso no tiene nada de malo. Pero tampoco lo tiene querer recuperar la comodidad en el propio cuerpo. Nadie debería tener que explicar algo tan íntimo.

Ahí es donde este mundo muestra su hipocresía más brutal con las mujeres. Se nos exige ser madres abnegadas y sacrificadas, esposas intachables, profesionales exitosas y, además, vernos espectaculares. Pero cuando una mujer hace algo concreto para sentirse bien, el juicio aparece de inmediato. Si se opera, es vanidosa y superficial. Si no lo hace, es descuidada. Es una trampa sin salida, diseñada para que siempre perdamos.

Por eso admiro profundamente a las mujeres que toman esa decisión valiente por encima del qué dirán. Y admiro también a las pocas familias que las apoyan, que entienden que esto no es un capricho, sino una decisión personal que merece respeto.

Porque, en mis años de experiencia, lo tengo claro: las mujeres que deciden operarse no lo hacen para mostrarle al mundo lo lindas que quedaron. Lo hacen para demostrarse a sí mismas que siguen teniendo autonomía sobre su cuerpo, que aún tienen mucho para ofrecer, que no terminaron cuando empezó la maternidad. Se operan para dejar de sentirse extrañas frente al espejo. Para reconocerse. Para volver a habitar su cuerpo con comodidad y con orgullo.

Eso no es vanidad. Es amor propio. Y el amor propio no le quita nada a nadie. Al contrario: una mujer que se siente bien consigo misma tiene mucho más para dar a su familia y al mundo que una que vive sacrificada, incómoda e inconforme.

Los tiempos están cambiando. Lentamente, pero están cambiando. Y cada mujer que se elige sin pedir perdón es parte de ese cambio. No al final. No cuando sobre tiempo. Desde el principio.

Angélica Castillo Morales , gerente de Esmedica Ciruplastica Colombia