Cuando se habla de violencia de género, el foco suele ponerse en el ámbito privado o en las expresiones más visibles de agresión. Sin embargo, persiste una forma de violencia profundamente normalizada que atraviesa la vida de miles de mujeres y que rara vez se nombra con la contundencia necesaria: la que se ejerce en el acceso, la permanencia y el crecimiento dentro del sistema económico.
Esta violencia no aparece de manera explícita. Opera de forma estructural, a través de prácticas, relaciones de poder y reglas implícitas que limitan el ejercicio pleno de los derechos económicos de las mujeres, especialmente de aquellas que emprenden o lideran empresas.
Ser mujer empresaria implica, en muchos contextos, enfrentar barreras adicionales que no tienen relación con la falta de capacidades, sino con desigualdades históricas de género. El acceso limitado a financiamiento, la informalidad contractual, la subvaloración del trabajo, los pagos tardíos, la menor credibilidad institucional y la exclusión de redes estratégicas no son hechos aislados: conforman un patrón.
Estas dinámicas configuran una forma de violencia económica que restringe la autonomía, la sostenibilidad y las posibilidades reales de crecimiento de los proyectos productivos liderados por mujeres. Es una violencia que no deja marcas visibles, pero sí consecuencias profundas, persistentes y acumulativas.
A esto se suma una violencia simbólica constante: la deslegitimación de la autoridad femenina, la exigencia permanente de demostrar competencia, la apropiación de ideas sin reconocimiento y la penalización del liderazgo cuando no se ajusta a los estereotipos de género. Liderar con firmeza puede interpretarse como agresividad; hacerlo con empatía, como falta de carácter.
Muchas mujeres emprenden no desde la oportunidad, sino desde la necesidad. El emprendimiento se convierte, en numerosos casos, en una estrategia de supervivencia frente a entornos laborales excluyentes, brechas salariales sostenidas o trayectorias marcadas por violencias previas. Sin embargo, el ecosistema empresarial rara vez reconoce estas condiciones de partida.
A pesar de ello, el relato dominante continúa responsabilizando individualmente a las mujeres por los resultados de sus emprendimientos. Si no crecen, se asume una falla personal. Si se agotan, una mala gestión del tiempo. Si se detienen, una falta de resiliencia. Poco se habla del impacto del contexto, de la sobrecarga del trabajo no remunerado, de la ausencia de sistemas de cuidado corresponsables y del desgaste emocional que implica sostener un proyecto productivo en condiciones de desigualdad.
Existe además una dimensión silenciada: el temor a denunciar situaciones de abuso, discriminación o violencia en entornos empresariales por miedo a represalias, pérdida de oportunidades o afectaciones reputacionales. Este silencio no es casual; es una estrategia de supervivencia dentro de estructuras que no garantizan protección.
Promover la autonomía económica de las mujeres no puede reducirse a incentivar el emprendimiento como solución universal. Sin condiciones reales de equidad, acompañamiento y protección, el discurso del empoderamiento corre el riesgo de trasladar la responsabilidad del cambio a quienes ya enfrentan mayores barreras.
Eliminar la violencia contra las mujeres exige ampliar la mirada. Implica reconocer que la desigualdad económica también es una forma de violencia y que garantizar condiciones justas para emprender, liderar y crecer es una responsabilidad colectiva, no individual.
Nombrar esta violencia es un acto necesario. Porque lo que no se nombra se normaliza, y lo que se normaliza se perpetúa. Avanzar hacia una sociedad más equitativa implica asegurar que las mujeres puedan desarrollar sus proyectos productivos sin tener que resistir permanentemente un sistema que nunca fue diseñado para ellas. Ese sigue siendo uno de los grandes desafíos pendientes.
Ana María Beltrán González, CEO y fundadora de la Corporación Lenguaje Ciudadano
