Me levanto. Todavía está oscuro. No reviso precios, no reviso mensajes. Me levanto con una sola idea clara: hoy tengo que llegar bien y quiero que todos lleguen bien.
Salgo de mi casa hacia el trabajo y, mientras voy, pienso en cada una de las personas que necesito que me ayuden hoy. No pienso en si van a rendir; pienso en que salgan de sus casas y lleguen sanas y salvas, como yo ya llegué. Ese es mi primer pensamiento racional del día. Si ellos llegan bien, lo demás se puede organizar. Si no llegan bien, nada funciona.
Llego, abro la puerta. Ese sonido es mi ritual. No entro corriendo. Entro, respiro, miro. Miro el área de producción, el despacho, la secretaría y la panadería. Y ahí hago mi corrección inicial. No busco lo que está mal para quejarme; busco lo que necesita ajuste para que el día no se me vaya de las manos. Ese es mi adentro ordenando mi afuera.
Entonces pienso en lo que de verdad importa esta mañana: la producción para el embalaje de los pedidos que realizan mis clientes. Esos pedidos son mi centro. Si los pedidos salen bien, el día sale bien. Ahí pongo mi foco.
Pero no todo depende de mí. Y ahí es donde, a veces, me desespero. Se va la luz, sube el precio de algún producto sin avisar, un proveedor no llega, un cliente cancela a última hora, llueve y se atrasa todo. Son situaciones externas. Yo no las controlo. Y sí, me desespero. Se me aprieta el pecho. Por un momento quiero pelear con todo. Esa es la verdad.
Y es justo ahí donde entra la posibilidad de decidir cómo reaccionar. No puedo controlar lo que pasa afuera, pero sí puedo decidir qué hago con lo que pasa. Respiro. Literal. Paro, inhalo, exhalo y siento. Me recuerdo que reaccionar no es resolver, que entre lo que pasa y lo que hago hay un espacio, y en ese espacio está mi fuerza. Ahí es donde dejo de ser víctima de lo externo y vuelvo a ser dueña de mi adentro.
Y cuando respiro, entiendo algo más grande: lo que hago todos los días es más que un trabajo. Es un propósito de vida. Porque nuestra vocación no es lo que estudiamos. Nuestra vocación es lo que hacemos para los demás. Yo no solo embalo pedidos; yo alimento familias, sostengo empleos y cumplo una palabra que le di a un cliente que confía en mí. Cuando lo veo así, el cansancio pesa menos y la responsabilidad pesa más, pero con sentido.
Ya no lo vivo como una lista de emociones separadas. Lo vivo seguido. La claridad me lleva a la serenidad, la serenidad a la gratitud, la gratitud a la determinación. Mi palabra de la mañana tiene que ser igual a mi acción de la tarde.
Por eso cuido lo que digo cuando abro la puerta. No entro diciendo “qué pereza”. Entro diciendo: “Buenos días, qué bueno que llegaron. Vamos a sacar los pedidos como deben ser”. Porque si yo entro con queja, mi equipo trabaja con queja. Si yo entro con solución, ellos trabajan con solución.
Al final, entendí que creer que podemos solucionarlo lo cambia todo. Que todo está dentro de la decisión que tomemos sobre cómo enfrentamos cada situación. No es magia, es decisión. La realidad no es solo lo que nos pasa; también es lo que nosotros creamos como solución frente a todas las situaciones que se nos presentan.
Esa es la empresa que quiero. Esa es la vida que quiero.
Desde adentro hacia mi mundo.
La página de hoy la escribo yo.
Martha Porras, gerente de Gusmar Lácteos
