OPINIÓN

Carolina Escobar Velásquez

¿Puede la infraestructura hacernos felices?

La infraestructura suele medirse en kilómetros, inversiones, capacidad y retornos económicos. Sin embargo, también transforma la manera en que las personas se movilizan, se encuentran, disfrutan y viven un territorio.
28 de septiembre de 2026 a las 7:27 p. m.

Hace unos días estuve en el concierto de Robbie Williams en Bogotá. Fui, como cualquiera, a escuchar música, cantar, reírme y pasar un buen rato. Pero en algún momento me descubrí mirando algo distinto: el escenario.

No al artista, sino al lugar.

Miles de personas entrando, encontrándose, comprando comida, compartiendo una experiencia, tomando fotos, celebrando. Familias, parejas, amigos. Personas que probablemente habían viajado desde otras ciudades para estar allí.

Y pensé que, a veces, hablamos de infraestructura de una manera demasiado fría.

Hablamos de kilómetros de carreteras, metros cuadrados construidos, toneladas de acero, capacidad instalada, inversiones, retornos, tráfico, concesiones. Todo eso importa. Muchísimo.

Pero hay otra dimensión de la infraestructura que pocas veces ponemos en la conversación: la manera en que transforma la experiencia de vivir un territorio.

Un estadio no es solamente una estructura para practicar deporte. Una arena no es solamente una edificación con capacidad para 15.000 o 20.000 personas. Un teatro no es solamente un inmueble. Son lugares donde ocurren cosas que las personas recuerdan durante años.

Carolina Escobar Velásquez, gerente de la Sociedad Hidroeléctrica Ituango, llega con más de 20 años de experiencia en banca, inversión, infraestructura y energía. Su apuesta es que Hidroituango trascienda la generación de energía y se convierta en una plataforma de desarrollo regional para Antioquia y Colombia.
“Hidroituango está en camino a convertirse en una plataforma de desarrollo regional”: Carolina Escobar, nueva gerente de la Sociedad Hidroeléctrica Ituango

El dato económico es contundente. En 2025, el Movistar Arena recibió más de 900.000 asistentes en 168 eventos y reportó una contribución superior a $500.000 millones a la economía de Bogotá, según datos publicados.

Pero probablemente ningún asistente al concierto de Robbie Williams estaba pensando en el PIB de Bogotá.

Estaba pensando en disfrutar.

Y precisamente ahí está el punto.

La infraestructura genera actividad económica porque, antes que nada, genera experiencias que las personas valoran.

Lo mismo ocurre mucho más lejos de los escenarios de entretenimiento.

Pensemos en una familia que decide viajar por carretera durante un puente festivo. La experiencia no comienza cuando llega al destino. Comienza cuando sale de su casa.

Una carretera en buenas condiciones, bien señalizada, con lugares seguros para detenerse, servicios complementarios, iluminación adecuada y conectividad puede convertir el trayecto en parte de las vacaciones. Una vía deteriorada, congestionada o insegura puede hacer exactamente lo contrario.

La diferencia parece pequeña cuando la miramos desde una hoja de cálculo. Es enorme cuando la vivimos.

Y Colombia está viviendo cada vez más experiencias de ese tipo. En 2024 se realizaron 54,8 millones de viajes de turismo interno, un 15,4 % más que el año anterior, y el gasto asociado alcanzó los $17,6 billones, según el DANE.

Eso significa que detrás de las cifras hay millones de decisiones humanas: familias que salen, amigos que se encuentran, personas que conocen un lugar por primera vez, comunidades que reciben visitantes y pequeños negocios que encuentran una oportunidad.

Por eso creo que necesitamos humanizar nuestra conversación sobre infraestructura.

No para restarle rigor técnico. Todo lo contrario.

Significa diseñarla pensando también en las personas que la van a utilizar. En cómo se sienten. En qué recuerdan. En qué tan fácil es llegar. En qué tan seguro es quedarse. En qué tan agradable resulta recorrerla. En qué posibilidades abre para encontrarnos con otros.

Durante mucho tiempo hemos entendido la infraestructura principalmente como una herramienta de competitividad y desarrollo económico. Y lo es.

Pero también es una herramienta de bienestar.

Un puente acorta una distancia, pero también puede acercar una familia. Una carretera reduce tiempos de viaje, pero también puede ampliar las posibilidades de conocer el país. Un aeropuerto conecta ciudades, pero también puede conectar oportunidades. Un estadio recibe espectadores, pero puede convertirse en el escenario de una memoria familiar.

Incluso una central de generación de energía, que desde lejos puede parecer una enorme obra de ingeniería, termina haciendo posible algo tan cotidiano como encender una luz, conservar alimentos, producir, estudiar o reunirse alrededor de una pantalla.

Tal vez el siguiente paso en nuestra conversación sobre infraestructura sea dejar de preguntarnos únicamente cuánto construimos y empezar a preguntarnos también qué hacemos posible con lo que construimos.

Porque, al final, la infraestructura no existe para las máquinas, los puentes, el concreto o el acero.

Existe para las personas.

Y quizás una buena infraestructura sea aquella que, además de mover mercancías, generar energía o conectar territorios, consigue algo mucho más difícil de medir:

hacer que vivir ese territorio sea una mejor experiencia.

Carolina Escobar Velásquez, gerente de la Sociedad Hidroeléctrica Ituango