OPINIÓN

Ana Janneth Ibarra

Los emprendedores en la construcción de país

El sismo del 10 de agosto en Colombia mostró cómo, ante una crisis, empresarios y Estado pueden actuar juntos y generar respuestas extraordinarias. Ese momento nos invita a mirar al empresario con mayor confianza y acompañar su capacidad para generar empleo y transformación todos los días.
27 de septiembre de 2026 a las 12:00 a. m.

El 10 de agosto, en horas de la mañana, se registró un sismo con epicentro en Chocó y una fuerza de 7.4. Este sismo fue el más fuerte que ha sentido Colombia en la última década, percibido en dieciséis departamentos.

En cuestión de horas, mientras el país todavía procesaba la magnitud de lo que había pasado, los empresarios, junto al Estado, simplemente aparecieron (sin esperar llamados e instrucciones).

No escribo esto para hacer un recuento de la tragedia. Escribo esto porque ese momento me dejó una certeza que quiero compartir, cuando el empresario decide que quiere aportar y transformar, es capaz de generar sucesos que parecen inexplicables. Sin embargo, seguimos como sociedad mirándolo con sospecha la mayor parte del tiempo.

Creo que necesitamos cambiar ese ‘chip’. El empresario no es un actor adverso a la sociedad. Y hoy, más que en otros momentos, está mostrando que quiere, que puede y que debe aportar. Lo mostró en Chocó y otros departamentos. Lo muestra todos los días, aunque no siempre lo veamos.

Porque ser empresario no es fácil, y se le reconoce muy poco. Sacar adelante un proyecto en el tiempo, sostenerlo contra la incertidumbre diaria, es un acto de grandeza silenciosa. Nadie habla de la noche que no se duerme pensando en cómo pagar una nómina, nadie reconoce el peso de decidir, una y otra vez, seguir cuando sería más fácil parar. Generar riqueza y hacer que las dinámicas sociales funcionen. Porque hay circunstancias en la vida que no se entienden hasta que se viven, y ser empresaria es una de ellas.

Cuando alguien decide sacar adelante un emprendimiento, sabe lo que ha dejado en el camino: tiempo, tranquilidad, certezas, muchas veces vida personal. Eso tiene un costo que la sociedad rara vez mide, y pocas veces elogia.

Esta es la idea que quiero dejar sobre la mesa, debemos corresponderle al empresario. No con discursos vacíos, sino con reconocimiento real, debemos decirle gracias. Debemos demostrarle que vemos lo que hace, no solo cuando hay una crisis que lo obliga a salir a ayudar, sino todos los días, en la construcción silenciosa de lo que él sostiene.

Porque estoy convencida que cada vez que reconocemos al empresario, él responde haciendo más. No al revés. No se trata de exigirle desde la sospecha, sino de acompañarlo desde la confianza.

Un empresario que se siente respaldado no se repliega, se multiplica. Uno que se siente confrontado, se protege. Y un país que necesita hechos no puede darse el lujo de seguir confrontando a quienes pueden generarlos.

Lo que pasó el 10 de agosto no debería ser la excepción que nos recuerda el valor del empresario. Debería ser la evidencia de lo que puede lograrse cuando sociedad, gobierno y sector privado deciden caminar juntos, no como bandos que se vigilan, sino como equipo que construye.

Por Ana Ibarra, presidenta de la junta directiva de Grupo Axir y Distrito Moda