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| 3/9/1992 12:00:00 AM

NOCHE DE CORONELES

Carlos Andrés Perez se salvó por segundos de ser asesinado en una intentona golpista que nadie acaba de entender.

NOCHE DE CORONELES NOCHE DE CORONELES
EL BOEING PRESIDENCIAL VENEZOLANO ATErrizó en el aeropuerto de Maiquetía a las 10:05 de la noche. Carlos Andrés Pérez no había querido cancelar su viaje a la cumbre económica mundial de Davos- Suiza- a pesar de las críticas contra sus salidas al exterior, que se hacían más frecuentes y apremiantes a medida que la situación del país se complicaba más. Para el Gobierno seguía siendo cierta su tesis de que con 34 años de democracia a cuestas, Venezuela ya había dejado atrás cualquier amenaza contra las instituciones.

Pronto, sin embargo, Pérez se convencería de que cuando el río suena, piedras lleva. Al lado de la escalerilla le esperaba el ministro de Defensa, general Fernando Ochoa Antich, quien le informó sobre la existencia de "ciertos rumores" sobre movimientos sospechosos de tropa. No se sabe si la información fue demasiado escueta, o si Pérez no se impresionó demasiado por las noticias. Lo cierto es que la caravana del jefe del Estado se dirigió como de costumbre y sin medidas especiales de seguridad hacia la residencia presidencial campestre, conocida como La Casona. Un monumental trancón de tránsito sumó minutos preciosos al trayecto. A bordo del automóvil presidencial iban también Ochoa y el ministro Virgilio Avila Vives.

Al llegar a La Casona Pérez se recostó pero unos minutos más tarde sonó el teléfono. Era Luis Alfaro Ucero, un promisorio dirigente de su partido Acción Democrática y muy allegado a Pérez. Las noticias no eran buenas. Pérez resolvió inmediatamente salir para el palacio de Miraflores, porque el golpe era inminente. Escoltado sólo por cuatro guardaespaldas civiles, el Presidente se cruzó inadvertidamente en su automóvil con una tanqueta rebelde. Eran las 12 y 10 cuando cruzó la verja del palacio. Unos cuantos minutos más tarde se inició la batalla de Miraflores.

Un número indeterminado de soldados rebeldes, apoyados por 40 tanquetas y dirigidos por una banda de oficiales de rango intermedio, rompieron las rejas de la entrada principal y las barreras de seguridad y se enfrentaron con los miembros de la Guardia de Honor en el propio jardín. La intensidad del fuego de morteros y armas de grueso calibre produjo grandes daños al palacio.

En ese preciso momento Pérez recibió una llamada telefónica proveniente de Bogotá. Su colega colombiano César Gaviria, alertado en circunstancias que aún no se conocen, indicaba así su respaldo y la disposición del Gobierno colombiano para coordinar la reacción internacional -una gestión que resultaría crucial-. Poco después, el jefe de la Casa Militar, almirante Iván Carratú Molina, echó un sobretodo en los hombros de Pérez y lo condujo por un túnel secreto a la parte trasera del edificio, donde el único automóvil disponible era un viejo Ford Maverick que tenía una llanta pinchada. Superado el obstáculo, el Presidente de Venezuela logró salir prácticamente sin escolta, por la misma puerta por la que segundos más tarde entró un vehículo blindado de los rebeldes. Pérez escapó por un pelo. Los insurrectos llegaron tan cerca, que un teniente rebelde murió en las puertas del despacho presidencial.

En esos momentos Caracas estaba ya en estado de shock. Pérez se dirigió al canal 4 de T.V. (Venevisión), que ya estaba avisado y la esperaba. La situación estaba tan fuera de control, que el Presidente tuvo que refugiarse frente al edificio, en un hotel de mala muerte, antes de que se le anunciara que ya podía hacer su entrada. Fue entonces, hacia la una de la mañana, cuando Pérez hizo su primera de cuatro apariciones sucesivas en la pantalla.

Los venezolanos se sorprendieron cuando un hombre trémulo -que por primera vez revelaba en su semblante sus 69 años de edad-, sin la acostumbrada compañía de su edecán y sin la presencia del pabellón nacional, anunciaba la intentona y ordenaba a los golpistas acatar su autoridad legítima. Lo cierto es que esa primera intervención se produjo cuando reinaba la confusión y todo estaba en entredicho.

A las dos de la mañana el Presidente ya había sido rodeado por soldados de la guardia de honor, mientras comenzaban a llegar los políticos para expresarle su respaldo. El primero y más decidido parecía ser su rival electoral de los últimos comicios, el "Tigre" Eduardo Fernández. Cuando pasó la tensión inicial, y alguien dijo que el Shevardnadze del episodio era el escritor Arturo Uslar Pietri quien venía advirtiendo la inminencia del golpe Fernández, con su actitud en defensa de la legitimidad, se convirtió en el "Yeltsin" venezolano.

Desde el canal Pérez logró comunicarse con Ochoa, quien se encontraba en el fuerte Tiuna. El ministro le contó que estaba negociando con los sediciosos que habían tomado el palacio. Pérez reaccionó en tono firme: "No quiero negociaciones, écheles plomo, porque quiero irme ya para Miraflores ".

Acababa de grabar su segundo mensaje, en el que aseguraba que la situación estaba bajo control, cuando llegaron telefónicamente las primeras buenas noticias. "El general Oviedo acaba de recapturar el palacio. ¡Ya voy para allá!", exclamó. A las cinco y 30 de la mañana, acompañado por el presidente del Congreso Pedro París Montesinos, el Presidente hizo de nuevo su entrada al palacio.

Pero aún faltaban varias horas para que terminara la rebelión. La batalla se concentró además del aeropuerto de La Carlota, en la residencia de La Casona, Miraflores y, al final, en los reductos rebeldes de la torre Xerox, Liceo Gustavo Herrera y zonas adyacentes. Los testigos describen una verdadera batalla, que fue terminando paulatinamente hacia el mediodía, si bien al final de la tarde aún quedaban algunos francotiradores. Las víctimas, según todos los observadores independientes, no podrían ser menos de 400.

Pero la rebelión nacional terminó para todos los efectos prácticos cuando su principal cabecilla, el teniente coronel Hugo Germán Chávez Trías fue presentado a través de la televisión para anunciar la rendición del movimiento en Caracas y pedir a sus compañeros de las demás ciudades hacer lo mismo. Ni su tono ni su aspecto arrogante señalaban a un hombre derrotado: "Compañeros, lamentablemente por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital, es decir, aquí en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre".

Las palabras de Chávez no eran retóricas. La rebelión había tenido unas dimensiones mucho más grandes de lo que se pensaba. De hecho, en el único lugar donde fue derrotada por las armas fue Caracas. En Maracay, a sólo 60 kilómetros de la capital, los sediciosos tomaron el Cuartel Páez y sólo lo entregaron después del mediodía a las autoridades. En Maracaibo, los golpistas se alzaron en varios lugares de la ciudad y secuestraron al gobernador del Estado Zulia, Oswaldo Alvarez Paz y a su familia por más 10 horas. En el comando 35, sólo se entregaron luego de negociaciones y tras la rendición de Chávez, y en el comando El Libertador se demoraron aún más.

Todo eso hace pensar que la rebelión terminó más por una medida táctica de repliegue, que por una derrota contundente. Para algunos, los rebeldes hubieran podido desencadenar una guerra civil. Pero su plan falló por la cabeza. En efecto, los analistas coinciden en que los rebeldes contaban con el golpe de mano de la captura y muerte del Presidente, y en difundir su propio comunicado al país. Pero el escape de Pérez. aunado a la rápida reacción de los militares leales, frustraron el triunfo del golpe. Se afirma que el plan inicial se basaba en que el Presidente llegara de día y lo hiciera al aeropuerto auxiliar de La Carlota, que no dispone de iluminación nocturna. Pero como Carlos Andrés llegó de noche lo hizo a Maiquetia. Los sediciosos habían tomado el aeropuerto equivocado.

Para otros, los sediciosos también contaban con que la población se uniera masivamente a su movimiento, pero el apoyo no fue significativo. Es cierto que en plena batalla se presentó una manifestación en la avenida Urdaneta y en el sector del "23 de Enero", un grupo de manifestaciones quemó llantas y se enfrentó a la Policía Metropolitana. La sorpresa general no fue que hubiera respaldo popular, que efectivamente existió, sino su timidez y apatía.

A pesar de que la reacción militar fue efectiva en Caracas, quedaron muchas dudas sobre la eficacia de la inteligencia militar en el mejor de los casos, o sobre la lealtad de la fuerza armada, en el peor. En primer lugar nadie se explica que el ministro de Defensa, advertido según él desde las nueve de la noche sobre la sublevación de otras ciudades, no hubiera tomado medidas drásticas de protección al Presidente antes de que llegara a Caracas. El desplazamiento de las tanquetas desde Maracay es muy ostensible y toma al menos tres horas, por lo que resulta incomprensible que el ministro de Defensa no hubiera sido informado. Todo ello es más inquietante si se tiene en cuenta que las primeras tanquetas llegaron a Caracas a las 11 de la noche, una hora en la que la gente transita todavía por la ciudad en gran número, por lo que el convoy debió cruzarse con un tránsito nutrido. Lo más diciente es que la primera reacción contra el golpe provino de la DISIP, la Policia Metropolitana y la Policía Municipal de Petare.

Al final de la tarde, el episodio estaba prácticamente liquidado. Los mensajes de apoyo del mundo entero inundaban a Miraflores. Al día siguiente se declararon suspendidos derechos individuales, con el salvamento de voto del ex presidente Rafael Caldera. Pero crecían las dudas sobre el futuro de la democracia venezolana y, sobre todo, sobre la independencia con la que el presidente Pérez pará enfrentar los años que le quedan al frente de los destinos de Venezuela.

EDICIÓN 1879

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