A las 10:28 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el perfil urbano de Nueva York cambió de forma repentina y dramática. El mundo observaba con horror cómo en las pantallas de televisión se derrumbaban la Torre Norte del World Trade Center y, luego, la Torre Sur. El ataque provocó la muerte de casi 3.000 personas y la devastación de todo un barrio.
Los resilientes neoyorquinos respondieron a este impactante suceso y a sus consecuencias con entereza, e iniciaron rápidamente los procesos necesarios para establecer monumentos conmemorativos y planificar y construir nuevas torres.


El hecho de que las estructuras que sustituirían a las Torres Gemelas fueran tan esperadas pone de manifiesto el profundo vacío que estas dejaron y la importancia del perfil urbano como depositario de una memoria cívica colectiva.
La configuración del perfil urbano
La imagen del perfil de Nueva York –tanto antes como después del 11-S– es inmediatamente reconocible y memorable por la densidad de sus altísimos rascacielos. Sin embargo, este perfil presenta una visión idealizada de la ciudad, alejada de la crudeza que se vive a pie de calle.
Para quienes consideran la ciudad su hogar, las imágenes del horizonte de Nueva York despiertan recuerdos profundamente arraigados.
Para otros, el horizonte evoca historias contadas a través de la literatura, los musicales y el cine: formas de arte que consolidan su lugar en nuestra conciencia colectiva.
Existe una coherencia en estas narrativas y en los significados que encarnan. El hecho de que tanta gente llegue a conclusiones similares es una muestra de la fuerza de la identidad neoyorquina.
En 1853, Elisha Otis inventó un dispositivo de seguridad para ascensores que hacía que estos se detuviesen automáticamente si se rompían las cadenas o cuerdas que los accionaban. Este invento impulsó una competición por la altura, ya que animó a propietarios y arquitectos a construir más allá de los seis pisos habituales. Se inició así una trayectoria ascendente que simbolizaba el progreso, el éxito empresarial y el estatus.
Uno de los primeros ejemplos de esta batalla tuvo lugar a partir de la década de 1870 entre propietarios de periódicos ubicados en la llamada “Newspaper Row”, la “hilera de la prensa”. El edificio del Tribune (1875), de once plantas con una torre del reloj y una aguja que alcanzaba los 79 metros, fue superado poco después por el World Building (1890), que alojaba el ya desaparecido diario The New York World. Este tenía doce plantas con una cúpula clásica sobre un tambor extruido que elevaba su altura hasta los 110 m.
Apenas 20 años después, la construcción de estructuras de acero permitió que el glamuroso edificio Woolworth’s (1911-1913), diseñado por Cass Gilbert en estilo neogótico, alcanzara unos asombrosos 241 metros.
El Chrysler (1931), de 319 m, con una aguja y adornos art déco inspirados en el automóvil del mismo nombre, fue superado muy poco después por el Empire State Building (1930-1931), con una azotea a 380 m y una antena que llegaba hasta los 443 m.

La trayectoria ascendente del perfil urbano de Nueva York quedó plasmada desde finales del siglo XIX gracias al rápido desarrollo de la fotografía, especialmente a través de las panorámicas. Estas imágenes, junto con el auge del turismo transatlántico, contribuyeron a difundir la mitología de Nueva York.
Los nuevos símbolos
En 1962, Minoru Yamasaki fue elegido arquitecto del World Trade Center y presentó la maqueta de unas Torres Gemelas de 110 plantas en 1964. La más alta, la Torre Norte, alcanzaría los 417 m, o 527 m incluyendo la antena.
Sin embargo, estas relucientes torres, técnicamente innovadoras, fueron objeto de burlas por parte de muchos arquitectos de la época. En 1966, el New York Times informó que se argumentaba que “esos gigantes de tejado plano destruirían la belleza del romántico perfil urbano del bajo Manhattan con sus agujas”.
Sin embargo, cuando se terminaron de construir en 1970-1971, su minimalismo y pureza y su coherente concepción estructural les confirieron una elegancia esbelta.
Rápidamente se convirtieron en el par de edificios más reconocibles de un área considerada el centro de las finanzas mundiales.
Eran los escenarios utilizados en películas y series para situar la acción en el tiempo y el espacio, y llegaron incluso a sustituir al Empire State Building como el edificio al que Kong se retira en el remake de 1976 de King Kong.
Al atacar las Torres Gemelas, los terroristas de Al Qaeda eligieron lo que consideraban el símbolo más emblemático del “imperio del mal” que, según ellos, era Estados Unidos. Para los neoyorquinos, la destrucción de las Torres Gemelas supuso un ataque a su integridad e identidad.

Afrontar la pérdida
La pérdida de las Torres Gemelas fue catastrófica, pero la respuesta fue inmediata. Para los líderes cívicos y empresariales era de suma importancia que Nueva York recuperara su posición como hogar del edificio más alto de Estados Unidos. El One World Trade Center, diseñado por David Childs, de Skidmore Owings & Merrill, cumplió este requisito.

Inaugurado en 2014, el One WTC es un prisma biselado que alcanza una altura de 541 m –o 1 776 pies, en conmemoración de la firma de la Declaración de Independencia–. Sin embargo, los críticos arquitectónicos la han considerado una obra poco notable.

En 2031, al One WTC se sumará, en el horizonte, el Two WTC, diseñado por Norman Foster, de Foster and Partners, y actualmente en construcción.
Cabe destacar que ni el One ni el Two WTC se encuentran en los emplazamientos de las antiguas Torres Gemelas. Los huecos en el espacio donde se alzaban permanecen vacíos, y sus huellas están ocupadas por el Memorial del 11-S: dos piscinas alimentadas por cortinas de agua de 9 m de altura, que fluyen hacia un vacío central que simboliza “la ausencia hecha visible”.


Nuevos recuerdos
Veinticinco años después, la terrible violencia del 11-S se ha incorporado a la mitología de Nueva York. Las imágenes del horizonte de la ciudad establecen ahora una distinción entre el “antes” y el “después”.
Una imagen anterior al 11-S evoca recuerdos de aquel terrible suceso, pero también, posiblemente, nostalgia por lo que parece una época más sencilla, antes de que los teléfonos móviles y las redes sociales se generalizaran, y antes de la “guerra contra el terrorismo” que parece no tener fin.
El tiempo dirá si las nuevas torres se convierten en íconos. Sea como sea, el horizonte de Nueva York perdura. Aunque cambia continuamente sigue manteniendo su relevancia como faro del progreso y almacenando relaciones que profundizan en la memoria cultural compartida.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation
