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Opinión

  • | 2019/10/19 02:01

    Así será la sección hace 25 años en 25 años

    En la sección de entretenimiento anunciaban que RCN programaría por novena vez 'Betty, la fea'.

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Supe que me había vuelto viejo cuando me descubrí a mí mismo leyendo la sección ‘Hace 25 años’ de El Tiempo. Empezó como una curiosidad ocasional que, desde hace unos meses, se convirtió en un hábito inmenso, como el de la monja uribista.

El asunto es que cada mañana abro la puerta, recojo el periódico y, mientras mis hijas desayunan, busco aquella sección para masticar con melancolía los sucesos de los años noventa que viven de forma tan vívida en mi memoria, como si hubieran sucedido ayer: Brasil gana el nefasto mundial de Estados Unidos; Shakira acaba de ganar el concurso a la mejor cola (porque por entonces no se conocían las virtudes amortiguadoras de la de Aida Merlano); Juan Manuel Santos traiciona la promesa en mármol que había firmado como periodista de no dedicarse a la política. Y Álvaro Uribe es apenas un joven gobernador con semblante de seminarista, que, cuando se sienta a observar las aventuras de Gaviota y Sebastián, comenta ante doña Lina que esos muchachos no estarían recogiendo Café.

Esta semana, la lectura que me convirtió en un patético viejo prematuro pasó a mayores porque padecí una pesadilla bastante particular. Sucedió la noche del miércoles. Soñé que me levantaba el 17 de octubre de 2044 y que recogía mi ejemplar impreso de El Tiempo, como siempre. En toda Colombia quedábamos apenas cinco suscriptores del periódico, dentro de los cuales me contaba yo, naturalmente, por amistad con su director, Lucas Pombo, con quien había compartido diversas parrandas protagonizadas por Chabuco, la última de ellas en el hogar para la tercera edad Ay hombe.

La edición llegaba retrasada porque salía de la sede de Subachoque, a donde el diario se había mudado desde hacía muchos años, por allá en 2020, cuando Luis Carlos Sarmiento decidió utilizar el lote de la 26 para construir la torre Néstor Humberto Martínez. (Por aquel entonces Néstor Humberto no se había convertido aún en el legendario cuentachistes de Sábados Felices que posteriormente fue, y algunos, como Sarmiento, creían que podía ser presidente de la república).

Era domingo, y yo repasaba entonces la edición dominical que contaba con interesantes columnistas de opinión, como María Isabel Rueda, quien a sus 85 años lucía más liberal que nunca; un tataranieto de Luis Noé Ochoa; un bisnieto de Mauricio Vargas. Y Lucy Nieto.

Hice un repaso de las noticias de primera plana: el nieto de Petro aseguraba que si resultaba elegido como alcalde de Bogotá, no iba a permitir que se construyera el metro elevado que quería dejar contratado la joven alcaldesa, Julieta Galán. El presidente de la república, Juan Luis Londoño, Maluma, lanzaba el programa de subsidios ‘Mi cuarto baby’ para quienes encargaran más de tres hijos. En un rincón de la primera plana aparecía la foto de un personaje al que por poco no reconozco: Iván Duque. Los años le habían pasado factura. Tenía el pelo color castaño, sin canas. Estaba en Cúcuta, y desde allá celebraba las bodas de plata del cerco diplomático con un concierto en la frontera ante el cual Nicolás Maduro, que arrebató el récord a Fidel Castro como el dictador más longevo del mundo, lanzaba improperios burlescos.

Pasé los ojos fugazmente por otras páginas. Había un informe sobre la protesta callejera de Sebastián Villalobos y otros youtubers porque no les salía su pensión. En la sección de entretenimiento anunciaban que RCN programaría por novena vez Betty, la fea para contener el rating de la edición número 32 de Yo me llamo, presentada por Amparo Grisales.

Llegué entonces a mi sección preferida, y, sin perder tiempo, comencé a leer: hace 25 años, el recientemente fallecido Donald Trump llamó presidente Mozarella al primer ministro italiano; hace 25 años, Ernesto Samper se acogió a la Comisión de la verdad para confesar quién era su sobrino más inteligente.

Y, destacado con una pequeña foto, se leía la nota más importante: hace 25 años se volvió a congregar el movimiento estudiantil que, unos meses más tarde, obligaría a la renuncia del presidente Duque y la posesión inmediata de Marta Lucía Ramírez (y, de paso, el nombramiento de Faryd Mondragón como nuevo vicepresidente).

Por aquel entonces Álvaro Uribe aún no se había fugado en una moto de Rappi, ni había ordenado a sus militantes –vía Twitter y antes de dar la espalda al impopular gobierno de Duque– votar por la monja uribista, a quien efectivamente Colombia eligió como presidenta para el periodo 2022-2026.

Me desperté sobresaltado, con la sensación de desconcierto que sucede a las pesadillas. Para asentarme de nuevo en la realidad, recogí el periódico en la puerta, como siempre, y leí algunos titulares: se cae ley de financiamento; pagarán fallos contra el Estado con recursos de la educación; estudiantes se quejan de desmanes del Esmad. Y comprendí entonces que, en 25 años, el sueño se iba a convertir en realidad. 

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