El jueves por la tarde transcurría normalmente hasta que mi teléfono sonaba a estallar. Mensajes no leídos, llamadas y videos. Cuando mi teléfono se llena de notificaciones así solo obedece a dos cosas; o una tragedia familiar o una noticia urgente de última hora. Me di la bendición y procedí a revisar qué estaba pasando.
Al abrirlo, encontré decenas de veces el mismo video. Era la recién nombrada ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, diciendo: “Nosotros necesitamos exigirles también, en el marco, digamos, de esta geopolítica global, a los otros países que comiencen a decrecer en sus modelos económicos, porque de ese decrecimiento depende también que nosotros logremos un equilibro mayor y que los impactos del cambio climático nos afecten menos”. Tremendo.
Básicamente, la ministra nos está diciendo que los países tienen que dejar de crecer para que nosotros podamos hacerlo y al mismo tiempo podamos sobrevivir al cambio climático. En otras palabras, que nuestro modelo económico no depende de nosotros, sino de lo que hagan los demás y de nuestras exigencias. Increíble. Palabras que no solamente denotan ausencia total de conocimiento de la realidad económica global, sino también la premisa de que se puede crecer avanzando en el cuidado del medioambiente y que es precisamente ese equilibro el que se tiene que buscar y no lo contrario.
La teoría del decrecimiento es una teoría económica radical nacida en los setenta, desarrollada inicialmente por el filósofo austro-francés André Gorz, pero que muy poca aplicabilidad ha tenido y que incluso sus defensores más afincados reconocen imposible aplicar en países pobres o en vías de desarrollo que no alcancen un nivel de prosperidad. Pero el tema no quedó allí. Cuando aparentemente alguien buscaba explicaciones entre los asistentes, la funcionaria remató: “Como yo les diría a mis estudiantes, por favor, los de la segunda fila, los de la mano derecha, si nos hacen silencio para poder seguir, gracias”. El escenario quedó atónito.
El jueves por la mañana, en sus secretos en La FM, Darcy Quinn hizo una revelación que daría explicación a lo que acababa de pasar: la ministra no es una experta en el tema y no considera que se deba serlo para formar parte de su cartera. Para el nombramiento de otras personas, la neófita funcionaria cambió el manual de funciones para que gente que no sabe nada de minas y energía pueda ser contratada en el Ministerio. Tenebroso.
Una de las primeras resoluciones de la doctora Vélez fue, precisamente, que no se necesite ser ingeniero, geólogo, químico o físico, como se necesitaba anteriormente, para formar parte de las filas de este crucial Ministerio. Para eso, amplió el espectro, para que antropólogos y graduados de artes liberales, filósofos, bibliotecarios, biólogos, microbiólogos, literatos, teólogos, arquitectos y hasta ingenieros de alimentos puedan llegar a la entidad.
Me puse a investigar más sobre la hoja de vida de la ministra Vélez y encontré que es una filósofa y doctora en Geografía Ambiental, y poco o nada conoce de los menesteres que son pertinentes a sus nuevas labores.
Lo anterior, inevitablemente, me recordó lo que ocurrió con PDVSA, cuando cayó en manos del régimen de Chávez. El presidente Chávez repartió la gallina de los huevos de oro de su país a generales corruptos que no tenían idea de petróleo para reemplazar a los ingenieros expertos que llevaban años en esas posiciones. Por supuesto, el resultado fue que la empresa se quebrara y terminara siendo la colección de hierro retorcido que es hoy.
La historia nos indica que la ignorancia es peligrosa, pero lo es más la soberbia, que no permite reconocer que nadie puede saber de todo y que, cuando no se conocen los temas, y más en este tipo de responsabilidades, lo que corresponde es rodearse de gente que sí sepa. Humildad parece ser el primer gran déficit de este Gobierno.
