Desde el turismo responsable en la Amazonia hasta la agricultura como alternativa frente a la violencia, estos cinco jóvenes demuestran que la sostenibilidad también es una herramienta para generar oportunidades. A temprana edad, sus iniciativas impactan el medioambiente a la par que abren caminos para que otros jóvenes encuentren sus propósitos.
Turismo extremo y sostenible en el Guaviare
En Guaviare, una región marcada durante décadas por el conflicto armado y las economías ilegales, José Manuel Vargas, estudiante de Gobierno y Ciencias Políticas, lidera Guaviare Xtremo, una agencia de turismo sostenible operada por jóvenes. “El proyecto nace precisamente al ver el enorme potencial que tiene el Guaviare como destino natural, pero también de la necesidad de hacerlo bien: evitando el turismo extractivo y promoviendo un modelo sostenible y comunitario”, explicó.
La iniciativa articula su trabajo con comunidades indígenas como los nukak y los guayaberos, además de poblaciones campesinas. Cada experiencia incluye componentes de educación ambiental y conservación, como la siembra de árboles.
En Guaviare Xtremo trabajan con guías locales certificados, muchos de ellos jóvenes del territorio, y con alojamientos que están adoptando prácticas sostenibles. “Nos aseguramos que nuestros proveedores tengan buenas prácticas y que todo esté alineado con el cuidado ambiental”, destacó.
Su experiencia también incluye el trabajo en políticas públicas, redes juveniles y espacios académicos en los que impulsa investigaciones sobre temas como economía forestal y transición energética. “Más allá de ofrecer viajes, lo que buscamos es construir un modelo de turismo regenerativo”, finalizó Juan Manuel.
El “parche ambiental” de Camila Vásquez
Es estudiante de periodismo, gestora nacional de Adolescentes en Movimiento para Unicef y fundadora de la ONG Generación 999. Con tan solo 20 años, se ha centrado en impulsar el liderazgo juvenil desde los salones de clase. Su ONG, Generación 999, comenzó como una cuenta en redes sociales para documentar procesos estudiantiles y hoy es una fundación que ha impactado a cerca de 1.000 jóvenes en distintas regiones del país.
Parche Ambiental, encuentros entre estudiantes en los que se abordan temas de cuidado del entorno desde un lenguaje cercano, y Botellas de Amor, una estrategia que llena botellas plásticas con residuos no reciclables, son dos de sus principales iniciativas. “En los colegios vamos salón por salón explicando qué se puede hacer, cómo hacerlo y por qué es importante”, explicó.
Su proyecto también ha promovido acciones como la donación de 793 libros a dos escuelas en el departamento de Arauca y experiencias pedagógicas que conectan sostenibilidad con la vida diaria, como la preparación de alimentos veganos con enfoque responsable y de fácil acceso para todos.
Influencers de la naturaleza
En la Amazonia, Felipe Henao ha convertido las redes sociales en una herramienta para la conservación ambiental. Como creador de Guardianes del Chiribiquete, lidera procesos que han formado a cerca de 1.000 jóvenes en el Guaviare, muchos de ellos en zonas rurales apartadas. “Creamos estrategias para conocer el territorio, pero también para ayudar a conservarlo”, señaló. A través de escuelas de formación han llegado a zonas rurales apartadas, donde enseñan a jóvenes a crear contenido ambiental. Su meta: formarlos como guardianes de la naturaleza, capaces de contar sus territorios desde una perspectiva ambiental.
A la fecha han sembrado cerca de 190.000 árboles y retirado alrededor de 50 toneladas de plástico de los ríos. Las acciones se han extendido a lugares como Caquetá, Puerto Asís e incluso fuera del país. Felipe, periodista y estudiante de Ciencia Política, quiere seguir impulsando esta y otras iniciativas, pues su proyecto también incluye programas como Influenciadores por Naturaleza y un voluntariado en el que está trabajando.
Cultivos sostenibles en el Meta
En zonas rurales del Meta, donde la economía ha dependido históricamente de los hidrocarburos, Sebastián Robles encontró una alternativa en la agricultura. Así nació Agrovisual, una asociación que hoy reúne a 105 personas y que comenzó con apenas nueve jóvenes. El proyecto combina la producción agrícola con el fortalecimiento social.
“Nosotros tenemos una gran necesidad y es que solo vivimos de lo que pase con el petróleo”, afirmó. Esa dependencia, sumada a la violencia, ha marcado a su comunidad. “Hemos tenido 15 asesinatos en tres años y medio y dos suicidios en menores de edad”, añadió.
Cultivos como sandía y plátano se convierten en la base de una economía local que busca reducir la dependencia de otros sectores y generar ingresos sostenibles. A través de alianzas con entidades como la FAO y Ecopetrol, reciben acompañamiento técnico y capacitaciones con agrónomos para fortalecer sus procesos. “Lo que hacemos también es incentivar a los jóvenes por medio de proyectos deportivos y culturales”, contó Sebastián. Equipos de voleibol, danza y actividades comunitarias hacen parte de la estrategia.
Reconstruir comunidad
Desde la vereda Polonia, en Córdoba, Rigoberto Benítez Cipriano lidera un proyecto que combina sostenibilidad, memoria y resiliencia. La Asociación Aprocopacoman y el emprendimiento Artesanos de Polonia nacieron como respuesta a una historia familiar marcada por la violencia y la necesidad de salir adelante.
A través del trabajo con totumo, fruto tradicional del Caribe y materia prima ancestral, la familia ha desarrollado productos como lámparas, jarrones y piezas decorativas biodegradables. La iniciativa ha beneficiado a cerca de 150 mujeres, en su mayoría víctimas del conflicto, y ha impactado a más de 1.200 jóvenes mediante procesos de formación. Rigoberto, de 24 años, proyecta llevar esta iniciativa a otras regiones del país. Su apuesta demuestra que la sostenibilidad puede ser una vía para reconstruir comunidades y preservar tradiciones.
