El cometa 3I/ATLAS vivió su momento de mayor proximidad a la Tierra el pasado 19 de diciembre, un evento que despertó interés global y dio lugar a múltiples interpretaciones y discusiones. Con el objeto ya alejándose, el foco se traslada ahora a su recorrido futuro, a su posible evolución y a los interrogantes que todavía rodean su origen y características.

En ese contexto, un académico de la Universidad de Harvard, Avi Loeb, reavivó la polémica sobre su teoría de que el 3I/ATLAS podría no ser un cuerpo natural, sino una nave de origen extraterrestre. Pese a que la mayoría de expertos coinciden en que se trata de un cometa común, sus afirmaciones volvieron a llamar la atención.
De acuerdo con su planteamiento, el objeto cruzó las cercanías de la Tierra a mediados de diciembre y, según su interpretación, habría sido enviado con el propósito de examinar el sistema solar. Aunque no se registró ningún intento de comunicación con el planeta, Loeb sostiene que no se puede descartar la posibilidad de que se trate de una sonda operada por una civilización extraterrestre.

En especial, puso en duda la conducta de la denominada anti-cola del objeto, al señalar que, bajo condiciones normales, no debería presentar una emisión constante de gas a más de 5.000 kilómetros del núcleo. Además, el investigador añadió que la naturaleza de esa estructura podría estudiarse a través de un rastreo molecular, una técnica que ayudaría a confirmar si se trata efectivamente de un cometa.
“Curiosamente, esta distancia coincide aproximadamente con el radio transversal del halo luminoso (coma) alrededor del núcleo de 3I/ATLAS en las imágenes del objeto, incluidas las del telescopio espacial Hubble”, escribió Loeb en su blog.

Luego, agregó que: “A medida que el viento solar arrastra el gas, lo transporta junto con partículas de polvo submicrométricas alejándolas del Sol a lo largo de la cola de 3I/ATLAS; sin embargo, las partículas grandes de polvo, de más de 10 micrones, continúan desplazándose por la anti-cola hacia el Sol en una escala que es unas 10 veces mayor”.

Por último, el académico planteó una forma de poner a prueba su teoría a través de estudios astronómicos específicos. Según detalló, la presencia de un flujo constante de gas en la anti-cola podría verificarse identificando trazadores moleculares, como CO₂ o CO, a lo largo del eje del chorro y contrastando su distribución con la luz solar reflejada por las partículas de polvo.










