El pasado 5 de febrero se estrenó en el país la película Aún es de noche en Caracas, un drama que retrata la crisis política y social de Venezuela en 2017. Si bien nueve años después la situación del vecino país ha cambiado bastante, el filme refuerza la idea que muchas personas aún tienen en Colombia con respecto a la situación al otro lado de la frontera: escasez, estanterías vacías, violencia, inflación desmesurada, devaluación, protestas y personas huyendo en busca de un mejor futuro.
Ese imaginario lleva a preguntarse qué está motivando a los empresarios colombianos a fijarse en los 28,4 millones de venezolanos que aún viven en el país, más allá de su riqueza petrolera.
La primera explicación está en el hecho de que esos 28 millones de personas siguen consumiendo bienes y servicios y, aunque un porcentaje mayoritario de ellos continúan muy golpeados por las dificultades económicas, hay una clase media e incluso alta que gasta al igual que sus pares del resto de América Latina. En ese último grupo está la llamada “boliburguesía”, conformada por los venezolanos que se han enriquecido bajo el amparo del régimen bolivariano, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro. Asimismo, una diáspora de 8 millones de personas envía constantemente divisas que respaldan el consumo de sus seres queridos que siguen en Venezuela.
La segunda razón que facilita los negocios se dio en 2018, cuando comenzó una dolarización de facto de la economía venezolana, impulsada por la hiperinflación y la pérdida de valor del bolívar. Eso no solo ayudó a atajar la carestía, sino que empezó a atraer inversión extranjera. En tercer lugar, están las necesidades de un país que lleva 27 años de régimen socialista que, en un afán estatizador, dejó en pausa el desarrollo de muchos sectores.
Esas motivaciones se fortalecieron el 29 de agosto de 2022, cuando, luego de tres años de ruptura de las relaciones diplomáticas binacionales, estas se normalizaron y se reabrieron las fronteras. Como consecuencia, las exportaciones hacia el vecino país prácticamente se duplicaron al pasar de 331 millones de dólares en 2021 a 632 millones en 2022. Al cierre de 2025 ya iban en 1.072 millones de dólares, un nivel que no se veía desde 2015.
El restablecimiento de relaciones desató una primera oleada de inversión colombiana en Venezuela, que se sumó a la que nunca se fue, como es el caso de Mario Hernández, empresario que alcanzó a tener 28 tiendas en el vecino país y que, por la situación, se tuvo que ajustar, pero aún cuenta con 19 locales.
Alpina tiene una planta en territorio venezolano y una distribución estable de sus productos. Sus directivos han explicado que siguen en Venezuela por compromiso con sus clientes y empleados.
César Caicedo, presidente de Colombina, señala que se quedaron en Venezuela “aun en los momentos más críticos de la economía. Su comercio era muy básico, pero siempre mantuvimos el contacto con nuestros clientes y consumidores”, afirmó. La confitería es una de las categorías estrella, que ya ha tenido exportaciones superiores a los 39 millones de dólares. “Creemos que el mercado venezolano se irá ampliando en la medida en que el nuevo esquema político-económico se desenvuelva. Muy probablemente será un crecimiento gradual, y ojalá constante y duradero”, expresa.
En 2022, Lili Pink, marca bogotana de lencería y accesorios, abrió su primera tienda en Caracas y cuatro años después ya completa 45 y un plan de expansión en marcha. “Este año proyectamos la apertura de cinco puntos nuevos. Nuestra experiencia confirma que Venezuela es un mercado con un alto potencial de consumo, donde las marcas que invierten con visión de largo plazo pueden construir relaciones profundas con sus clientes y generar valor sostenible. Sin embargo, también es un entorno que exige una operación disciplinada y flexible”, comenta Verónica Pachón, gerente de Mercadeo y Producto de Lili Pink & Yoi.
En 2024, BDO, firma de auditoría y consultoría empresarial, decidió también montar una filial en la capital venezolana. Claudia Camargo, managing partner de BDO en Colombia, explica que el proceso de apertura les tomó dos años y básicamente lo que buscan es ofrecer su experiencia para asesorar a las empresas que quieran entrar a ese mercado.
Una apuesta similar fue la de Sajú, empresa del sector moda y accesorios, enfocada principalmente en gafas. En 2025 encontraron unos socios locales que los animaron a entrar a Venezuela, con el convencimiento de que allá faltan novedades. Y el instinto no les falló: hoy su tienda de Caracas es la segunda de mayor facturación entre las 13 que tienen en Colombia y en Costa Rica.
“Claro que teníamos dudas por la percepción que hay de Venezuela desde acá, pero al llegar allá nos dimos cuenta de lo resiliente que es el pueblo venezolano y la cantidad de gente que allá vive con condiciones muy buenas. En todos estos años aprendieron a trabajar con las condiciones del Gobierno y lograron encontrarle la comba al palo para poder hacer negocios”, dice Juan Pablo Pradilla, CEO y cofundador de Sajú.
Un antes y un después
Desde que abrieron en Venezuela, Pradilla ha tenido que viajar muchas veces y por eso dice que el gran cambio se dio el 3 de enero, cuando ocurrió la operación Resolución Absoluta, en la que Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas de Estados Unidos y llevado a ese país. “Allá todos hablan del 3 de enero como si fuera antes y después de Cristo. Antes de eso había mucha preocupación porque la tasa de cambio paralela estaba disparada, lo que dificultaba mucho los negocios, pero hoy ya está mucho más estable”, señala este empresario.
En BDO agregan que, como resultado de las nuevas dinámicas políticas del vecino país, en 2026 se han aprobado leyes que favorecen la inversión extranjera, impulsando la independencia de los productores privados, la garantía en las transferencias de activos y acuerdos de subcontratación, además de medidas que aumentan la expansión de sus negocios y la exploración de sus territorios.
Camargo señala que, si bien aún hay bastantes desafíos, la nueva legislación hace atractivo ese mercado en sectores como energía, manufacturas, neobancos y telecomunicaciones. Particularmente en este último campo hay un gran rezago de infraestructura en el que podrían participar empresarios colombianos.
Javier Díaz, presidente de Analdex, confirma ese interés, pero considera que falta más claridad sobre las reglas de juego para comercializar con Venezuela. “Hasta el momento, Estados Unidos ha expedido las licencias para el sector petrolero y en ellas se especifican las operaciones y las empresas que pueden desarrollarse allá, tanto de inversión como de producción y comercialización. Lo que no esté allí autorizado no se puede hacer. En los otros sectores aún no han determinado las operaciones y actividades que se puedan desarrollar sin exponerse a sanciones. Por tanto, sigue a la expectativa”.
El atractivo de la comida
El sector de alimentos es uno de los más animados, pues el potencial estimado de ventas está entre 2.400 y 4.000 millones de dólares. Un elemento clave que ya tienen claro las empresas que nunca se fueron, como Colombina, es que ahora lo más eficiente serán los productos a bajo costo, con ventas compensadas por volumen, aunque no se puede perder de vista que las cifras antes de la crisis ya habían sido altas.
Nutresa, por ejemplo, llegó a tener 300 millones de dólares en ventas hace un par de décadas, por lo que ahora podría ser uno de los actores agresivos en expansión. De hecho, el Grupo Gilinski, dueño mayoritario de la multilatina de alimentos que produce chocolates, café, galletas, snacks, ya ha mencionado públicamente que están convencidos de que la aceleración económica en Venezuela será rápida y que ellos, ya conocidos en el mercado, solo tendrían que aumentar la producción en Colombia para exportar por carretera.
La venezolana Andrea Estrada, industry manager de NielsenIQ, señala que su país fue uno de los más ricos de América Latina y hoy tiene el potencial para volver a serlo. Esto, dado que su economía depende estructuralmente del petróleo y la mayoría de las inversiones anunciadas son en ese sector, lo que implica un aumento en la capacidad de producción, la capacidad de generar divisas y en el poder adquisitivo de los consumidores.
“Venezuela pasó del desabastecimiento entre 2016 y 2018 a un proceso de dolarización que permitió volver a llenar los anaqueles. Hoy su mercado de consumo masivo crece a ritmos elevados, mientras que el de Colombia acumula tres años de estancamiento”, precisa la experta de NielsenIQ.
El año pasado, la canasta de consumo venezolana creció 16 por ciento y lo que más aumentó fue el consumo de licores y productos para mascotas. De hecho, se calcula que de cada 100 dólares que gastaron los venezolanos en 2025, 37 los destinan a cerveza.
Al igual que en Colombia, el mayor canal de comercialización son las tiendas de barrio (allá les llaman abastos y bodegas), pero en ese país aún no existe la figura de los discounters (tipo D1 y Ara).
Eso, según NielsenIQ, crea una diferencia importante, pues en Colombia, por la elevada competencia, se gasta más en las marcas propias de los supermercados que en otros países. De cara a Venezuela, eso genera una oportunidad para los empresarios nacionales que han desarrollado grandes marcas en alimentos, bebidas y productos de aseo, entre otros.
“En Venezuela se consume más whisky y harina de maíz que en Colombia; en los barrios populares se venden productos prémium porque es un país muy consumista”, sostiene Estrada, y lo explica en que el hecho de que allá el Gobierno ha subsidiado y sigue subsidiando los servicios públicos, lo que les deja más dinero disponible a los hogares para gastar.
Eso lo tienen claro multinacionales como la española Zara, que en 2021 se había ido de Venezuela, pero tres años después regresó y abrió allí su tienda más grande de Latinoamérica, que se despliega en 5.000 metros cuadrados.
El oro negro
Pero más allá de las inversiones en productos y servicios, sin duda la gran oportunidad de Venezuela está en el campo energético, gracias a la expectativa de que podrá recuperar y capitalizar su potencial petrolero, de la mano del Gobierno de Donald Trump. Más aún ahora, en medio de las tensiones en Oriente Medio que han puesto en jaque la operación y la logística de transporte de crudo y de gas en el mundo.
Como explica Frank Pearl, presidente de la Asociación Colombiana de Petróleo y Gas (ACP), Venezuela cuenta con el mayor volumen de reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en cerca de 303.000 millones de barriles, lo que equivale a casi 19 por ciento de las reservas globales. “Históricamente, el país llegó a producir más de 3 millones de barriles diarios, aunque hoy se encuentra muy por debajo de ese nivel debido a limitaciones estructurales, con una producción de alrededor de un millón de barriles diarios”, señala el dirigente gremial.
En este escenario, ¿dónde están las oportunidades? Mucho se ha hablado de la posibilidad de que Venezuela se convierta en proveedor de gas para Colombia, ante el déficit que enfrenta hoy el país y que ha obligado a aumentar la importación. Sin embargo, también se abren oportunidades en sentido inverso. Por ejemplo, en el suministro de energía eléctrica, un frente en el que Colombia tiene ventajas. Cabe recordar que Ecopetrol es el accionista mayoritario de ISA, una de las principales compañías de transmisión de energía del continente. A esto se suma que la petrolera estatal ha venido avanzando en el desarrollo de generación de energía con proyectos renovables.
Pero al ser dueño de generación y transmisión, las normas no le permiten a Ecopetrol comercializar energía en Colombia, aunque sí lo podría hacer en Venezuela.
Para ello, en el corto plazo es clave recuperar la infraestructura de transmisión y avanzar en la interconexión. “Lo primero que tendría que hacer ISA es reactivar la infraestructura de las cuatro interconexiones que tenemos allá y que suman unos 340 MVA de capacidad. Para tener una referencia, esto equivale prácticamente al aumento de potencia que necesitaría Chevron para duplicar su producción en Venezuela”, dijo Ricardo Roa, presidente de Ecopetrol, a SEMANA en una reciente entrevista.
Para Pearl, aunque aún persiste incertidumbre por tratarse de un periodo de transición, con múltiples reglamentaciones pendientes, “hay un panorama prometedor para la expansión de negocios a largo plazo, pero con restricciones significativas en el corto y mediano plazo. En las actividades de exploración y producción aún es preciso definir si para empresas que no sean estadounidenses se va a autorizar la operación a través de licencias individuales o si se expedirá nueva reglamentación general de participación”.
Pearl no prevé una recuperación rápida ni automática del sector: “Cualquier avance relevante dependerá de cambios estructurales profundos y sostenidos en el tiempo”. Además, advierte que aún no es un mercado estabilizado, requisito indispensable para atraer inversiones de largo plazo. Se estima que, bajo un entorno favorable para la inversión que permita la reconstrucción de la industria, la producción podría alcanzar cerca de 1,5 millones de barriles diarios en 2030.
Las oportunidades en el sector de petróleo y gas en Venezuela, según la Cámara Colombiana de Bienes y Servicios de Petróleo, Gas y Energía (Campetrol), se concentran principalmente en la reactivación de producción, la provisión de servicios petroleros y la rehabilitación de infraestructura, apalancadas en la flexibilización regulatoria y el interés de capital extranjero.
Por su parte, Óscar Ferney Rincón, director ejecutivo de la Asociación Colombiana de Ingenieros de Petróleos, Energía y Tecnologías Afines (Acipet), considera que se abren oportunidades para profesionales colombianos calificados y especializados. También para empresas colombianas de bienes y servicios del sector de los hidrocarburos, en actividades como la reactivación de campos maduros, la recuperación de infraestructura, como oleoductos, refinerías y gasoductos, y hasta en nuevos esquemas de inversión y alianzas internacionales.
Para Colombia no se prevé un impacto inmediato, aunque sí un doble efecto. Como advierte Pearl, existen riesgos de mediano y largo plazo, como mayor competencia por inversión, posible desvío de capital que en vez de venir a Colombia se va a Venezuela y presión sobre precios. Para mitigarlo, será clave fortalecer la seguridad jurídica, la estabilidad regulatoria y fiscal, y agilizar el licenciamiento. Sin embargo, también surgen oportunidades en integración regional, complementariedad energética y fortalecimiento de cadenas de valor.
Mientras los venezolanos empiezan a ajustar el rumbo de su economía y de su sociedad —en una suerte de catarsis de su historia, como refleja Aún es de noche en Caracas—, el cambio no solo se percibe en la inversión extranjera, sino también en los aeropuertos. Allí, al menos seis aerolíneas (Avianca, Latam, Wingo, Copa y, parcialmente, Iberia y GOL) han pasado por un ciclo de “suspensión-retorno”. En sus aviones, en los que antes solo se veían venezolanos, chinos y uno que otro colombiano, ahora es más frecuente ver a rubios de ojos claros que viajan con el maletín de negocios.