El lunes15 de noviembre de 1999, poco después de las 10 de la mañana, un niño atravesó un paraje lleno de matorrales en busca de la carretera cuando se tropezó con un bulto que le causó curiosidad. El pequeño se acercó a averiguar de qué se trataba y alcanzó a ver que de uno de los lados del enorme paquete se asomaba un brazo. Aterrado, corrió a dar aviso a las autoridades.
Momentos después llegaron los expertos de Medicina Legal. En sus informes de levantamiento dejaron constancia que sobre el kilómetro 15 de la antigua carretera al Llano estaba abandonado un bulto cubierto con plásticos negros que tenía en su interior un cuerpo de mujer, de unos 30 años, envuelto en cobijas de lana y cajas de cartón para guardar panela. El paquete estaba muy bien amarrado y asegurado por zunchos. Pero la impresionante descripción de los forenses no paró ahí. La mujer había muerto por un disparo en la sien. Su cuerpo estaba parcialmente quemado y desmembrado: le faltaba su brazo derecho y la pierna izquierda estaba semidesprendida. Por su estado de descomposición los legistas determinaron que el cadáver llevaba varios días allí.
Durante las diligencias de levantamiento las autoridades no encontraron un solo papel que les permitiera establecer de quién se trataba. Era un NN más de la larga lista de muertos del país. Y así permaneció hasta el 18 de enero cuando Medicinal Legal corroboró que esa mujer terriblemente asesinada y torturada era Luz Amparo Granada Bedoya, una religiosa que pertenecía a la comunidad de Las Adoratrices.
El caso llamó la atención de los investigadores, quienes se encargaron de recoger pruebas que les permitieran esclarecer el macabro crimen. Tras varios meses de trabajo los funcionarios hallaron a una presunta responsable: otra monja. Así lo determinó la fiscal 15 de la Unidad de Vida de Bogotá. De acuerdo con los indicios la hermana Leticia López, una mujer de 46 años, cucuteña, de baja estatura, voz suave y con casi 30 años de vida religiosa, sería la persona que dio muerte a su compañera Luz Amparo.
Por esa razón el pasado 27 de marzo la Fiscalía ordenó la captura de la hermana Leticia. Ese lunes, a las 10:30 de la mañana, timbraron en la casa de la comunidad de La Candelaria, en Bogotá, dos agentes del Cuerpo Técnico de la Fiscalía, preguntaron por ella y lo único que le dijeron era que sacara sus documentos de identificación. “Yo no sospeché nada. Me fui con ellos y cuando llegué me llevaron a unas oficinas y me mostraron la orden de captura para que la firmara y leyera mis derechos. A las dos de la tarde me subieron a indagatoria y me asaltaron los medios de comunicación. Eso fue impresionante”, señaló a SEMANA la hermana Leticia López, quien se encuentra detenida en el pabellón de máxima seguridad de la cárcel del Buen Pastor en Bogotá.
El día de la desaparición
La hermana Luz Amparo pasó la última noche de su vida en la casa de La Candelaria compartiendo la cena con sus compañeras Micaela y Leticia. Ese viernes estuvo con ellas el médico siquiatra Miguel Cote, quien atiende a las drogadictas y a las prostitutas con quienes trabajan las religiosas. Luz Amparo se quejaba de una fuerte gripa, razón por la cual el médico le dio una incapacidad de cinco días para faltar a la universidad donde hacía un curso de pedagogía.
En eso se basa parte de la defensa de la hermana Leticia. Según su testimonio, a pesar de la incapacidad que le dio el médico Cote, la religiosa Luz Amparo abandonó la casa en la mañana del sábado a eso de las 6:00 de la mañana “No la vi salir, pero sí la sentí cuando se levantó y se duchó. Uno estaba acostumbrado a que ella ese día tenía universidad. Ella no se despidió”. El testimonio de la otra hermana, Micaela, confirma que la religiosa salió ese sábado porque cuando ella se levantó a preparar el desayuno ya no estaba en su cuarto.
Para los investigadores ese es uno de los pocos cabos sueltos en la escena del crimen. Los fiscales no han podido determinar cómo, por qué y a qué horas la hermana Luz Amparo abandonó la casa donde vivía. En medio de ese laberinto de preguntas hay una pista que hace pensar a los fiscales que Luz Amparo no salió por sus propios medios de la casa.
Parte de la clave está en los distintos juegos de llaves de la puerta principal que tenían las religiosas de la comunidad de Las Adoratrices. Las únicas monjas que tenían llaves eran la víctima y la inculpada. Y los investigadores corroboraron que las llaves de Luz Amparo fueron encontradas dentro de la casa. Entonces, la pregunta que surgió fue ¿quién le abrió la puerta a la religiosa? Alguien lo hizo y ese alguien, según la Fiscalía, fue la hermana Leticia.
Sin embargo para Leticia López las cosas son muy distintas. “Yo tenía llave de la otra puerta. Yo era la última que había llegado y no tenía esa llave y no la necesitaba porque salíamos por la puerta principal. Además el llavero de Amparo era un trébol y el que apareció en la casa es uno de marca Sancho. La llave de ella tenía un llavero que decía Amparo, se lo habían regalado, decía su nombre”.
Su versión no convenció a los investigadores. Ellos tienen serios indicios de que la víctima no salió por sus propios medios de esa casa. Aseguran que fue asesinada por un disparo a corta distancia, justo en la cabeza. Y que el crimen ocurrió en la madrugada del 13 de noviembre. “Quienes intervinieron en el homicidio la sacaron de la casa para luego desmembrar su cuerpo, incinerarlo, embalarlo en bolsas plásticas y luego tirarlo”, señala uno de los apartes del expediente.
Cubriéndose los ojos con sus manos, Leticia sólo atina a decir que todo eso es absurdo. “Es que la casa es muy pequeña y se oye todo. Si fue un tiro pues eso suena duro. Tampoco hay orificios del proyectil. Además estábamos todas en la casa” . Y agregó: “Para mí es muy difícil conseguir armas. Nunca he visto una, ni la he tocado y mucho menos sé manejarla”.
Pero la fiscal es aún más contundente: “Sin lugar a equívocos, plantea, los materiales utilizados (cobijas, tela estampada, cajas y zuncho) para el embalaje fueron sacados de la casa donde habitaban la occisa y la sindicada”. Esta conclusión se desprende de los análisis realizados por los forenses a los materiales con los que estaba envuelta la muerta y los hallados en la casa de la comunidad religiosa. Y respaldan esa prueba con el testimonio de otra religiosa, la hermana Carmen Julia González, quien aseguró que “Leticia tiene gran habilidad para enzunchar cajas y paquetes, con zuncho plástico, en La Candelaria se hacen traperos”.
Frente a esta acusación la hermana Leticia de inmediato se defiende. “Yo no sé la técnica para hacer zunchos. He visto hacerlos en el taller cuando las muchachas hacen los traperos. Carmen sabe que yo tengo una enfermedad en las manos y que he sido operada varias veces aquí y en España. Estuve en terapia, he perdido sensibilidad y no puedo hacer mucha fuerza con mis manos”. Además dijo que la similitud de la envoltura con que encontraron a la hermana no es un asunto tan extraño y complicado de entender. “Todas tenemos las misma cobijas, iguales, incluso las chicas. Es que cuando yo llegué a la comunidad estaban las cobijas puestas y pasan de una a otra. Y lo de las cajas, pues en todas las casas de la comunidad se compra panela, se tienen depósitos de todo. También hay zunchos en las otras casas”.
Las tres llamadas
Como en las novelas de Agatha Christie, en este crimen no podía faltar el ingrediente pasional. En esta macabra historia los investigadores se toparon con tres misteriosas llamadas que podrían tener la clave del asesinato. La primera comunicación fue hecha a la casa de la comunidad justamente el día de la desaparición. Una mujer que no se identificó —y que pidió hablar con la hermana Micaela— le dijo que Luz Amparo se iba a quedar en casa de una compañera porque se encontraba enferma. La segunda llamada ocurrió al día siguiente. Una mujer, con acento costeño, pidió hablar con la hermana Micaela y le dijo que Luz Amparo no iba a llegar porque le habían practicado un aborto.
La tercera llamada fue hecha el 31 de diciembre a Calcuta, India —un mes y medio después de la desaparición de Luz Amparo Granada—. En esa ciudad se encontraba la superiora general de la comunidad de Las Adoratrices, la hermana Elisa Altadil. La mujer que habló con la superiora dijo que se trataba de la hermana Luz Amparo. En la conversación manifestó que se encontraba bien y que no la buscaran más. Agregó que se había retirado de la comunidad porque se había enamorado de un hombre y que estaba feliz viviendo en Cartagena.
Elisa Altadil hizo una reconstrucción de esa conversación a los investigadores. Ellos tienen la certeza de que esta última llamada fue realizada por la hermana Leticia. En un rastreo que hicieron los funcionarios de la Fiscalía determinaron que la llamada a Calcuta fue hecha desde una oficina de Telecom ubicada en el edificio Murillo Toro, en el centro de Bogotá, a pocas cuadras de la casa donde viven las religiosas.
La hermana Leticia se defiende de estos cargos: “Yo no hice esa llamada. Ese 31 de diciembre sólo salí con las chicas de seis de la tarde a 12 de la noche, a la Plaza de Bolívar, a la presentación del show de Jorge Barón de fin de milenio”.
Los investigadores también creen que la hermana Leticia trató de borrar evidencias. El mayor indicio es que Leticia lavó unas sábanas manchadas de sangre el sábado, día de la desaparición de Luz Amparo. Y que cuando la monja sospechosa escuchó la versión del aborto dijo —según testimonio de otra religiosa—: “Ah, con razón que las sábanas que yo lavé estaban manchadas”.
Leticia sostiene que nunca trató de borrar evidencias y admite que sí lavó las sábanas, pero tres días antes de que desapareciera su compañera. Y señala que estaban manchadas de sangre porque Luz Amparo tenía el período. En este caso podría estar a favor de la hermana Leticia el informe de Medicina Legal, el cual señala que la hermana asesinada nunca estuvo embarazada ni tuvo abortos.
Las intrigas
Para la hermana Leticia todo este episodio no es más que un cobro de cuentas contra ella por las delicadas denuncias que hizo sobre un tema que para nada les gustó a sus compañeras: el lesbianismo que se practicaba dentro de la comunidad. Esa queja la formuló ante una de sus superioras. ”Se empezaron a dar situaciones muy tensas. Yo confronté a la hermana Carmen Julia con la provincial, la hermana Alicia, de las actitudes que tenía en la comunidad con unas muchachas que vivían con ella”.
Desde la celda número cinco del pabellón de máxima seguridad del Buen Pastor la religiosa Leticia López se defiende a capa y espada. En medio de las lágrimas juró por Dios y por la Virgen que ella no mató, no incineró y no descuartizó a la hermana Luz Amparo Granada. También dijo con vehemencia que tampoco inventó las llamadas, que no sería capaz de amarrar y empacar un cadáver porque sus manos enfermas no se lo permiten. Agregó que no desapareció pruebas y que no se atrevería a decir una sola mentira. Y señaló que no cree que la muerta en este misterioso caso sea su gran amiga y compañera Luz Amparo Granada.
Pero la Fiscalía cree todo lo contrario a lo que afirma la hermana Leticia López. Si los jueces acogen la tesis de la Fiscalía, ésta podría afrontar una condena entre 25 y 40 años de prisión. Pero en este caso, como en las más apasionantes novelas policíacas, todavía no se conoce a ciencia cierta cuál será el verdadero final. Y sólo se sabrá hasta la última página.








