“Una fotografía, un pedazo de tierra que jamás fue suyo y una sobrina nieta que carga con su apellido son las pruebas irrefutables de la existencia en la realidad de un personaje de la ficción: Siervo Joya. Con esas tres pistas emprendí camino a Tipacoque, Boyacá, en una ruta marcada por las señales que emergen de las páginas de la novela Siervo sin tierra, una de las obras emblemáticas de Eduardo Caballero Calderón.
Pasé por Santa Rosa de Viterbo, donde el protagonista de la novela sufrió un largo carcelazo, y por Soatá, donde fue víctima de atropellos e injusticias por un pecado que los curas incluyeron en la lista de lo imperdonable: ser liberal. Por ese camino llegué a Tipacoque, un pueblo entre las montañas de la cordillera Oriental de los Andes y las profundidades del cañón de Chicamocha, cuyo nombre está marcado en una enorme puerta de madera que da entrada a la hacienda que dio origen al municipio.
Marco Antonio Delgado, el administrador de la Hacienda Tipacoque, me abrió las puertas y de paso me invitó a un viaje al pasado. Camino del comedor para un refresco de bienvenida, me fue echando el cuento:
—Don Eduardo contaba que había heredado diez mil hectáreas de tierra y que las parceló. Ahorita no quedan sino la casa y dos hectáreas.
En el comedor de la casa hay un hermoso mapa en la pared, dibujado por Luis, el hijo pintor de Eduardo Caballero, que muestra las dimensiones de un mundo que iba desde las profundidades del Catatumbo hasta los linderos del páramo de Onzaga, de los mil metros de altitud a los tres mil.
Tuve la fortuna de que Beatriz Caballero, encargada por la familia de preservar la memoria literaria de su padre, me contara la historia de ese mapa, y de muchas cosas más, antes de morir, el 12 de febrero de 2025.
—Papá obligó a Luis a que lo pintara cuando mi hermano tenía dieciséis años.—¿Cuántas hectáreas tenía la hacienda? —le pregunto.—Ese mapa muestra lo que hoy en día es el municipio con sus nueve veredas; esa era la hacienda, más la montaña, pero yo no sé decirle cuánto era eso en hectáreas. Papá en todos sus libros molesta que fulanito tenía una finquita que tenía tres climas, pero eso ya es música del fabulador.
Con la perfección de los datos, rastreados en notarías y oficinas catastrales, Carlos Ignacio Báez, miembro de la Academia Boyacense de Historia, pone las cosas en su justa proporción: “Seis mil fanegadas”. Eso equivale, según sus cuentas, a la mitad del municipio de Tipacoque, una tierra que pasó de los zipas a los conquistadores, de los conquistadores a los religiosos, y de los religiosos a los hacendados. El mismo Eduardo Caballero Calderón, en su libro Tipacoque, estampas de provincia, cuenta en qué momento esas tierras llegaron a sus manos.
De los frailes pasó la propiedad, en 1580, a manos de la familia. Fue, desde entonces, la casa de los Tejada. Allí nacieron y murieron por espacio de cuatro siglos, hasta mi abuela, y aun cuando a comienzos de la independencia muchos de ellos se establecieron en Bogotá, la hacienda siguió en sus manos, hasta la muerte de mi abuela, hasta mí, pese a que en hora mala la tierra se ha ido parcelando y vendiendo. Del inmenso feudo apenas queda la casa con unos cuantos tablones de caña y lomas bravas estériles, sembradas de cactus y de recuerdos.
Marco Antonio Delgado recuerda lo difícil que era para un humanista como Eduardo Caballero la concentración de la tierra en pocas manos y mucho más si eran las suyas. Ese es, en últimas, el trasfondo de Siervo sin tierra, la novela que me llevó a Tipacoque con el deseo de encontrar en la realidad las líneas de una obra literaria que habla del amor por la tierra y de lo difícil que resulta conseguir siquiera un pedazo. Se lee en la novela:
La tierra es primero de Dios, que la amasó con sus manos, en segundo lugar, de los patrones, que guardan la escritura en un cajón del escritorio; pero en tercer lugar no podría ser sino de Siervo, que nació en ella y en ella quería morir…
Eran los tiempos de la parcelación de la hacienda y el que no tenía con qué pagar su pedazo quedaba por fuera. Eran los tiempos de Siervo Joya, el personaje principal de la obra y también hombre de carne y hueso, habitante de la región. La Hacienda Tipacoque, cuentan los historiadores, tenía mil quinientos habitantes. Los propietarios les dieron facilidades de pago a los peones. Así de sencillo y trágico era y sigue siendo el mundo: el que no tiene plata, no tiene tierra ni tiene nada.
Antes de la parcelación, los términos corrientes que se usaban en las relaciones sociales y económicas que reinaban en el campo, en la primera mitad del siglo pasado, eran patrón, peón, aparcero, arrendatario y medianero. A los aparceros, por ejemplo, el dueño de la finca les cedía un terreno para ganado, cultivos o cualquier otra actividad, y el producto de ese trabajo se repartía proporcionalmente entre las partes. Ese era el tipo de contrato que tenía Siervo Joya en la novela. Marco Antonio, el administrador, relata con precisión y detalle cómo funcionaba en la práctica ese tipo de contrato:
—Se pagaba el arriendo a través de una obligación. Si el aparcero tenía una hectárea de tierra para sembrar maíz, sembrar tabaco, tener una vaca, tener unas cabras, entonces tenía que pagar dos días de obligación a la hacienda. Es decir, llegaba a la hacienda y lo llamaban a lista para ir a otros predios, por ejemplo, a sembrar papa, yuca o tabaco. Ese trabajo era para que le entrara una ganancia a la hacienda.
Incluso las mujeres de los aparceros tenían que ir a la hacienda dos o tres días a la semana para cocinarles a los ochocientos peones. Un diálogo de Siervo y su mujer, en la obra de Caballero, es el reflejo de esas obligaciones adquiridas:
—¡Eso qué! Me dieron el parchecito de tierra en arriendo, por cuatro jornales en el mes, que pagaré en los primeros días de la segunda semana.—¿Y no podremos sembrar tabaco por nosotros? ¿No les dijo que quería sembrarlo?—Dicen que no se puede. Quieren que siembre este maíz que me dieron, y la mitad será para la hacienda…
Bajo ese modelo social desventajoso para el más pobre, Siervo Joya luchaba por conseguir el dinero para hacerse propietario del pequeño terruño donde había nacido y muerto su mamá. Al Siervo de la ficción le pasaron muchas cosas que no vivió el Siervo de la realidad, porque, como ya lo hemos demostrado, no hay duda alguna de que fue un hombre de carne y hueso, tal y como lo demuestra la historia y lo hace visible una fotografía que, además de ser portada de algunas ediciones de la novela, cuelga de las paredes de la hacienda donde Eduardo Caballero le rindió tributo a sus amigos campesinos de toda la vida.
Allí también cuelga la fotografía de la comadre Santos, madrina y partera de muchos tipacoques, y que se convirtió en comadre del escritor cuando amadrinó a sus hijos Luis y Antonio. Misiá Santos, como aparece nombrada en la novela, también fue madrina en la ficción del hijo de Tránsito y Siervo.
Aunque Beatriz Caballero conoció a muchos personajes del pueblo, no recuerda a Siervo, pero sí lo que decían de él:
—Siervo Joya con su nombre completo es un ser real, pero papá le acomodó un montón de cosas de ficción. Eso lo vine a entender después. Mamá le decía: tú le achacaste a Siervo todos los problemas de todos los tipacoques. O sea, hizo un personaje como se hace la ficción: coges el aspecto del uno, una característica del otro, y otra del otro…
La foto y el terruño por el que luchó el Siervo Joya real son dos pruebas irrefutables de su existencia. Para llegar hasta su terreno, a un rincón conocido como La Vega del Pozo, hay que bajar de lo más alto de la montaña hasta la orilla del río Chicamocha. Es una zona seca y escarpada, más apta para las cabras que para los hombres. Aun así, Siervo amaba esa raíz, la tierra que lo vio nacer.
Yo nací un tirito más lejos, más abajo, en la misma orillita del Chicamocha, al pie de la peña morada, en un sitio que llaman La Vega del Pozo, todo eso pertenece a los patrones de la casa, al lado de un desfiladero y con el agua lejos.
Camino a ese lugar, en un jeep alquilado, vi más cabras que hombres y la razón parece sencilla: no es fácil imaginar que allí se pueda cultivar y vivir. Lo cierto en la ficción es que a Siervo y a Tránsito no les preocupaba la aridez del terreno, sino el sueño de poseer un pedazo de tierra.
Siervo adoraba su rinconcito de La Vega, aunque las malas lenguas dijeran que era un erial que sólo servía para que triscaran las cabras y se asolearan las culebras.
La tercera prueba de la existencia de Siervo, su apellido, se hace visible a un costado de la hacienda, donde hay una sede judicial. Allí trabaja Marina Joya, sobrina nieta de Siervo. Es una mujer muy tímida y de pocas palabras que perdió el contacto con muchos de los integrantes del clan de los Joya de Tipacoque. Lo que sí tiene claro es su árbol genealógico que la une al protagonista de la novela.
—Mi padre era Helio Joya Gómez —explica Marina—, le digo era porque él falleció hace treinta años. Él era hijo de Francisco Joya, y Francisco Joya, a su vez, era hermano de Siervo Joya, es la relación que tenemos con él.
Marina tiene la certeza de que, si Siervo murió sin tierra, sus hijos sí la consiguieron, por eso agrega:
—A sus hijos siempre les quedó un terruño que está ubicado en un sitio, que lo conozco muy bien porque yo nací en el campo. Es un sitio que se llama El Bosque… Entonces, finalmente, a pesar de que Siervo no hubiera podido disfrutar de ese terreno, sí lo hicieron sus hijos.
Siervo soñaba con la tierra y cuando estuvo a punto de tenerla se le escapó de las manos. Su frustración viaja por las páginas de la novela cuando llega a la casa grande y piensa en toda la tierra que poseen sus dueños, mientras él no tiene ni un pedacito para sembrar un surco de maíz. Por más que trabajaba, por más que quisiera ahorrar para comprar una parcelita, las cuentas y el esfuerzo no le daban.
Cuatro días de jornal en el mes le daba Siervo a don Floro Dueñas por el agua, y otros tantos a la hacienda por el arriendo, de manera que le quedaban tres semanas libres y éstas las empleaba en arañar su pedregal con la vieja pica oxidada que le había dado el mayordomo.
En los días de la parcelación, y aunque en su pedacito soñado escaseaba el agua, Siervo se fue a donde los patrones a rogarles que se la vendieran. Su argumento era emocional.
Mi mamá nació ahí, en la orilla del río, entre ese pedregalón donde la pobre trabajó toda la vida. Ahí mismo clavó el pico cuando ya se cansó de servir a los patrones, o ellos se cansaron de que los sirviera. Yo me arrastré de niño por la vega, y conozco unita por una todas sus piedras.
El amor del escritor por los campesinos quedó registrado en este y en todos sus libros, en las caras de los amigos cuyas fotografías descansan en las paredes de la casa grande y en los espacios de la hacienda, marcados para la historia como sitios de encuentro de la comunidad.
Cuando, en la novela, el párroco llegó a casar a todos los que andaban juntos y en amores sin la bendición de Dios, la comadre Santos ya estaba predestinada.
A ti te han escogido todos para madrina, le dijo el cura.
Matrimonios como el de Siervo y Tránsito ocuparon en la ficción los espacios de la antigua iglesia de los agustinos que hace parte de la propiedad.
El gran patio que se abre frente a la casa y a un lado de la capilla, como una plazoleta que además estuviera enmarcada por las tapias de la huerta y las del solar de la alberca, estaba tan lleno de gente que no cabía un viviente más, según observaba Siervo.
Frente a la casa grande, en efecto, está la capilla, escenarios por igual de la ficción y de la realidad. En un libro de remembranzas que hizo Beatriz Caballero, una fotografía nos lleva a esos tiempos. Su padre está asomado al balcón y descansa los brazos sobre el madero. Observa una ceremonia religiosa que el sacerdote oficia desde la puerta de la pequeña capilla porque el espacio interior no da para la multitud presente.
¡Ah vida esta, mana Tránsito! ¡Conque se quedó en fin de cuentas mano Siervo sin tierra!
Ironías de la vida…"










