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| 11/18/2017 10:15:00 PM

La Revolución rusa y los artistas

La conflictiva y trágica relación entre los dirigentes comunistas y los intelectuales en la Unión Soviética.

Luis Fernando Afanador expone los comunistas e intelectuales de la Unión Soviética Tzvetan Todorov, uno de los mayores intelectuales del último medio siglo.

Tzvetan Todorov
El triunfo del artista
Galaxia Gutemberg, 2017
202 páginas

El comunismo cayó, pero la Revolución rusa no ha perdido interés. Fue uno de los acontecimientos más influyentes del siglo XX y, no obstante su desprestigio, nos sigue dando luces sobre la experiencia totalitaria. A 100 años de aquellos días de octubre que según el periodista norteamericano John Reed “estremecieron al mundo”, vale la pena volver sobre ella. Y desde una perspectiva fascinante: la trágica y tormentosa relación que sus dirigentes tuvieron con los artistas. Mejor aún si es de la mano de Tzvetan Todorov, un gran conocedor de “la arquitectura” de las obras de arte, víctima y estudioso del totalitarismo, rusófilo por herencia de su padre y un ensayista riguroso y claro, aunque mejor escritor después de haber dejado atrás sus veleidades estructuralistas con Roland Barthes. Triunfo del artista se titula el libro (por cierto, póstumo). ¿Cuál ‘triunfo del artista’ si lo que hemos oído son fusilamientos, cárceles, deportaciones, censuras y amenazas? Un título provocador es ya un buen comienzo.

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Artistas como Diáguilev, Stravinski, Rajmáninov, Kandinski y Chagall alcanzaron a huir de Rusia. Y no se equivocaron. Muy pronto, los dirigentes comunistas dejaron ver cómo iba a ser el asunto. Lenin le dice a Stalin: “Limpiaremos a Rusia por mucho tiempo… Todos estos enemigos… Fuera de Rusia… Detener a varios cientos sin ningún motivo: ¡váyanse, señores!... Tenemos que limpiar rápidamente”. Trotski, en Pravda, el periódico del partido, pide medidas más severas contra los intelectuales: “Dictadura, ¿dónde está tu látigo?”. ¿Por qué, entonces, se quedaron Bunin, Mayakoski, Meyerhold, Blok, Pasternak, Mandelstam, Babel, Bulgákov, Shostakovich, Eisenstein y Malévich? Porque tenían una idea revolucionaria del arte y creían que su espacio natural era la revolución. “El pueblo es presa de la música de la revolución… ¡escuchad, escuchad la música de la revolución!”, escribió Blok. Muy tarde, los que se quedaron esperando hasta último momento que las cosas podrían cambiar se dieron cuenta de su craso error: la revolución artística no tiene nada que ver con la revolución social. A los dirigentes no les interesaba un arte vanguardista, sino uno conservador y preferiblemente dirigido. “El comunismo es maravilloso, pero los comunistas son terribles”, alcanzó a decir la poeta Marina Tsvietáieva, quien se había ido de Rusia (Unión Soviética) y tuvo que regresar por razones personales.

Todorov en su libro abarca el periodo histórico que va desde la Revolución de Octubre, en 1917, hasta 1941, cuando la Unión Soviética entra en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hace un antes y un después con los creadores. Nos cuenta qué idea tenían ellos de la revolución antes de 1917 y luego, la relación que establecen con los dirigentes una vez que la revolución ha tenido lugar. Dos escenarios completamente distintos.

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Antes de la Primera Guerra Mundial, Mayakosvski pertenece al movimiento futurista, que rechaza las formas artísticas vigentes y por eso simpatiza con quienes quieren cambiar la sociedad. Pero, en plena revolución, Trotski no parece coincidir con él: “El individualismo revolucionario de Mayakovski ha desembocado con entusiasmo en la revolución proletaria, pero no se ha mezclado con ella. Sus sentimientos subconscientes… no son los de un obrero, sino los de un bohemio”. A principios de 1914, Málevich –a quien Todorov le dedica la mayor parte de su libro– descubre que la pintura es autónoma de la realidad y no tiene necesidad de objetos, que es un problema solo de formas, colores y composición. Descubre, nada menos, la pintura no figurativa, la pintura ‘pura’. En 1924, Bujarin, “el discípulo favorito” del partido, a propósito de una exposición de Málevich, condena su arte abstracto “por su ausencia de contenido y su forma arbitraria”. Algo parecido les ocurrirá al resto de los artistas, quienes a pesar del doblegamiento, el maltrato y el desprecio, seguirán aferrados a la palabra “revolución”. ¿Por qué? Porque a pesar de las evidencias, esa palabra “conquistó no solo ciudades, sino pueblos enteros”.

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