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| 6/16/2018 7:00:00 PM

¿Por qué leer a los escritores rusos?

Sus reflexiones sobre el pensamiento, el hombre y la sociedad hacen de sus obras un repertorio imperdible. Sus libros son referentes de la literatura universal.

¿Por qué leer a los escritores rusos? ¿Por qué leer a los escritores rusos?

Rusia arrasa un campeonato mundial desde hace siglos. En ese equipo de la literatura del país más extenso del mundo militan, entre otros muchos, Fiódor Dostoievski, León Tolstói, Antón Chéjov, Nikolái Gógol y Alexandr Pushkin.

Esos inigualables escritores dejaron obras que llegaron a ser hitos universales y referencia obligada para cualquier lector y escritor. No en vano, el nobel Octavio Paz aseguró que si se pudiera hablar de una literatura universal, sería la rusa: condensa historias de amor, de guerra, reflexiones sobre la humanidad, meditaciones sobre lo terrenal y lo divino; temas que narran la naturaleza del hombre y del mundo.

Los escritores rusos tienen características particulares: su literatura es profunda y reflexiva; se preocupan por el pensamiento y por las consecuencias de las acciones. Por eso, cuando Iván Karamázov conversa con su hermano menor en uno de los diálogos más significativos de la obra de Dostoievski de 1880, dice: “Si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo”. Esta historia, que cuenta las culpas de una familia por la muerte de su padre, es una de las obras más importantes de la literatura universal, necesaria para entender los dilemas éticos y morales de la Rusia del siglo XIX.

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Escuche este podcast sobre la literatura rusa:

“Los personajes de la novela rusa representan algo más que ellos mismos”, sentenció el novelista y crítico inglés E. M. Forster, quien dijo que esta es una de las grandes diferencias de la literatura de ese país con otras. Por eso Iván Ilych (de La muerte de Iván Ilych), Alekséi Ivánovich (de El jugador), o Raskólnikov (de Crimen y castigo) revelan fuerza o fragilidad en las luchas espirituales. Bien lo dijo Virginia Woolf: “Son las pulsaciones del alma las que interesan de la novela rusa; el alma es el protagonista verdadero”.

La fama de los rusos creció porque son diferentes. No había en el mundo una producción literaria semejante. Y no era para menos, pues su cultura se nutrió de Bizancio, y de Grecia tomó la escritura. Los rusos se preocuparon por mostrar la unidad de su pueblo en los cuarteles, en las familias y hasta en los burdeles. Y también demostraron que abandonar sus comunidades terminaba en suicidio, locura o en una desgracia absoluta.

Los escritores retrataron la esclavitud y pugnaron por su abolición: denunciaron con dolor cómo sometedores y sometidos hacían parte de un mismo pueblo. Enfrentaron el nacionalismo con ideas e hicieron de la fe un modo de contar su historia. Según Anastasia Belousova, Ph. D. en literatura rusa y profesora de la Universidad Nacional, el tema del amor es uno de los más importantes: “Encierra un contraste entre el amor carnal y el amor espiritual, cristiano, que muchas veces no implica el amor entre el hombre y la mujer, sino una característica abstracta, muy presente en la filosofía y en la literatura rusa del siglo XIX”.

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La enormidad de Rusia no solo es geográfica, 17 millones de kilómetros cuadrados de superficie, sino también intelectual y literaria y abarca casi diez siglos. Primero vinieron las leyendas históricas del siglo XI, que relataban las hazañas de héroes épicos; les siguieron los descubrimientos con la literatura de viajes en el XV y los libros eclesiásticos en el XVI, que llegaron gracias a la imprenta en 1553.

Ya en el siglo XVIII, a la par de la Ilustración en Europa, los rusos empezaron a mirar a Occidente. Produjeron más libros, Pedro I de Rusia reformó el alfabeto para hacer más accesible la lectura, y el conocimiento y la razón dominaron la escritura. Pero en el siglo XIX aparecieron los grandes exponentes de lo que se llamó la Edad de Plata de la literatura rusa. Años más tarde los escritores retrataron el contexto social y político de la Unión Soviética, marcada por la censura: solo era posible publicar con previa autorización estatal, y el comunismo obligaba a que los temas exaltaran la vida en conjunto y la equidad social.

A diferencia de otras literaturas como la inglesa o la castellana, la rusa puso su foco en los éxitos y fracasos del país y en la representación de los modelos de vida en las épocas más importantes. Por eso su tradición literaria se mantiene. Y según Susana Rico, filóloga de la Universidad Estatal de Voronezh (Rusia), “esto se logra gracias a la precisión que ofrece el idioma, que es, a su vez, reflejo de las tradiciones y de los procesos históricos, que de otra manera no podrían ser comprendidos”. 

La ausencia de las mujeres en literatura rusa resulta llamativa. Y se explica, quizás, en que en la época de la literatura clásica, ellas debían dedicarse mayoritariamente a ser amas de casa y no recibían educación. Mientras tanto, aquellas que pertenecían a la aristocracia mostraban interés por la literatura francesa, inglesa o alemana. Escribir no estaba en sus planes.

Entre los nombres que pasaron a la historia están Alexandr Pushkin (1799-1837), el gran poeta que dio un giro al lenguaje literario de su país; Nikolái Gógol (1809-1852), uno de los primeros dramaturgos clásicos y fanático religioso; y Fiódor Dostoievski (1821-1881), el mayor representante del realismo psicológico ruso. También León Tolstói (1828-1910), el clásico ruso por excelencia; Antón Chéjov (1860-1904), el dramaturgo más importante del siglo XX; Vladimir Nabokov (1899-1977), un maestro de la novela que escribió tanto en ruso como en inglés; y Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008), premio nobel de literatura en 1970.

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El pensamiento ruso, sus estilos y maneras de retratar la sociedad inspiraron a muchos: Friedrich Nietzsche decía que Dostoievski era “uno de los accidentes más felices de su vida”, y José Ortega y Gasset escribió que el ruso se instaló “en lo más alto”. Las ideas de Tolstói tuvieron un gran impacto en los discursos de Gandhi y Martin Luther King. Y la poesía de Pushkin influyó en la obra de grandes compositores como Tchaikovsky y Músorgski. Pero también tiene un impacto global: Guerra y paz, la novela de 1.300 páginas escritas por Tolstói –para el tiempo de su escritura el número de páginas representaba más dinero para el autor– se ubica entre los 100 libros más vendidos con 36 millones de copias.

Actualmente, el panorama literario ruso explora géneros más diversos y trata temas más universales: abunda la poesía, clama el regreso a la tierra y a las raíces, evoca la Gran Guerra Patria (contra los nazis) e incluso aborda ficciones posapocalípticas. Según la crítica, entre los nombres más destacados aparecen Zajár Prilepin, Eduard Limonov, Liudmila Petrushévskaia y Victor Pelevin. Sus obras cargan con un legado de realismo y sensibilidad irrefutable.

Además de los ya mencionados, libros como Ana Karenina, Almas muertas, El idiota, Las tres hermanas o La hija del capitán son clásicos porque, según Ítalo Calvino, siempre se vuelve a ellos. Se siguen traduciendo y publicando, las facultades de literatura del mundo los tienen como imprescindibles, los lectores curiosos buscan algún modo de acercarse a ellos y su nombre está de algún modo en el imaginario popular. Pero hay que leerlos, sobre todo, porque “nunca terminan de decir lo que tienen para decir”.

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