En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, Daniel Habif y Anyha Ruiz presentaron El amor no se ruega, se riega, un libro escrito a dos voces que se aleja del tono de manual para instalarse en el terreno del testimonio.
Ambos han construido una presencia significativa en el mundo del desarrollo personal y las conferencias motivacionales, con una comunidad de cerca de 30 millones de seguidores en redes sociales que consumen sus reflexiones sobre propósito, espiritualidad y relaciones. Habif, autor de títulos previos de crecimiento personal, se ha consolidado como una de las voces más visibles del género en América Latina, y Ruiz ha acompañado ese proceso desde una mirada más íntima y relacional. En conversación con SEMANA, la pareja abordó los retos de escribir juntos, las heridas que atraviesan el amor y las decisiones que sostienen una relación en un entorno marcado por la inmediatez.

Escribir en pareja
El origen de El amor no se ruega, se riega, cuenta la exitosa pareja, no responde a una estrategia editorial, sino a una acumulación de conversaciones pendientes. Durante tres años, entre viajes –muchos de ellos por tierra–, ambos comenzaron a poner en palabras experiencias que hasta entonces habían permanecido dispersas.
La idea de escribir juntos surgió como una extensión natural de ese diálogo. “Fueron muchos momentos, entre ellos largas pláticas en carretera. Ahí empezó a gestarse. Más allá de que quisiéramos hacer algo como ‘vamos a hacer un libro juntos’, había muchas personas que me escribían sobre su matrimonio. Entonces, era como compartirlo, no como un manual ni como un ejemplo, sino como un testimonio”, cuenta Anyha.
El proceso, sin embargo, implicó mucho más que recordar. Ordenar la memoria exigió enfrentar emociones que tal vez no estaban resueltas, así como tomar decisiones sobre qué contar y cómo hacerlo sin afectar a terceros. “Hay que otorgarle el método, sentarte y estructurarlo. Eso implica escribir con hechos, con el corazón, con las experiencias de vida.
Fue complejo poder decantar todo eso, escogerlo, cuidar a otras personas y luego escribir. Una cosa es recordar y otra cosa es escribir lo recordado”.Para Anyha Ruiz, el ejercicio tuvo un efecto inesperado: reabrir conversaciones que en su momento no habían tenido lugar. “Había muchas pláticas que habíamos postergado y el libro las trajo de nuevo a la mesa. De repente era como: ‘¿De verdad te sentiste así? Yo lo viví así y nunca te lo pregunté’. No estábamos tan maduros para hablarlo en ese momento”, asegura Anyha.
Ese regreso al pasado no estuvo exento de incomodidad: “Hoy lo ves y entiendes por qué pasó, pero en ese momento puede ser enojo o dolor. Te das cuenta de que preguntarle al otro puede resolver un montón de cosas. A veces no haces la pregunta porque no quieres escuchar la respuesta”, menciona Daniel.

Amor propio, miedo y elecciones
Uno de los ejes centrales del libro es la idea de que el amor en pareja no puede sostenerse sin una base de amor propio. Lejos de una consigna repetida, ambos plantean que se trata de un ejercicio cotidiano que define la manera en que se elige y se permanece.
Daniel asegura que el amor “empieza cuando logras definir qué es para ti amarte. Muchas veces pensamos que el otro tiene la misma definición que nosotros. Esa compatibilidad de lenguaje es fundamental porque el otro puede estar dándote todo lo que sabe dar, pero en tu mundo eso se siente poco o vacío”.
Habif insiste en que el respeto personal es el punto de partida: “Para amarte tienes que respetarte, y la mayoría de las personas no se respetan. No cumplen sus acuerdos, se prometen cosas que no cumplen. Esa misma forma de ser se drena hacia otras áreas, incluso a la elección de pareja”.
Ruiz complementa esa mirada desde el origen de las historias personales: “Muchas veces llegamos al amor arrastrando cosas. Por eso es tan importante entender desde dónde vienes, cuál es tu lenguaje de amor y cómo te relacionas contigo mismo antes de querer amar a otro”.El miedo a amar aparece, entonces, como una consecuencia directa de esas historias.

Las experiencias familiares, tanto positivas como negativas, moldean las expectativas afectivas. “Sí, claro que hay miedo. Yo crecí con la idea de querer un hombre como mi abuelo. Mis papás estaban juntos, pero no era un matrimonio ideal. Entonces, vas construyendo una idea de lo que quieres”, afirma Ruiz.
Habif plantea el contraste desde su propia experiencia. “Llegas al amor con un lenguaje que no siempre es tuyo, sino el que aprendiste viendo a tus padres. Yo viví todo lo contrario a Anyha. Mi madre fue extraordinaria, pero el matrimonio de mis padres fue terrible. Eso también te marca”.Sin embargo, ambos coinciden en que el punto de quiebre está en la responsabilidad individual.
“Llega un punto en la vida en el que ya no puedes seguir culpando a tus padres. Tienes que hacerte responsable de tus decisiones. Es un acto subversivo pararte frente a tu personalidad y decir: ‘Voy a cambiar’”, dice Habif.
En ese proceso, aprender a elegir a una pareja antes que necesitarla se convierte en una decisión vital. “No hay nada más atractivo que una persona con mundo propio. Nadie puede salvarte de tus vacíos. Nadie te hace feliz. Esa es una responsabilidad personal”, confirma Ruiz.
Amar en tiempos de inmediatez
El libro dialoga también con un contexto en el que las relaciones parecen atravesadas por la superficialidad y la constante exposición en redes sociales. Para Habif, la diferencia entre enamoramiento y amor resulta fundamental en este escenario. “El enamoramiento tiene químicos, impulsos, dopamina. Hoy hay hipersexualización, redes sociales, aplicaciones. Es complejo. No tengo la respuesta, pero creo que tu propio decálogo de valores depura a muchas personas”.
El desafío, según plantea, pasa por la capacidad de posponer el deseo. “El gran reto es el dominio de la lujuria, saber posponer deseos. Entender que no todo el mundo está para satisfacerte”, asegura Daniel. Por su parte, Ruiz reconoce la dificultad, especialmente en un entorno que condiciona las formas de vincularse.

“Es complejo pero no imposible. No hay una receta. Lo que sí es cierto es que el entorno influye mucho, sobre todo en los jóvenes”, dice. En medio de esa dinámica, la manipulación emerge como una distorsión frecuente del vínculo afectivo, porque “siempre está presente. Muchas personas confunden manipulación con amor”, afirma Habif. Y continúa: “El manipulador sabe qué vacíos tienes y los usa para controlarte. Te minimiza, te hace perder tu identidad. Es algo muy complejo”.
Resistir en equipo
Uno de los aspectos más íntimos de El amor no se ruega, se riega es la forma como aborda los momentos de crisis. Los “abismos”, como los llaman, no son excepciones, sino pruebas inevitables en cualquier relación. “Vivimos momentos muy difíciles: problemas económicos, situaciones familiares, enfermedades. Hubo días en los que estábamos en una habitación sin saber si íbamos a salir adelante”, menciona Ruiz.
Lejos de idealizar esos episodios, Anyha describe el amor como una forma de resistencia: “Cada quien lloraba por su lado, pero cuando estábamos juntos era resistir. Amar es resistir bajo el agua”. Habif añade una dimensión menos visible, pero igual de determinante: “Más allá de la comunicación, es la comprensión. Acompañar al otro en silencio también es amar. A veces no se trata de sanar la herida, sino de salir juntos del abismo”.

En un escenario en el que muchas personas sienten desesperanza frente al amor, ambos reconocen el desencanto, pero no lo consideran definitivo. “El amor es una liturgia, requiere trabajo. Hay mucha resignación. Muchas veces no encuentras el amor porque ya lo tienes, pero estás distraído”. Y Ruiz insiste en una visión más constructiva: “Sí, hay desesperanza. También expectativas irreales. Pero el amor sí existe, se construye, se trabaja, se riega todos los días”.
