In Memoriam

Cómo Dolly Parton convirtió el artificio en talento artístico

Más allá de una imagen aparentemente superficial, esta genial artista y ejemplar persona dejó un legado artístico y humanitario sin par. Lo hizo, en gran parte, gracias a la astucia interpretativa con la que jugaba.

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Rosemary Overell * The Conversation
26 de agosto de 2026 a las 12:41 p. m.
Dolly Parton en el escenario del Dominion Theatre, el 29 de marzo de 1983 en Londres, Reino Unido.
Dolly Parton en el escenario del Dominion Theatre, el 29 de marzo de 1983 en Londres, Reino Unido. Foto: Pete Still/Redferns.

Esta mañana, echando un vistazo a los homenajes a Dolly Parton –desde el del Grand Ole Opry al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, pasando por los de influencers queer y otros–, me pregunté: ¿de verdad era ese su nombre real? Sí. La “Reina del Country”, que falleció esta madrugada a los 80 años, fue bautizada al nacer Dolly Rebecca Parton. Mi sorpresa ante la autenticidad de su nombre dice mucho de la contradicción que encierra la figura de Parton.

Porque… ¡menudo nombre! No era el diminutivo de un nombre serio, ni un nombre artístico, sino un nombre real que nos remite directamente a su imagen de celebridad tal y como era: arreglada, maquillada, un objeto con el que jugaba la industria del entretenimiento. Esto nos hace darnos cuenta de la astucia interpretativa con la que jugaba la propia artista. Su melena rubia se convirtió en una seña de identidad, al igual que su orgullo y su irreverencia irónica hacia su imagen “plástica”.

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Objeto de burla y sátira en ocasiones, esa imagen inicial de Dolly Parton –en entrevistas, parodias e incluso su propia marca– solía estar relacionada con su aparente “falsedad”. Su figura en el sentido más literal –pecho, rostro, pelo– era obviamente artificial. Y, a menudo, estos añadidos sintéticos a su cuerpo se trasladaban a la suposición de que ella misma era, si no falsa, al menos algo superficial.

Sin embargo, Parton parecía querer ir más allá. Su primer éxito en las listas de música country fue “Dumb Blonde (que en español significa “Rubia tonta”) en 1967.

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Jugando con la contradicción

El mismo año en que “Dumb Blonde” entró en las listas, lanzó su primer LP: Hello, I’m Dolly (“Hola, soy Dolly”). Esta inserción, posiblemente consciente, del sujeto (I am, “soy”) en un título musical tan familiar en los años sesenta (“Hello, Dolly”“) podría indicarnos un posicionamiento temprano de sí misma como ”Dolly”.

En un género en el que la aparente sinceridad es primordial –la canción country que encabezó las listas en su año de debut fue la convencionalmente sentimental “All the Time”, de Charles Greene—, Parton hizo del artificio su sello distintivo.

De nuevo, nos encontramos ante una contradicción. Ser falsa, adentrarse en los aspectos interpretativos sentimentales del género country, se convirtió en su verdadera firma: un rastro de su originalidad.

Por supuesto, la “sinceridad” de la música country –o de cualquier forma de música popular– es, podría decirse, espuria. Pero a finales de la década de 1960, con el auge del rock experimental, el pop de los poetas folk e incluso el Motown, la pretensión del country de hablar desde una posición auténtica era un argumento de venta, sobre todo para el público conservador.

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Pensemos en el country psicodélico de los Flying Burrito Brothers y los Byrds que irrumpió en la costa oeste estadounidense por aquella época. Su entrada en el Grand Ole Opry –legendario programa radiofónico y escenario de música country – se vio frustrada no solo por el comportamiento dudoso de algunos de sus miembros, como Gram Parsons y Chris Hillman, sino también porque las matriarcas de Nashville percibieron una especie de parodia en sus impecables interpretaciones del estilo country.

En cambio, Parton fue acogida en el seno del género. Su historia personal y sus raíces la convertían en un producto country auténtico y comercial. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneas, componía éxitos originales.

Estilo ‘rosa chillón y brillante’

Cantando a la tirolesa durante los años 70, Parton se abrió camino en el circuito country con la canción “Jolene, en 1974. Pero en la década de los 80, con su ascenso como estrella de cine y figura imprescindible en los medios de entretenimiento, la artista comenzó a jugar en serio con la dinámica entre lo real y lo falso.

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Su talento interpretativo y su ingenio también se consideraban más que creíbles, en contraste con su “aspecto físico”. En su reseña de la película Cómo eliminar a su jefe, de 1980, el crítico cinematográfico Roger Ebert escribió con asombro que Parton “apenas parece existir como ser sexual” en la película. Más bien, es su “exuberancia natural y espontánea” lo que la convierte en la estrella.

De manera implícita (y la crítica de Ebert era representativa), su cuerpo excesivamente femenino contrastaba con su talento, su profundidad y (de nuevo, según Ebert) su “presencia”. Curiosamente, para Ebert, la única forma de explicar tal capacidad era insinuar una falta de inteligencia: un talento natural, sin formar, auténtico.

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La feminidad consciente y artificiosa de Dolly también la impulsó a convertirse en un icono para el público queer. A pesar de su firme heterosexualidad (estuvo casada con el mismo hombre durante casi 60 años), su rechazo al feminismo y su continuo atractivo para el público conservador del country, también se convirtió sin reservas en la “Madre” de muchas personas LGBTIQ.

En un artículo de 2021, el sociólogo Cory Albertson analizó cómo el estilo exagerado de Dolly, “rosa chillón y brillante”, fue crucial para muchas personas que se estaban abriendo camino y saliendo del armario en las décadas de 1990 y 2000.

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La valoración de Ebert de que Dolly carecía curiosamente de atractivo sexual en la pantalla nos recuerda que podemos pensar en ella –una vez más– como una figura que juega con los cuerpos “sexualizados”, en lugar de ser ella misma un cuerpo (auténticamente) sexualizado.

Cuando Parton se autodenominó la “Backwood Barbie” (que podría traducirse por “Barbie de los bosques”) en una entrevista de 2013 en 60 Minutes, su ocurrencia se refería a la vez a la realidad (nació en la pobreza) y a la fachada de ser, bueno, “Dolly”.

Al ver la entrevista esta mañana, entendí mal su comentario y creí que había dicho “Backwards Barbie” (“Barbie invertida”). Me gusta más así. Al exagerar su figura, su aspecto como muñeca icónica, invirtió el juguete de la “rubia ideal”. Las inversiones también son queerizaciones. Creo que quizá ella hubiese apreciado mi error.

*Senior Lecturer in Communication Studies, University of Otago.

This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.