El calendario de exposiciones que presenta el Banco de la República en las salas de la Biblioteca Luis Angel Arango incluye presentaciones excelentes organizadas en el exterior que nos han permitido apreciar trabajos plásticos de primer orden y comprender las prioridades artísticas de culturas diferentes a la colombiana. Las muestras nacionales que presenta la entidad, en cambio, dejan mucho que desear en materia de conformación, sustentación teórica y propósitos. Tal es el caso especialmente de las exposiciones del arte más reciente, algunas de las cuales han sido cuestionadas inclusive por los más acérrimos propagandistas de la subgerencia cultural de la entidad. Sería difícil señalar exposiciones más gratuitas y desatinadas en relación con los designios del arte de estos tiempos que las denominadas Nuevos Nombres, tanto que se puede afirmar sin temor a exagerar que estas muestras, más que divulgar obras sobresalientes de jóvenes creadores del país, ponen de presente el envejecimiento conceptual del comité asesor del banco, el cual no ha podido comprender que organizar exposiciones con base en la novedad de las obras o en el desconocimiento del nombre de los artistas resulta hoy totalmente inapropiado: un rezago del tardo-modernismo que caracterizaba a la actividad plástica de los 70. Tampoco tiene sentido que la curaduría de estas muestras se comisione a galeristas o a profesores de pintura puesto que en ambos casos existen intereses creados que interfieren en sus planteamientos. Si las exposiciones de los galeristas no pueden esconder el ánimo comercial de sus gestores, las exposiciones curadas por pintores tampoco pueden ocultar la intención de validar, a través de las obras incluidas, las defini-ciones de sus propias obras. La culpa de la mediocridad de estas exposiciones no radica, pues, en los artistas, sino en sus parámetros y en la falta de un raciocinio conceptual que justifique su presentación conjunta. En las dos últimas exposiciones de esta serie, por ejemplo, se han mostrado algunas obras en las cuales asoman consideraciones promisorias, como las de Beatriz Olano y Ricardo González, pero mientras el trabajo de la primera se asfixiaba dentro de la incoherencia del contexto en que se presentó, la instalación del segundo se pierde entre pinturas que ponen de presente una desinformación y una extemporaneidad asombrosas. Baste comentar que entre los señalamientos sexuales con que participa la mayoría de los expositores se desconoce la aparición del sida y el cambio de comportamiento que el virus impuso en la sociedad contemporánea. Es un desperdicio que la única entidad que cuenta con recursos suficientes para presentar exposiciones notables en Colombia no asuma la responsabilidad de marcar las pautas pertinentes y difundir con convicción y con los argumentos adecuados la producción de los artistas del país. Tal pareciera que para que una exposición de arte nacional con alguna dignidad pueda abrirse paso en la biblioteca tuviera que incluir bien las obras de los miembros del comité asesor, o bien las de artistas octogenarios que no impliquen una competencia para quienes manipulan el calendario cultural del banco. Entre el grafismo y la fotografía Evolución de prioridades en la obra de Catalina Mejía. En la galería El Museo tiene lugar una exposición de la artista bogotana Catalina Mejía, cuyos lienzos _a pesar de incluir elementos reconocibles e inclusive detalles de un realismo sorprendente_ no podrían considerarse bajo los parámetros tradicionales de la pintura figurativa. Las representaciones en cada una de sus obras no implican un mensaje lineal ni tienen la intención emblemática reconocible en buena parte de la más reciente pintura colombiana, sino que dan la sensación de haber surgido de procesos mentales independientes, de vivencias distintas que se unifican finalmente en una propuesta plástica cohesionada solo en virtud de la voluntad y la visión de la pintora. Son trabajos que siguen estrechamente vinculados con la fotografía, cuya evocación imponen por la circunscripción de la mayoría de las obras al blanco y negro, así como por las calidades que hacen manifiestas. En algunos casos hasta permiten identificar los efectos característicos de algunos materiales fotográficos. Pero son trabajos que han incrementado su dosis de grafismo reiterando, por una parte, el impulso lúdico que ya era reconocible en sus obras anteriores a través de los juguetes, y por otra parte, induciendo a reconocerle más protagonismo a la espontaneidad y la intuición _no sólo a la memoria_ entre los principales componentes de su obra. Las nuevas pinturas de Catalina Mejía patentizan un cambio de énfasis en relación con sus trabajos anteriores puesto que son más sueltas, menos restringidas, y esta creciente libertad que les permite remitirnos lo mismo a los recuerdos que al azar, testimonia una incipiente evolución en sus prioridades expresivas.









