Parecía que su destino sería el de caricaturista, por allá en los años 40, cuando llegó a Bogotá a instalarse en el Café Automático para sobrevivir a punta de trazos humorísticos. Su principal inspirador había sido ese mago del lápiz y la tinta llamado Ricardo Rendón, cuyo libro de caricaturas llegó un día a sus manos gracias a un prodigioso regalo de su tío. Y entonces decidió seguirle las huellas, publicando en los diarios nacionales y en la revista SEMANA. Pero el futuro le tenía preparadas varias sorpresas. De hecho, sus caricaturas ya coqueteaban con lo que en el oficio de pintor sería su verdadera pasión: la geometría. Su primera exposición la inauguró en la Biblioteca Nacional en junio de 1948, pero sus obras estaban muy distanciadas de su propósito esencial: demostrar que, lejos de ser rígidas y aburridas, las formas geométricas eran más bien formas encantadas a las que tocaba despertarles el alma para que comenzaran a tener vida propia. Muchos años habría de demorar la tarea. Empezando porque a su corta edad sentía la necesidad de abordar el mundo, de recorrerlo y sentirlo hasta que se le pegara a su piel. Se propuso recorrer Suramérica y su paso por el Amazonas le abrió las puertas a la magia. Descubrió en el arte indígena el sentido que luego plasmaría en su obra, en sus armoniosos grabados colmados de volumen, en sus trenzas plegadas y fluyentes como bandas de Moebius. Sólo le hacía falta madurar en la técnica, y entonces viajó a México, donde conoció a quien se iría a convertir en uno de sus grandes amigos: el pintor José Luis Cuevas. Estudió grabado y pintura, y mientras se devanaba los sesos en la idea de inventar su propio lenguaje geométrico, su obra empezó a ser reconocida. Su búsqueda había comenzado por fin a dar los frutos de una cosecha que hoy, a sus 70 años recién cumplidos, no ha terminado de recogerse. Más de 6.500 obras, cientos de exposiciones en Colombia y en el exterior, y un museo que lleva su nombre en Roldanillo, su pueblo natal, son su legado. Sin embargo, la herencia más profunda del maestro en sus 50 años dedicados al arte, es la maravilla óptica de sus figuras geométricas, sus intaglios fascinantes y sus volúmenes mágicos calculados con insinuantes sombras capaces de engañar al ojo una y otra vez; sus laberintos enigmáticos y esos nudos indesatables que sirven de alimento a la imaginación. "Soy humorista, para que se rían las retinas", dijo alguna vez en relación con su trabajo 'Papeles heridos', una serie de objetos cotidianos grabados en blanco que lloran gotas de tinta roja. Y no se ha traicionado. Su prolífica obra es ante todo un juego de seducción entre la imagen y el ojo, un juego en el que, en última instancia, nunca se sabe quién es el ganador.









