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El infiltrado

Con una cámara oculta, un periodista español ha logrado introducirse y conocer a fondo los submundos más escabrosos.

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23 de mayo de 2004, 12:00 a. m.

Antonio Salas sabe muy bien que en su trabajo no hay segundas oportunidades. Cada minuto corre el peligro de que alguien descubra su cámara oculta, y si eso llegara a ocurrir sería el fin de su objetivo. En el mejor de los casos, porque incluso puede significarle la muerte. Sin embargo no solo el aparato puede delatarlo sino también un gesto, una palabra inapropiada, una vestimenta poco adecuada. Por temporadas él ha sido desde neonazi hasta traficante de mujeres. Pero nunca ha dejado de ser periodista encubierto. Por eso Salas es sólo el seudónimo con el que este español firma sus libros.

Sus trabajos más recientes , Diario de un Skin, un topo en el movimiento neonazi español (2003) y El año que trafiqué con mujeres (2004) han levantado ampolla en España por sus revelaciones. Su estilo recuerda al de Günter Wallraff, símbolo del periodismo de infiltración. Este autor alemán se hizo pasar por turco durante dos años para demostrar en su libro Cabeza de turco el abuso al que estos ciudadanos eran sometidos en Alemania. Durante un año Antonio se convirtió en un cabeza rapada de dos de los grupos neonazis de mayor fuerza en el mundo: Hammerskin y Blood & Honour.

Infiltrarse en uno de los movimientos más extremistas, excluyentes y violentos que existen no fue tarea fácil. Lo primero que hizo fue documentarse en organizaciones antixenófobas; incluso tuvo contacto con el servicio secreto israelí, el Mossad. Ya con parte de la teoría empezó a intentar participar en los chats de estos grupos. En un principio no lo consiguió pues los neonazis manejan códigos y claves reservadas a ellos. "Cuando alguien me decía 88 yo respondía con cualquier número, como 96, y de inmediato me excluían. Lo mismo me sucedía cuando me hablaban de las 14 palabras. Obviamente no tenía ni idea de lo que me estaban preguntando", contó a SEMANA Salas.

Por ello empezó a empaparse de su ideología. Mi lucha, de Adolfo Hitler, se convirtió en su libro de cabecera y pronto entendió que las 14 palabras son "Debemos asegurar la existencia de nuestra raza y el futuro para los niños blancos", del ideólogo racista David Lane, y que 88 es un saludo pues hace referencia a la octava letra del abecedario repetida: 'HH', es decir, heil Hitler. Sabiendo esto se convirtió en Tiger88. Se rapó, se dedicó a agrandar sus músculos y se puso el atuendo típico de un skinhead: una bomber o chaqueta negra abullonada, donde ocultaba la cámara, y una botas DocMartins con punta de acero. Solía visitar las librerías especializadas en el tema nazi, en las que actuaba de forma agresiva, tumbando los mostradores, para que se familiarizaran con su cara. "Pero lo peor es el disfraz sicológico. Para desarrollar facetas del personaje, como el racismo, hay que buscar 'muletas sicológicas'. Yo recordaba a una novia que me dejó para casarse con un cubano de raza negra y me la imaginaba con él cada vez que nos cruzábamos con un negro. Eso hacía que mis reacciones parecieran las de un racista". Cuando estuvo preparado pasó de la virtualidad del chat a la realidad y poco a poco fue admitido.

"El valor de su investigación es que por primera vez un periodista se introduce por completo en estas tribus urbanas hasta llegar a sus líderes, a pesar del peligro. El libro abrió los ojos de muchas personas pues demuestra que el neonazismo no es un asunto de cuatro chavales sino un movimiento organizado, con redes internacionales y financiado por empresarios importantes como algunos directivos de equipos de fútbol", explicó a SEMANA Agustín Pery, redactor jefe de fin de semana de El Mundo, quien conoce y ha reseñado la obra de Salas.

Como cabeza rapada sus actividades iban desde beber con su grupo, escribir grafitos, ir a partidos de fútbol, a mítines políticos ultraderechistas, hasta participar en cacerías humanas. Antonio nunca olvidará la primera paliza que presenció. Iba con un grupo de siete compañeros de Ultrassur, una de las barras bravas del Real Madrid, por los alrededores del estadio Santiago Bernabeu. Tres turistas franceses cometieron el error de pasar por el lugar, y lo peor es que uno de ellos era negro. Uno de los camaradas de Antonio le lanzó al francés una lata de Coca-cola a la cabeza y lo dejó en el suelo inconsciente. Luego todos se le fueron encima a descargarle su ira en el cuerpo. "Me dieron ganas de ayudarlo y luego de huir, pero también me hubieran atacado, se habrían dado cuenta de que tenía una cámara y ese sería el fin. Sólo pude grabar la escena y sentirme impotente", cuenta Antonio, que asegura nunca haber participado directamente en uno de estos actos. "Llego hasta el límite del delito, pero no lo cruzo. o al menos nunca se ha probado que lo crucé", dice. El joven francés fue llevado a un hospital. No todas las víctimas tienen esa suerte pues golpes "mal dados" han acabado con muchas vidas.

Un día, cuando Antonio se disponía a encontrarse con sus compañeros en el estadio, recibió la llamada de un amigo policía. Le advirtió que uno de sus superiores de la institución lo había delatado y que esa noche los neonazis lo esperaban para darle una golpiza. El aviso no sólo le salvó la vida sino que le enseñó a no confiar en nadie y proteger más su identidad.

En enero lanzó El año que trafiqué con mujeres, producto de su última investigación, en la que se deshizo del personaje Tiger88 para convertirse en Toni, un propietario de burdeles en Marbella. Así llegó a negociar la compra de seis vírgenes mexicanas de 13 años a un precio de 25.000 dólares cada una. Gracias a que Antonio grabó todo el proceso, la justicia de Chiapas, en México, empezó una investigación al respecto.

Su trabajo también ayudó a acabar con una red de tráfico de mujeres. Todo empezó cuando conoció a Susy, una joven nigeriana que ejercía la prostitución en Murcia. Antonio fue testigo de las técnicas de opresión que sobre ella ejercía su proxeneta, un ex boxeador nigeriano y traficante de drogas llamado Sunny: "Vi cómo preparaban un cargamento de chicas africanas para traerlas a Europa. El primer paso es llevarlas al brujo de la tribu, que las somete a espeluznantes rituales de vudú, tomando vellos de su pubis, sangre, uñas, piel y elaborando un fetiche llamado body que quedará en manos del proxeneta y que representa el alma de la joven. Por esa creencia ellas no se atreven a denunciarlos a la policía". Antonio negoció con Sunny la compra de la nigeriana y de su hijo de dos años por 17.000 dólares. Luego les entregó a las autoridades la cinta, que sirvió de prueba para atrapar al traficante y a 17 miembros de la red.

Sus investigaciones también han sido utilizadas para la elaboración de documentales transmitidos por la cadena Telecinco de España, y recientemente se terminó el rodaje de la película basada en Diario de un skin. Sin embargo, Antonio sabe muy bien la diferencia entre una película y su trabajo: "Como periodista infiltrado soy como un actor, sólo que en el caso de cometer un error nadie dice 'corten' para repetir la escena".


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