La minería responsable sí es posible

Pese a los temores, en el mundo hay ejemplos que muestran que la extracción minera se puede hacer de manera sustentable. AngloGold Ashanti quiere demostrarlo en Colombia con su mina Quebradona, en Jericó. *


La minería es una de las actividades más antiguas de la humanidad y de las más indispensables en la vida del ser humano. El desarrollo de todas las culturas de la historia no habría sido posible sin la explotación de minerales. El oro, la plata y otros elementos fueron fundamentales para la aparición del comercio y aun hoy lo siguen siendo.

El bronce (una aleación de cobre y zinc) y el hierro han sido la base de las distintas revoluciones industriales y tecnológicas desde la antigüedad hasta nuestros días. Hoy, cada uno de los aspectos de nuestro diario vivir guarda una estrecha relación con la minería. Desde unos simples aretes, pasando por productos como celulares y computadores, hasta aquellos necesarios para la revolución de la energía verde, absolutamente todos necesitan de los minerales.

Sin embargo, hoy existe sobre esa actividad una percepción negativa en una parte de la opinión pública. Las razones son muchas, pero hay tres primordiales que alimentan esa aversión. La primera tiene que ver con que cuando se nombra la minería, la gente recuerda ejemplos históricos, hasta de varios siglos atrás, de malas experiencias. La segunda se debe al desconocimiento generalizado sobre el tema. Y la última se relaciona con los gigantescos daños que ha hecho la extracción ilegal en los países en vías de desarrollo.

Todos esos imaginarios han creado la idea de que esta actividad es la depredadora del medioambiente, pero la realidad no es así. En América Latina se habla sobre cómo la minería causó la destrucción de miles de hectáreas de selva. Una afirmación cierta, pero que corresponde a hechos ocurridos hace más de un siglo, cuando no existía una conciencia en las empresas sobre su responsabilidad con el ambiente y con las comunidades, ni una regulación como la que hoy cobija a las distintas actividades económicas. Por otro lado, también es cierto que la expansión de la frontera agrícola y ganadera y la colonización y urbanización, en ocasiones, generaron daños ambientales, incluso mayores a los de la actividad minera.

Otro de los grandes temores hacia la minería es el relacionado con la posible contaminación del agua y la desaparición de sus fuentes. Al respecto, vale la pena comentar que todas las actividades humanas tienen algún tipo de afectación sobre el agua, pero que se puede reducir al mínimo con la adopción de distintos métodos técnicos y tecnologías. Tan cierta es esta afirmación que el estudio ‘Más gente, más alimentos, ¿peor agua? Un examen mundial de la contaminación del agua de la agricultura’, hecho por la FAO, explica que “los asentamientos humanos, las industrias y la agricultura son las principales fuentes de contaminación del agua” y que, a nivel mundial, el 80 por ciento de las aguas residuales municipales se vierte en cuerpos de agua sin tratar. Esto, sin contar además con que “en la mayoría de los países de ingresos altos y muchas economías emergentes, la contaminación agrícola superó la contaminación industrial como el principal factor en la degradación de las aguas interiores y costeras”. Según la FAO, en la Unión Europea el 38 por ciento de los cuerpos de agua están contaminados por la agricultura y en los Estados Unidos esta actividad es la principal fuente de contaminación en ríos y arroyos, y la segunda en los humedales.

En el caso de América Latina, el informe de la Cepal ‘Desafíos de la seguridad hídrica en América Latina y el Caribe’ explica que en la región se utilizan para actividades domésticas y productivas “unos 290.000 millones de metros cúbicos de agua al año, equivalente al 2,2 por ciento de los recursos disponibles. El principal uso de carácter consuntivo corresponde a la agricultura de riego, con 70 por ciento. El segundo es el doméstico, que alcanza el 19 por ciento. Por su parte, los usos mineros e industriales representan el 11 por ciento del total”.

Los anteriores datos no son para satanizar otras actividades económicas, solo muestran que esas consideradas poco amigables con el ambiente en realidad no son tan lesivas si se hacen obedeciendo la normatividad existente, demostrando un respeto por la protección y cuidado el medioambiente. En ese sentido, en las últimas décadas en la industria minera ha ocurrido una gran transformación que la ha llevado a que la responsabilidad social y ambiental, y la innovación tecnológica hagan parte de su ADN. “Siempre se tiene la imagen de la minería que acaba con ríos y selvas o del obrero indefenso con la cara y las manos untadas de tierra que entra a un socavón, sin indumentaria de protección y armado con una pica. Esas pueden ser imágenes para la extracción ilegal, pero en la minería legal hace muchísimo tiempo que esto cambió. Los altos estándares que rigen a compañías como AngloGold han permitido una evolución no solo tecnológica del oficio, sino también en el cuidado y en la responsabilidad que se debe tener tanto con el ambiente, como con las comunidades, y por supuesto con todos los trabajadores”, explica Juan Camilo Quintero, gerente de Asuntos Corporativos e Innovación de AngloGold Ashanti (AGA).

La minería sustentable muestra que, al contrario de lo que se piensa, en un mismo territorio pueden convivir un gran número de actividades económicas y generar prosperidad social, siempre y cuando todas estas se hagan de manera responsable con el medioambiente y la comunidad. Alrededor de una mina puede haber núcleos urbanos en donde se desarrolle el turismo y negocios relacionados con los bienes y servicios, así como plantaciones agrícolas y ganaderas.

Esa nueva visión se materializa en muchas minas en todo el mundo, como las que se encuentran los países nórdicos. En Finlandia, Suecia y Noruega la minería es uno de los principales renglones de la economía. Allí poco se escucha de afectaciones al medioambiente y a las comunidades que habitan los alrededores de las minas. Al contario, de acuerdo con el Índice de Desempeño Ambiental (EPI, por sus siglas en inglés), elaborado por las universidades de Yale y Columbia, estos tres países se encuentran en los diez primeros puestos. Allí uno de los mejores ejemplos es la mina subterránea de hierro más grande del mundo, ubicada en la región de Kiruna, Suecia. La explotación se hace a más de 1.300 metros de profundidad de manera automatizada y con altos niveles de eficiencia energética. Solo una pequeña porción de sus trabajadores tiene que ver con las actividades de campo, el resto se encuentra en terminales remotas dirigiendo y monitoreando la operación. Con respecto a sostenibilidad, la mina ha incorporado los conceptos de economía circular, ha fortalecido a los proveedores locales y ha promocionado la investigación y desarrollo en la minería.

En América Latina también hay ejemplos de minería sustentable. Chile, que ocupa un decoroso puesto 44 en el EPI y primero en la región, desde el año pasado comenzó un amplio programa para transformar la minería en la región de Antofagasta basado en la sostenibilidad ambiental, económica y social y en la gobernanza. Además, el Gobierno ha firmado distintos tratados con Alemania para que este país transfiera tecnología y conocimiento relacionado con la minería verde. En Brasil, AngloGold Ashanti opera la mina de oro de Santa Bárbara, todo un referente regional de la minería sustentable. Allí, “desde 1987 operamos una mina de oro que ha convertido la riqueza mineral del territorio en progreso social, económico y ambiental. A tan solo cinco kilómetros de la explotación existe una reserva natural de 11.000 hectáreas que no ha tenido ningún tipo de afectación. Sus habitantes se dedican a las actividades agrícolas, en especial a la apicultura, y el pueblo es un destino turístico por excelencia del estado de Minas Gerais. Esta es una prueba clara y fehaciente de que la minería sustentable es posible”, dice Quintero.

Esa nueva manera de hacer minería es la que propone AngloGold Ashanti en Jericó. Su propósito es que la mina se convierta en el motor que fomente la agricultura, la innovación y el desarrollo. Y ese plan ya lo están llevando a cabo. Primero, mediante inversiones sociales a través de la Fundación Pro-Jericó, que adelanta varios programas de desarrollo social. Por otra parte, el Estudio de Impacto Ambiental de la compañía establece la reforestación de más de 2.500 hectáreas para mejorar la biodiversidad y recuperar la conectividad de los ecosistemas entre el río Cauca y el Distrito de Manejo Integrado Cuchilla Jardín Támesis. En otras palabras, es reconstruir y recuperar los circuitos ambientales y ecológicos entre la parte alta de la montaña y el valle, que hacía décadas estaban desconectados.

*Contenido hecho en colaboración con el proyecto Quebradona