Por más de 70 años el Magdalena fue un río que Colombia dejó morir en silencio. No por un decreto o por una decisión puntual, sino por simple abandono: las barcazas de carga reemplazaron a los vapores, los muelles se pudrieron y los pueblos ribereños aprendieron a sobrevivir sin que nadie los mirara. Cada municipio cargó ese olvido a su manera. En Santa Bárbara de Pinto, por ejemplo, un artesano tardaba una semana en vender lo que sus manos producían y tenía que desplazarse hasta Magangué, mientras que a Mompox el mundo no llegaba a pesar de la belleza de su arquitectura colonial.
Hoy algo ha cambiado. No es retórica: es un crucero de lujo que navega aguas que el turismo internacional no había tocado en más de medio siglo, y que en cada parada intenta dejar una economía distinta a la que encontró.
Se trata del AmaWaterways, una línea fluvial con operaciones en Europa, Asia y África, que eligió al Magdalena como su apuesta más difícil y, según sus propias cifras, una de las más reveladoras: en 2025 movilizó 2.017 pasajeros, y para 2026 otros 4.708, que significan 38.606 noches de estadía en territorio colombiano.

Beno Atán, gerente general de AmaWaterways Colombia, no llegó al río con un plan de negocios bajo el brazo. Él y su equipo llegaron a escuchar. Durante más de cinco años recorrieron comunidades, se sentaron con pescadores, tomaron café con líderes locales y entendieron que en el Magdalena había una historia sin contar. “Colombia tiene una magia difícil de explicar”, afirmó. “Quien llega con el corazón abierto termina enamorándose de su gente, su cultura, su historia y de la fuerza de sus comunidades”.
Y esa magia que describe Atán se concreta a lo largo de la ruta. Cuando el crucero empezó a hacer paradas en Santa Bárbara de Pinto, los artesanos del pueblo bajaron al muelle. Uno de ellos, don Rafa, no solo empezó a vender más: diseñó empaques, imprimió tarjetas y aprendió a manejar precios en dólares.
De ese mismo recorrido nació Craftedways Foundation, una organización sin ánimo de lucro que hoy sostiene programas de inglés, arte, música y formación para niños y jóvenes ribereños.

“Nos dimos cuenta que muchos de estos lugares que quedaron completamente olvidados necesitaban apoyo. Por eso empezamos a reunir manos que se sumaran, corazones dispuestos a creer en el territorio y recursos que permitieran que los sueños de las comunidades allí asentadas fueran realidades perdurables en el tiempo”, aseguró Gabriela Cárdenas, líder de la iniciativa.
Ese compromiso con lo local no quedó solo en tierra. El barco que navega el Magdalena fue construido con 95 por ciento de mano de obra colombiana, y a bordo los river hosts –jóvenes de las comunidades ribereñas– son quienes cuentan el territorio, interpretan su historia y tienden el puente entre los viajeros internacionales y una Colombia que pocos conocen.
¿Qué dicen los viajeros?
- “La definición de lujo para cada uno es diferente. Para algunos es comprarse un bolso caro. Para mí es ver un atardecer en un crucero por el río Magdalena, en Colombia”, Daniela Montoya, influencer de viajes.
- “Yo siento que todavía Colombia no entiende la importancia de estos barcos navegando por nuestro río Magdalena y conectándonos con toda la cultura ribereña. Hay un antes y un después de subirse al AmaWaterways. Solamente la importancia histórica de este crucero me parece realmente maravillosa”, Johnny Insignares, periodista.
- “El AmaWaterways tiene todo lo que necesita un turista para ser feliz”, Yamil Arana, gobernador de Bolívar.

Lo que más recuerdanlos pasajeros
- La arquitectura y la calma de Mompox.
- El avistamiento de aves y los paisajes del Magdalena.
- Las conversaciones con artesanos y comunidades ribereñas.
- La música local y las historias del territorio.
