OPINIÓN

Juliana del Sol Bastidas

Decimos más, pero entendemos menos: el paradigma del lenguaje de las flores

Ante la inmediatez de la actualidad, regalamos bouquets de flores sin saber que cada flor guarda una intención, una energía, una carga simbólica que no se anula porque hayamos dejado de reconocerla. La también llamada floriología.
30 de marzo de 2026 a las 10:01 p. m.

Imagina llegar a tu casa y encontrar un arreglo de flores compuesto por narcisos, lavanda y algunas flores amarillas. Un regalo de esa persona especial. Probablemente te guste su color, disfrutes su aroma y te haga feliz. Pero ¿y si te dijera que ese mismo arreglo es, en realidad, una despedida?

Narcisos anunciando un comienzo sin ti; lavanda como el eco de lo que fue y flores amarillas hablando de una cercanía que ya no logra sostenerse igual. ¿Seguiría siendo el mismo regalo? El mensaje siempre estuvo ahí, el problema es que no sabías leerlo.

Mucho antes de los emojis, los memes o los silencios digitales, el lenguaje humano ya se apoyaba en sistemas simbólicos que no solo complementaban, sino que muchas veces reemplazaban las palabras. El lenguaje de las flores -la floriografía- fue uno de ellos.

Cada flor, su color e incluso su forma de ser entregadas transmitían un mensaje preciso. Alcanzó especial relevancia en la Inglaterra victoriana, cuando las emociones no siempre podían expresarse de forma directa y las flores se convirtieron en un medio sutil para decir lo que las palabras callaban. No era un gesto decorativo: era un código compartido. Quien enviaba elegía con intención, quien recibía debía saber interpretar.

Recuerdo que, al estudiar a Shakespeare en literatura inglesa, entender sus obras no era solo leerlas, sino descifrarlas. Era enfrentarse a distintos niveles de lenguaje. En Hamlet, cuando Ofelia reparte flores, no adorna la escena: dice lo que ya no puede decir en palabras. Cada pétalo es una idea, cada especie una emoción: Romero para el recuerdo, Pensamientos para aquello que no se puede dejar de pensar.

Y, sin embargo, siglos después seguimos regalando flores sin preguntarnos qué estamos diciendo cuando lo hacemos.

El problema no es que el mensaje haya desaparecido. Hay significados que no dependen de ser entendidos para existir. Cada flor guarda una intención, una energía, una carga simbólica que no se anula porque hayamos dejado de reconocerla. Pero al perder la capacidad de interpretarlas, no eliminamos el mensaje: nos excluimos de él.

Y en ese gesto silencioso, el de ya no saber leer, no solo dejamos de comprender lo que se nos ofrece, sino que también perdemos una forma más profunda de relacionarnos con lo que sentimos y con lo que otros intentan decir sin palabras.

Así es como se pierden los lenguajes. No porque sean inútiles, sino porque dejaron de ser posibles en un mundo obsesionado con la inmediatez. El lenguaje de las flores, como tantos otros, exigía tiempo: tiempo para elegir, para entregar, para interpretar.

Hoy, en cambio, vivimos bajo la presión de que todo se define en segundos. Una conversación, una primera impresión, incluso una oportunidad, dependen de ese instante breve en el que debemos ser claros, rápidos y, sobre todo, comprensibles sin esfuerzo.

Tal vez el mundo no se ha vuelto más complejo. Tal vez somos nosotros quienes estamos menos dispuestos a pensar. No por incapacidad, sino por velocidad.

Por eso seguimos llenando bouquets de Dalias por apariencia, geranios por lo superficial y narcisos por una mirada cada vez más centrada en nosotros mismos, convencidos de que mientras más vistoso el arreglo, más claro el mensaje. Pero entre tanta forma, el sentido se diluye.

Y aun así, seguimos regalando flores. No porque entendamos su lenguaje, sino porque intuimos que hay cosas que todavía no sabemos cómo decir.

Por eso, si algo queda de ese lenguaje olvidado, que sea esto: Violetas para lo que no necesita exhibirse, Lirios para lo que es verdad, aunque incomode; y Romero para recordar que alguna vez supimos decir menos pero entender mucho más.

Juliana del Sol Bastidas es CEO de Centros de Diagnóstico Automotriz de Colombia S.A.S. - COLCDA S.A.S.