Durante años el debate público en Colombia estuvo envuelto en una suerte de romanticismo climático. Hablar de transición energética era el estándar de oro en los foros gremiales y los pasillos ministeriales. Sin embargo, el 2026 nos ha despertado con un golpe de realidad. Hoy, con los embalses bajo la lupa y la sombra de un ‘súper El Niño’ asomándose para el segundo semestre, la semántica ha cambiado. Ya no tenemos el lujo de discutir solo la velocidad de la descarbonización; hoy la palabra que quita el sueño a los directivos es una sola: Seguridad.
Teniendo en cuenta que el 50 por ciento de la energía del país la consume el sector privado, estamos pasando de la aspiración a la supervivencia. Las proyecciones de la empresa XM y los analistas del sector no mienten: aunque iniciamos el año con una aparente calma hídrica, el crecimiento de la demanda, cercano al 3 por ciento, y la lentitud en la entrada de los proyectos de generación renovable han creado una pinza peligrosa. Las estimaciones sugieren que, de consolidarse el fenómeno climático hacia agosto o septiembre, los precios de la energía en bolsa podrían dispararse entre 20 y 40 por ciento y hasta más. Colombia ya no está en una transición plácida; está en una carrera contra el apagón (financiero o físico).
La transición es el objetivo de largo plazo, pero la seguridad energética es la condición de existencia en el corto. Sin gas suficiente, con una dependencia de importaciones que ya supera el 20 por ciento para la demanda térmica, y con un sistema eléctrico operando al límite de sus márgenes de maniobra, el sector productivo no puede permitirse el papel de espectador. La crisis del segundo semestre no es una posibilidad remota, es un riesgo operativo inminente.
Ante este panorama, la resiliencia no vendrá de los decretos de emergencia económica, sino de la gestión interna. Aquí las tres acciones urgentes que toda empresa debe ejecutar hoy para protegerse, prepararse y enfrentar la tormenta energética:
1. Auditoría de eficiencia y blindaje tarifario
No se puede gestionar lo que no se mide. La primera urgencia es realizar una auditoría energética profunda para identificar ‘fugas’ de consumo y, simultáneamente, revisar los contratos de suministro. En un escenario de alta volatilidad, las empresas que operan totalmente expuestas al precio de bolsa son las primeras en sucumbir. Es imperativo buscar coberturas o renegociar contratos de largo plazo (PPAs) que brinden estabilidad en el flujo de caja cuando el kilovatio-hora comience su escalada alcista.
2. Aceleración de la autogeneración y almacenamiento
La soberanía energética debe empezar en el techo de la fábrica, de la empresa, en el espacio que tenga disponible la agroindustria. Instalar soluciones solares fotovoltaicas ya no es un tema de responsabilidad social, es una estrategia de continuidad de negocio. Las empresas deben evaluar, además, tecnologías de almacenamiento (baterías) que permitan desplazar carga y contar con un respaldo real ante posibles restricciones en el Sistema Interconectado Nacional (SIN). El objetivo es claro: reducir la dependencia de la red externa en las horas pico.
3. Implementación de un plan de respuesta a la demanda
La gestión de la demanda será el gran diferenciador este año. Las empresas deben diseñar protocolos para reducir o desplazar procesos intensivos en energía durante los periodos de mayor estrés del sistema. Esto no solo ayuda a la estabilidad del país, sino que, bajo los esquemas de remuneración por desconexión voluntaria, puede convertirse en una fuente de alivio financiero. Preparar al equipo operativo para ser flexibles ante el precio de la energía es tan vital como tener un plan de evacuación en caso de sismo.
Mi invitación hoy al sector privado es elevar la conversación energética en las organizaciones y pasar del idealismo de la transición para ceder el paso al pragmatismo de la seguridad. El segundo semestre de 2026 pondrá a prueba la estructura de costos de nuestra industria y la visión de liderazgo de nuestros gerentes. La energía más cara es la que no se tiene, pero la segunda más cara es la que no se planeó. El tiempo de la planeación se agotó; es el tiempo de la ejecución.
Alexa Oviedo, CEO de O3 Smart Cities
