Hay episodios de la historia que no se dejan archivar con facilidad. Regresan, interpelan, incomodan. El juicio de Núremberg es uno de ellos. Hace poco volví a ese momento a través de una película centrada en los jerarcas nazis capturados al final de la Segunda Guerra Mundial, ya bajo custodia estadounidense, mientras eran analizados y juzgados por los crímenes cometidos.
En ella, un psiquiatra se acerca a estos personajes con una expectativa casi científica: encontrar, en sus mentes, una anomalía que explique lo inexplicable. Algo que los separe de manera tajante del resto de la humanidad. Una grieta evidente, una señal inequívoca del mal.
El hallazgo fue otro. Desconcertante, incluso. Lo que apareció no fueron monstruos irreconocibles, sino personas corrientes. Hombres con historias, con recuerdos, con trayectorias atravesadas por su tiempo y sus circunstancias. Individuos capaces de hablar, de justificarse, de narrar sus decisiones como si fueran parte de una lógica coherente dentro del mundo que habitaron.
Esa constatación resulta incómoda porque desarma una de las defensas más habituales frente a la barbarie: la de imaginar al perpetrador como alguien radicalmente distinto. La figura del ‘otro’ absoluto permite trazar una línea clara y tranquilizadora. Sin embargo, lo que aparece cuando se observa de cerca es menos reconfortante: la distancia no es tan amplia como quisiéramos creer.
Montaigne escribió: “Hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y los demás”. Tal vez ahí se insinúa una clave. No somos una identidad fija ni un bloque moral inmutable. Somos, más bien, una sucesión de versiones atravesadas por circunstancias, por relatos, por miedos y por decisiones que, en determinados contextos, podrían haber sido otras.
Esa idea no busca diluir la responsabilidad ni abrir espacio a equivalencias fáciles entre hechos históricos que no lo admiten. El horror no se relativiza. Pero sí invita a desplazar la pregunta: menos sobre quiénes eran ‘ellos’ y más sobre qué nos constituye a ‘nosotros’. Sobre qué condiciones, qué discursos, qué entornos pueden estrechar o ensanchar esa distancia que tanto nos tranquiliza.
En ese sentido, el problema no es solo lo que ocurrió, sino cómo elegimos narrarlo. Hay una tendencia persistente a ubicar el mal en territorios ajenos, en ideologías distantes, en épocas que ya no nos pertenecen. Ese gesto, aunque comprensible, también es cómodo. Permite juzgar sin examinar, condenar sin preguntarse demasiado por las raíces.
Quizás la lección más exigente no está en señalar con mayor precisión, sino en mirar con mayor profundidad. Entender que las convicciones más firmes también se construyen, que las certezas pueden endurecerse, que el lenguaje puede moldear la percepción del otro hasta volverlo irreconocible.
La lejanía del mal, entonces, es en buena medida una ilusión. No porque todo sea equivalente, ni porque todo esté permitido, sino porque la condición humana es más maleable, y más vulnerable, de lo que solemos admitir. Reconocerlo no nos debilita. Nos obliga, en cambio, a una forma distinta de responsabilidad.
Una que pasa menos por el juicio inmediato y más por la comprensión de los procesos. Menos por el moralismo que simplifica y más por la atención a los matices. Tal vez ahí, en ese ejercicio incómodo de entender sin justificar, se abre un espacio más fértil para la convivencia: uno en el que la diferencia no se convierte automáticamente en amenaza, y en el que el respeto no depende de la coincidencia, sino de la conciencia de lo frágil que es la línea que creemos tan firme.
María Angelica Bula Nader, CEO Dr. Andrés Durán Plastic Surgery
