OPINIÓN

Ana Janneth Ibarra

El amor y la política solo sobreviven cuando se prueban en la verdad

El amor y la política se parecen peligrosamente. Ambos prometen lo que muchas veces no están dispuestos a cumplir y ambos llegan a fracasar por la misma razón, se cimientan sobre mentiras cómodas y verdades aplazadas.
26 de enero de 2026 a las 3:59 p. m.

Nos enamoramos de lo que queremos ver, votamos por lo que queremos creer. Y después nos sorprendemos cuando todo sale mal. En el amor, como en la política, el problema no es la falta de sentimiento, sino de honestidad. El enamoramiento es una campaña publicitaria, fotos bien tomadas, discursos emotivos y promesas infladas. Nadie muestra las grietas, no se habla de los límites, ni se advierte lo que no se está dispuesto a cambiar. En política ocurre lo mismo, se ofrece el discurso de un país que no existe, ni cómo se llegará a eso o quién pagará el costo.

El amor no funciona sin una conexión real, sin una coincidencia mínima de valores, intereses y principios. Sin eso, todo se vuelve actuación. Por otra parte, en la política la desconexión es aún más peligrosa, gobernantes que no conocen o no quieren conocer la realidad social que dicen representar. Se gobierna desde el cálculo, no desde la convicción. Se ama desde la conveniencia, no desde el compromiso.

No es un secreto que cuando el amor se vuelve estratégico, se enfría y, cuando la política se vuelve puramente estratégica, se corrompe. El cálculo mata la lealtad. Y sin lealtad, no hay relación que sobreviva. El problema entonces no es cambiar de opinión; sino no tener una. Y hago el paralelo en que el político que negocia sus principios es como la pareja que justifica la traición, siempre encuentra una excusa sin asumir responsabilidad.

Hay una verdad incómoda que preferimos ignorar, a la pareja se le conoce cuando se separa. Es ahí cuando aparecen los abusos, los silencios impuestos, las manipulaciones. En la política pasa lo mismo, al político se le conoce cuando gobierna. No cuando promete y seduce, sino cuando decide. Gobernar revela carácter, igual que una ruptura revela intenciones.

El enamoramiento, tanto en el amor como en la política, es peligroso cuando se vuelve permanente. Porque quien vive enamorado no cuestiona, no exige, no reclama. Y una ciudadanía enamorada es tan vulnerable como una persona que idealiza a su pareja. La democracia es como el amor sano: necesita menor romanticismo y mayor madurez.

Porque adaptarse a la realidad no es traicionar los principios, sino ponerlos a prueba. En el amor, quien no se adapta rompe. En política, quien no entiende el contexto social gobierna contra la gente. Sin embargo, hay que tener cuidado, adaptarse no es mentir. Cambiar no es disfrazarse. El oportunismo se presenta siempre como pragmatismo, tanto en la vida privada como en la pública.

Tal vez por eso decepciona tanto un amor que fracasa y un gobierno que traiciona, porque ambos prometieron cuidado y terminaron ejerciendo poder. Ambos hablaron de futuro y actuaron desde el miedo. Ambos confundieron liderazgo con control, y pasión con posesión.

El amor y la política no fallan por exceso de emoción, fallan por déficit de ética. No se rompen por falta de promesas, sino por falta de coherencia. Y mientras sigamos eligiendo parejas y gobernantes que saben decir lo que queremos escuchar, pero no están dispuestos a decir la verdad, seguiremos repitiendo la misma historia, las mismas relaciones rotas y los países seguirán frustrados.

Y con esto, quizás la verdadera revolución en el amor y en la política no sea enamorar más, sino mentir menos.

Ana Janneth Ibarra es CEO del Grupo Axir