OPINIÓN

Redacción Semana

El mito del 50/50 en el amor

En esta columna, la autora analiza cómo la idea de dividir en partes iguales una relación introduce una lógica de cálculo que termina desgastando el vínculo. Cuando todo se mide, el amor deja de ser espontáneo y empieza a funcionar como una negociación forzosa.
29 de abril de 2026 a las 12:03 a. m.

Durante años nos han repetido que el matrimonio es un acuerdo justo: 50/50. Mitad para uno, mitad para el otro. Una fórmula limpia, equilibrada, matemática. Suena razonable. Suena moderno. Pero es, en muchos casos, profundamente equivocado.

El problema es simple: las relaciones humanas no funcionan como balances financieros. Y cuando se intentan administrar como si lo fueran, empiezan a deteriorarse.

El 50/50 introduce una lógica silenciosa pero corrosiva: la del cálculo. ¿Quién dio más? ¿Quién cedió menos? ¿A quién le corresponde ahora compensar? Bajo esa mirada, cada gesto deja de ser espontáneo y se convierte en una transacción. Cada esfuerzo empieza a medirse. Cada diferencia se archiva como una deuda pendiente. Y cuando el amor entra en ese terreno, deja de ser un vínculo para convertirse en una negociación.

La idea de equidad, llevada al extremo, termina erosionando lo que pretende proteger. Porque no todo en una relación es cuantificable ni debería serlo. Hay días en los que una de las partes no llega ni siquiera a su ‘50 por ciento’: el cansancio, la presión laboral, los problemas personales o simplemente la vida misma desbordan cualquier intento de equilibrio perfecto.

¿Qué ocurre entonces? ¿Se suspende el vínculo hasta que ambos puedan cumplir su cuota? Ahí es cuando la teoría se rompe.

Un matrimonio no se sostiene cuando cada uno da lo que le corresponde. Se sostiene cuando ambos están dispuestos a dar más de lo que les toca, especialmente cuando el otro no puede. No se trata de establecer una competencia silenciosa por quién entrega más, sino de entender que la estabilidad de la relación depende, muchas veces, de la capacidad que tiene uno de sostener al otro. Y luego, inevitablemente, los roles se invierten.

Esto se hace aún más evidente cuando llegan los hijos, cuando aparecen decisiones difíciles, cuando las presiones externas aumentan. En esos momentos, el modelo del 50/50 no solo es insuficiente, sino inviable. No hay manera de dividir en partes iguales la carga emocional, el desgaste o la responsabilidad. Pretenderlo solo añade frustración.

Lo que sí funciona es otra lógica: la del 100/100. No como una exigencia permanente de sacrificio, sino como una disposición genuina. Estar presente sin llevar cuentas. Aportar sin exigir compensaciones inmediatas. Elegir al otro incluso a pesar de que no es fácil y de que no hay garantías de equilibrio en el corto plazo.

Porque las relaciones no se rompen al dar más. Se rompen cuando ambos empiezan a dar menos. Cuando el esfuerzo se condiciona y cada acción viene acompañada de una expectativa de retorno.

Entregar el ciento por ciento no asegura una relación perfecta, pero sí una relación auténtica, en la que el apoyo no se negocia, el esfuerzo no se factura y el amor no se reduce a porcentajes.

Al final, lo que sostiene un matrimonio no es la justicia matemática. Es la decisión diaria, y a veces incómoda, de no guardarse nada. Porque el amor, cuando es real, no se divide: se entrega.

Karen Giraldo, CEO de Mike Pizarro Plastic Surgery