Cuando empezamos el sueño de tener una empresa, lo hacemos cargados de proyectos, de objetivos, de ilusión. Imaginamos clientes, equipos, oficinas, un nombre que suene. Y después de llenar formularios y registrarnos en la Cámara de Comercio, un día nos entregan un papel: el certificado de existencia y representación legal. Ese documento nos habilita. Nos dice, en lenguaje jurídico, que ya existimos. Y ahí, con ese certificado en la mano, empieza de verdad el camino.
Pero el camino rara vez es recto. Algunos sueños cambian por el trayecto. Hay proyectos que no se dan, planes que se quedan a mitad, y una ilusión que, poco a poco, se va apagando. No siempre porque el empresario hiciera algo mal, sino porque sostener una empresa en Colombia es, sencillamente, difícil.
¿Qué tan difícil? Un estudio de Confecámaras sobre la supervivencia empresarial lo muestra con crudeza. Al analizar las empresas por tamaño, la tasa de supervivencia de las microempresas a cinco años es apenas del 33,4 por ciento. La de las pequeñas sube al 60,9, la de las medianas al 73,7, y la de las grandes al 85,7. Leídas en frío, estas cifras dicen algo inquietante: en un plazo corto, el sueño de muchos empresarios de construir su proyecto profesional puede terminar. Pero yo quiero leerlas de otra manera.
Pensemos en dos empresarios. El primero no logra atravesar ese umbral de los cinco años con los resultados que esperaba, y enfrenta una crisis capaz de dejarlo sin nada. El segundo sí sobrevive, cruza el umbral y sigue operando año tras año, y aun así la crisis llega. Porque la crisis no pregunta cuántos años tiene una empresa. Puede tocar la puerta al tercer año o al trigésimo.
Y no se trata del momento en que llega. Se trata de querer atravesarla. Alguien que lleva cinco años con su compañía puede decidir que todavía está joven, que vale la pena pelear, y hacer todo lo posible por salvarla. Alguien que lleva treinta y cinco puede sentir que ya es hora de soltar la toalla y llevarla a una liquidación. Los dos son empresarios. Los dos tienen el derecho a tomar su propia decisión.
Por eso digo, sin ninguna contradicción, que el proceso de insolvencia ayuda a cumplir sueños. Puede ser exactamente esa solución que la crisis estaba pidiendo para esos dos empresarios. El proceso de reorganización está diseñado para salvar empresas viables, conservar los puestos de trabajo que de ellas dependen y preservar el tejido empresarial que sostiene a comunidades enteras. No es una lápida. Es una herramienta. Una que existe, precisamente, para que un tropiezo no se convierta en el final de la historia. Pero una herramienta solo sirve si uno sabe que existe. Por eso es fundamental que los empresarios conozcan las distintas puertas que la ley colombiana les ofrece, porque no todas las crisis son iguales ni se resuelven igual.
Está la reorganización abreviada, pensada para las empresas pequeñas, aquellas cuyos activos no superan los 5.000 salarios mínimos. Y está la reorganización ordinaria, el mismo camino para las empresas y comerciantes que superan ese monto. En ambas, bajo la supervisión de la Superintendencia de Sociedades como juez, se frenan los cobros en contra de la empresa, se sienta a negociar con todos sus acreedores y construye un acuerdo de pago con plazos, intereses y períodos de gracia a su medida.
Están también los acuerdos extrajudiciales, que le permiten al empresario negociar directamente con sus acreedores y llevar ese pacto ante el juez para que lo valide. Y cuando ninguno de esos caminos es viable, la liquidación judicial ordena el cierre de forma legal y transparente. Incluso ahí, dentro de la liquidación, una empresa todavía puede resucitar y firmar un acuerdo de reorganización. Varios mecanismos, una misma esencia: darle al empresario opciones reales en lugar de dejarlo solo.
Un sueño no se cumple solamente cuando dura para siempre. A veces se cumple transformándose. Ese sueño que tuvimos al crear la empresa puede evolucionar, y el proceso de insolvencia es, muchas veces, el que nos obliga a detenernos y mirar hacia atrás: qué hicimos para alcanzarlo, cómo lo hicimos, y qué estamos dispuestos a cambiar. Ahí está la verdadera prueba. Porque la capacidad del empresario para afrontar esos cambios es lo que separa a uno que termina derrotado de uno que termina en paz, listo para volver a soñar.
Catalina Hernández Prada, directora Legal de AC Sorar SAS - Estrategias Legales y Financieras
