Hace pocos días vi a niños y jóvenes colombianos levantar nuestra bandera en Honduras. Los vi recorrer las calles de San Pedro Sula llevando con orgullo nuestros colores, nuestra música, nuestras tradiciones y nuestro talento. También los vi interpretar música hondureña, compartir con jóvenes de otros países y descubrir que aquello para lo que se habían preparado durante años podía cruzar fronteras.
Mientras los observaba, orgullosa como maestra, no podía dejar de hacerme una pregunta: ¿cuánto tiene que luchar un niño o un joven artista colombiano antes de tener la oportunidad de representar a su país?
Porque detrás de la fotografía, el uniforme y el aplauso existe una historia que pocas veces se cuenta.
En Colombia hay miles de maestros formando niños desde la música, la danza, el teatro y las diferentes expresiones artísticas. Y su trabajo va mucho más allá de enseñar una técnica. Muchas veces el arte ayuda a un niño a encontrar un lugar al cual pertenecer, aprovechar su tiempo libre, desarrollar disciplina, fortalecer su autoestima, trabajar en equipo y descubrir capacidades que quizá nadie había visto.
Por eso resulta tan importante que Colombia avance en reconocer la educación artística como parte de la formación integral. La Ley Artes al Aula constituye un paso significativo en esa dirección y plantea fortalecer la educación artística y cultural dentro de los procesos educativos.
Pero después de formar el talento aparece otro desafío: hacer posible la oportunidad.
Cuando llega una invitación nacional o internacional comienzan las preguntas que nada tienen que ver con la música: ¿Cómo pagamos los tiquetes?, ¿Cómo transportamos los instrumentos?, ¿Cómo conseguimos alojamiento, alimentación, seguros y uniformes?
Entonces el maestro se convierte en gestor, las familias organizan rifas y actividades, las instituciones buscan aliados y una comunidad entera empieza a tocar puertas.
Colombia cuenta con convocatorias y programas de circulación cultural. Son necesarios y valiosos. Pero quienes trabajamos con agrupaciones numerosas sabemos que todavía existe una enorme distancia entre tener el talento, recibir una invitación y contar con los recursos para llegar al escenario.
Y allí aparece una palabra incómoda: “mendigar”.
No deberíamos tener que hacerlo para representar a Colombia.
Tampoco debería ocurrir que, una vez conseguido el resultado, aparezcan alrededor de la fotografía final reconocimientos o protagonismos que no siempre corresponden con quienes realmente sostuvieron el proceso. Si hubo recursos públicos, que se reconozcan. Si ayudó la empresa privada, que se agradezca. Pero si fueron las familias, los maestros, los jóvenes y las instituciones quienes hicieron posible el camino, también hay que tener la grandeza de decirlo.
No se trata de señalar a nadie. Se trata de construir una cultura con transparencia y respeto por los procesos.
Quizás necesitamos avanzar hacia un verdadero Banco Nacional de Talentos y Procesos Artísticos y Culturales, que permita identificar qué viene ocurriendo en nuestros colegios públicos y privados, escuelas de formación, municipios, fundaciones y comunidades.
No solamente preguntarnos quién tiene un proyecto para presentar a una convocatoria, sino quién lleva años construyendo un proceso.
¿Dónde están nuestras bandas, orquestas, grupos de danza y teatro?, ¿Cuántos niños y jóvenes forman?, ¿Qué trayectoria tienen?, ¿Qué impacto generan?, ¿Qué oportunidades nacionales e internacionales han conseguido?, ¿Qué necesitan para poder aprovecharlas?
Porque detrás de cada niño que llega a un escenario existe también un maestro que creyó primero.
Y esa es quizá la reflexión más importante que me dejó Honduras.
Cuando un niño o un joven cruza una frontera gracias al arte, no viaja solamente un estudiante. Viaja su maestro, su familia, su institución, su municipio, sus tradiciones y su cultura; Viaja Colombia.
Y cuando regresa, vuelve diferente. Ha descubierto otros lugares, otras personas y otras maneras de entender el mundo. Pero, sobre todo, ha descubierto algo sobre sí mismo: hasta dónde puede llegar.
Nuestro reto como país no puede terminar cuando encontramos el talento.
Ahí debería comenzar.
Porque formar niños y jóvenes capaces de volar para después dejarlos solos buscando cómo conseguir las alas sigue siendo una contradicción que Colombia necesita resolver.
Por Elizabet Barrera Sierra, rectora y fundadora del Liceo Lunita de Chía
