OPINIÓN

Daniela Giraldo

El talento no falta: invertir en oportunidades es construir país

En los territorios de Colombia hay miles de jóvenes con capacidades, sueños y potencial, pero las brechas educativas y sociales limitan sus posibilidades. Creer en ellos es una responsabilidad y también una inversión para el desarrollo del país.
13 de octubre de 2026 a las 6:43 p. m.

He tenido el privilegio de recorrer distintos territorios de Colombia y hay una imagen que se queda en mi cabeza: niños con ojos iluminados de esperanza y una capacidad inmensa para soñar, pero que tienen una desventaja simplemente por el lugar en el que nacieron.

Lo más difícil es ver lo que ocurre con el paso del tiempo. Muchos crecen y, al convertirse en jóvenes, esa chispa empieza a apagarse, no porque hayan dejado de tener talento o sueños, sino porque su entorno comienza a limitar lo que creen posible para sus vidas, y así, la falta de oportunidades, referentes y caminos visibles va haciendo más pequeña su visión del futuro. Cada vez que repaso esa imagen vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿cuánto talento, como país, estamos dejando perder porque una oportunidad no llega a tiempo?

Es por esto que estoy convencida de que necesitamos cambiar la manera en que percibimos la inversión social. Esta no puede entenderse como un gasto destinado a atender necesidades, porque invertir en educación, capacidades y oportunidades es, al mismo tiempo, invertir en desarrollo, competitividad y construcción de país.

Los datos muestran por qué esta discusión es urgente. En 2025, de acuerdo con el Dane, la pobreza monetaria impactó al 28 por ciento de los colombianos, pero llegó al 39,5 por ciento en centros poblados y zonas rurales dispersas, frente al 24,6 por ciento de las cabeceras municipales. Y las brechas continúan cuando un joven termina su educación escolar: en 2024, según el Ministerio de Educación, el país presentó una tasa de tránsito inmediato a educación superior del 45,9 por ciento, pero en zonas rurales apenas se alcanzó el 29,9 por ciento, frente al 51,1 por ciento en las urbanas.

Los resultados de las pruebas PISA 2025 agregan otra alerta: solo el 46 por ciento de los estudiantes colombianos de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de competencia lectora. Colombia obtuvo 399 puntos en esta competencia frente a 461 del promedio de la Ocde.

Pero detrás de cada cifra hay historias que las estadísticas no alcanzan a contar. Es fascinante lo que ocurre cuando ampliamos nuestra propia visión y conocemos a los niños y jóvenes de esa Colombia profunda. Allí descubrimos una riqueza inmensa: jóvenes curiosos, creativos, sensibles, líderes, emprendedores, deportistas, artistas, científicos en potencia; niños con maneras distintas de aprender, resolver, comunicar, crear e imaginar.

Hay talentos e inteligencias que permanecen invisibles, no porque no existan, sino porque no siempre encuentran la oportunidad para mostrarse. Ahí es donde los proyectos socioeducativos adquieren otro significado: un proyecto de impacto no debería medirse solamente por beneficiarios, talleres o recursos entregados. También nos deberíamos preguntar cuántos estudiantes descubrieron una habilidad, cuántos encontraron un referente, cuántos docentes fortalecieron sus herramientas y cuántos jóvenes visualizaron una carrera, un oficio o una oportunidad que antes no estaba dentro de su mapa mental.

Dar una oportunidad a un joven puede cambiar mucho más que una trayectoria individual: puede darle herramientas para romper ciclos que parecían heredados, cambiar el rumbo de su historia familiar —de su linaje— e incluso transformar su territorio. Un joven que descubre que puede estudiar, emprender, crear, liderar o regresar a su comunidad con nuevas capacidades amplía también las posibilidades de quienes vienen detrás.

Necesitamos llenar los territorios de experiencias que fortalezcan competencias académicas, pero también ciencia, tecnología, arte, cultura, deporte, idiomas, emprendimiento, liderazgo y habilidades para la vida. No todos los talentos se manifiestan de la misma manera y una educación que realmente cierre brechas debe abrir diferentes puertas.

Por eso mismo, la responsabilidad no puede recaer únicamente en el Gobierno. Empresas, organizaciones sociales, universidades, fundaciones y comunidades también podemos movilizar conocimiento, recursos y oportunidades. Los subsidios y las ayudas son necesarios para responder a realidades urgentes, pero la inversión social se convierte en una verdadera estrategia de desarrollo cuando deja capacidades instaladas y conecta a las personas con posibilidades sostenibles.

Todos alguna vez hemos escuchado decir que ‘los jóvenes quieren todo regalado’. Sin embargo, mi experiencia me ha enseñado algo distinto: los jóvenes solo quieren oportunidades, ser reconocidos por lo que saben hacer y tener una posibilidad real de demostrar de qué son capaces.

El talento ya existe en los territorios, pero nuestra responsabilidad como sociedad es generar espacios para descubrirlo, impulsarlo y conectarlo con oportunidades reales. Por eso, aunque el lugar donde nace una persona puede marcar su punto de partida, no debería determinar hasta dónde puede llegar.

Cuando invertimos en educación y ayudamos a que más niños y jóvenes puedan mirar más lejos, no estamos haciendo únicamente inversión social, sino también estamos invirtiendo en el desarrollo del país que queremos construir.

Daniela Giraldo Álvarez, CEO del Grupo Educativo Operación Éxito