OPINIÓN

Alexa Oviedo

La crisis energética no se espera: se gestiona desde la empresa

El apagón de 1992 nos enseñó lo que cuesta no prepararse y tres décadas después tenemos el sol, la tecnología y los incentivos para que esta vez la historia sea distinta.
8 de octubre de 2026 a las 3:33 p. m.

El 13 de septiembre los embalses del país amanecieron en 79,11 por ciento de su capacidad útil, por debajo de la senda de 79,98 por ciento que fijó la CREG para esa fecha. Los aportes hídricos van en 76,33 por ciento del promedio histórico y XM, el operador del sistema, ya habla de “riesgo alto” de desabastecimiento y pide ahorro urgente de energía, agua y gas.

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No es una alarma aislada. En junio la demanda promedio diaria alcanzó 261,86 GWh, la más alta de la historia reciente, con crecimientos mensuales superiores al 6 por ciento, y XM proyecta que entre 2026 y 2027 la demanda superará la generación garantizada en 3.906 GWh anuales. De los 4.475 MW nuevos que debían entrar este año, a julio solo operaban 331 MW, y 42 proyectos de transmisión, el 60 % de lo planeado, están atrasados. Encima, la probabilidad de un Niño “muy fuerte” entre noviembre y enero es superior al 63 por ciento.

El gas es otro tema delicado: Andesco estima un déficit cercano al 39 por ciento de la demanda en 2026 y del 58 por ciento en 2027 si nada cambia; las reservas pasaron de 13,9 años en 2011 a 5,9 en 2024. Las térmicas, que hoy cubren cerca del 29 % de la generación, tendrían que sostener unos 100 GWh diarios por más de nueve meses, en buena parte con gas importado, y ese costo lo pagamos todos: el precio de bolsa acumula un alza de 22,7 por ciento en el año.

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Llevo dos décadas en el sector tecnológico y energético, y una convicción se afirma con cada crisis: no podemos seguir esperando a que el Estado resuelva lo que las empresas podemos empezar a resolver hoy. El sistema eléctrico es un bien común, sí, pero la resiliencia energética de una compañía es una decisión de su junta directiva, no del Ministerio. Las herramientas ya existen, están probadas y son rentables.

La primera es la autogeneración solar: según la UPME, Colombia ya supera los 24.400 sistemas de autogeneración registrados, con 9.360 instalados solo en 2025, y el país alcanzó 4,58 GW fotovoltaicos, de los cuales cerca de 1.370 MW son autogeneración y generación distribuida en empresas, comercios y hogares. Ese es capital privado que llegó sin licitación ni subasta, a techos de plantas de alimentos, bodegas y estaciones de servicio. Una planta industrial que cubre entre el 30 % y el 60 por ciento de su consumo con energía propia no solo se blinda frente al precio de bolsa; además le quita presión a un sistema que está trabajando, en palabras de XM, “de una forma más estresada”. Y con los beneficios de la Ley 1715, la deducción de renta y la depreciación acelerada acortan el retorno a cifras que ningún director financiero puede ignorar.

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La segunda es el almacenamiento: as baterías dejaron de ser un lujo para ser el complemento lógico de la solar: desplazan consumo fuera de la franja crítica de 6 a 10 de la noche, justo la que XM pide aliviar, y sostienen procesos sensibles ante una desconexión. Entre abril y junio se emitieron 165 órdenes de desconexión preventiva. Para una línea de producción continua, cada una de ellas es dinero perdido.

La tercera, la menos glamurosa y la más rentable, es la eficiencia. Antes de instalar un solo panel, una auditoría energética seria suele encontrar entre 10 por ciento y 20 por ciento de consumo evitable: motores sobredimensionados, aire comprimido con fugas, refrigeración sin control de demanda. En el sector de alimentos, donde el frío es el corazón del proceso, ese ahorro es inmediato y no requiere permisos de nadie.

La cuarta es contractual. Los contratos de compra de energía a largo plazo con generadores renovables, o los esquemas donde un tercero instala y opera la planta y la empresa solo paga lo que genera, permiten fijar precio sin invertir capital propio. Son el seguro contra un mercado que se mueve 182 pesos por kilovatio entre el mínimo y el máximo del año.

Nada de esto sustituye la tarea del país: destrabar la transmisión, dar certidumbre al gas, adjudicar y construir lo que está en el papel. Sin embargo, mientras esa tarea avanza a la velocidad del Estado, el riesgo de nuestras organizaciones avanza a la velocidad del clima. Como empresaria, prefiero equivocarme por haber invertido en resiliencia que acertar en el diagnóstico con la empresa apagada.

El apagón de 1992 nos enseñó lo que cuesta no prepararse y tres décadas después tenemos el sol, la tecnología y los incentivos para que esta vez la historia sea distinta. Lo que falta es que cada empresa decida que su energía también es su responsabilidad, la asuma y la gestione de manera preventiva mitigando sus riesgos.

Alexa Oviedo, fundadora y CEO de O3 Smart Cities