OPINIÓN

Claudia Camargo

La empatía es una ventaja competitiva, no una obra de caridad

La empatía dejó de ser una habilidad secundaria para convertirse en una ventaja competitiva que fortalece la retención del talento, la innovación y la toma de decisiones. Un liderazgo más humano no solo mejora el bienestar de los equipos, también impulsa la sostenibilidad y los resultados del negocio.
29 de mayo de 2026 a las 10:30 p. m.

Durante décadas en las juntas directivas, la empatía fue relegada al cuarto de San Alejo de las habilidades blandas, ese rincón donde se guardan las herramientas que se consideran deseables pero prescindibles cuando las proyecciones trimestrales aprietan. Sin embargo, la realidad del mercado global y la evolución del entorno empresarial en Colombia nos están gritando una verdad incómoda para muchos: el aislamiento emocional en la alta dirección es, hoy por hoy, un pasivo financiero.

No hablo de una empatía superficial o de ser condescendiente, hablo de una competencia estratégica. En la oficina Colombia de BDO Interaméricas hemos observado que la transformación de la organización no se mide solo en los números, en la adopción de las tendencias tecnológicas o en la optimización de procesos, sino en la capacidad de nuestros líderes para colocar el factor humano como el activo más rentable de la organización.

Sin duda el liderazgo no debe valorarse por una cuestión de estética corporativa o cumplimiento de cuotas, sino por la capacidad de humanizar la toma de decisiones. La verdadera disrupción ocurre cuando dejamos de forzar al talento a encajar en modelos de mando anticuados y entendemos que una visión centrada en la colaboración y el bienestar de las personas es, en realidad, el motor que estabiliza a las organizaciones.

Desglosándolo en términos de rentabilidad, considero que hay tres factores donde esta visión redefine el éxito:

Primero, la retención del capital intelectual: en un mercado donde el talento es nómada, la empatía es el pegamento de la cultura organizacional. Un líder que entiende las dinámicas de vida de su equipo reduce drásticamente los costos de rotación. No es “ser amable”; es proteger la memoria operativa de la empresa.

Segundo, la mitigación de riesgos: al escuchar activamente a los grupos de interés, se detectan señales de alerta que un liderazgo puramente tradicional puede ignorar hasta que es demasiado tarde para el balance de resultados.

Tercero, la innovación real: solo en entornos donde los líderes validan la vulnerabilidad y la diferencia, los equipos se atreven a proponer soluciones fuera de la caja. Sin empatía lo que tenemos son ejércitos de ejecutivos repitiendo fórmulas seguras que no generan impacto.

A menudo escucho el argumento de que la empatía puede “nublar el juicio” o “ralentizar” la ejecución en entornos de alta presión. Pero la neurociencia y la práctica demuestran lo contrario: la empatía no es indecisión; es información de alta calidad.

Según el análisis del World Economic Forum (WEF) en su Future of Jobs Report 2025-2026, la “Inteligencia Social” y la empatía han dejado de ser habilidades blandas para convertirse en “multiplicadores de productividad”. Las organizaciones que integran la empatía como un protocolo de recolección de datos logran una reducción del 40% en errores de ejecución derivados de una mala interpretación del contexto operativo.

Un líder que ignora el contexto humano de su operación está tomando decisiones con la mitad de la data. La rapidez sin conexión es simplemente una forma acelerada de equivocarse.

El desafío para los CEOs y las juntas directivas de hoy es reconocer que el modelo de liderazgo “frío y calculador” está obsoleto. La verdadera evolución empresarial radica en entender que el ROI de la empatía se refleja en la lealtad del cliente, la agilidad del equipo y, por supuesto, en la sostenibilidad del negocio.

El mérito ya no se discute; lo que se evalúa ahora es la capacidad de transformar ese mérito en un impacto humano duradero.

Claudia Camargo, managing partner de BDO en Colombia.