OPINIÓN

Angélica de la Peña Serna

La narrativa del trabajo está definiendo el futuro del país

Las creencias no solo afectan la forma en que trabajamos, afectan la forma en que vivimos. Cuando alguien cree que el trabajo es sacrificio, difícilmente buscará disfrute. Dejemos de preguntarnos “¿qué me toca hacer?” y empezamos a preguntarnos “¿qué estoy construyendo con lo que hago?”.
31 de marzo de 2026 a las 5:52 p. m.

Durante generaciones, el trabajo ha sido definido por frases que escuchamos sin cuestionar: “trabajar es duro”, “la vida es sacrificio”, “primero el deber, después el placer”, “hay que trabajar en lo que sea”. No eran solo expresiones cotidianas; eran creencias profundamente arraigadas. Creencias que se instalaron en nuestra mente mucho antes de que tuviéramos la capacidad de decidir quiénes queríamos ser o cómo queríamos vivir. Y lo más determinante y a la vez invisible; es que no las interpretamos como una opción, sino como una verdad absoluta.

Así, millones de personas crecieron entendiendo el trabajo como una obligación, como una carga necesaria para sobrevivir, como un medio y no como un camino. Se nos enseñó a resistir, no a disfrutar; a cumplir, no a construir. El resultado es evidente. Según estudios de Gallup, solo el 23 por ciento de las personas en el mundo se sienten realmente comprometidas con su trabajo. El resto se mueve entre la desconexión y la resignación. No estamos frente a un problema de talento ni de oportunidades. Estamos frente a una crisis de significado.

Las creencias no solo afectan la forma en que trabajamos, afectan la forma en que vivimos. Cuando alguien cree que el trabajo es sacrificio, difícilmente buscará disfrute. Cuando alguien cree que el trabajo es una obligación, no construirá propósito. Cuando alguien cree que el trabajo es únicamente una fuente de ingreso, limitará su capacidad de crecimiento. Las creencias son filtros que condicionan nuestras decisiones, nuestras emociones y, en última instancia, nuestro nivel de expansión.

Lo más crítico es que estas creencias no se quedan en una generación. Se transmiten. De manera consciente o inconsciente, enseñamos a otros cómo relacionarse con el trabajo. El World Economic Forum ha señalado que más del 60 por ciento de las percepciones sobre éxito, carrera y propósito se forman antes de los 18 años, influenciadas principalmente por el entorno familiar y educativo. Esto significa que las conversaciones que tenemos en casa, la forma en que hablamos de nuestro trabajo, la energía con la que enfrentamos nuestras responsabilidades, están moldeando la mentalidad de quienes vienen detrás.

Resignificar el trabajo, entonces, no es un concepto aspiracional; es una decisión consciente y urgente. No podemos cambiar lo que escuchamos en el pasado, pero sí podemos decidir qué hacemos con eso. Resignificar no implica romantizar el trabajo ni desconocer su exigencia. Implica elevar la forma en que lo entendemos. El trabajo puede ser retador, sí, pero también puede ser una fuente de crecimiento, de identidad, de contribución y de bienestar. El cambio comienza en una pregunta distinta. Dejamos de preguntarnos “¿qué me toca hacer?” y empezamos a preguntarnos “¿qué estoy construyendo con lo que hago?”. Ese cambio de perspectiva transforma por completo la experiencia.

Sin embargo, este proceso no es conceptual, es conductual. No se logra con discursos ni con intención, se logra con acción sostenida. Se ve en lo cotidiano, en cómo hablamos de nuestro trabajo frente a nuestros hijos, nuestros equipos o nuestros pares. Se refleja en cómo gestionamos nuestra energía, en cómo asumimos los retos, en cómo dejamos de operar desde la queja para comenzar a operar desde la responsabilidad. En un entorno cada vez más incierto, la actitud deja de ser un rasgo personal y se convierte en una estrategia de liderazgo.

Nuestra relación con el trabajo tampoco se construye únicamente desde lo profesional. Está profundamente influenciada por la forma en que gestionamos nuestros activos de vida. El tiempo, el ingreso, el cuerpo, el espíritu y el entorno no son variables independientes; son sistemas interconectados que determinan nuestra experiencia. Cuando el tiempo se desborda, el trabajo pesa. Cuando el ingreso genera presión constante, el trabajo angustia. Cuando el cuerpo no tiene energía, el trabajo agota. Cuando no hay conexión con un propósito, el trabajo pierde sentido. Y cuando el entorno limita, el trabajo se vuelve una carga. Por el contrario, cuando estos activos están alineados, el trabajo fluye, se disfruta y se convierte en una extensión coherente de quiénes somos. Esto no es casualidad, es diseño.

El impacto de todo esto es profundamente generacional. Hoy no solo estamos trabajando; estamos enseñando a otros qué significa trabajar. Los hijos observan en silencio, los equipos replican comportamientos y las nuevas generaciones interpretan lo que ven. No aprenden de lo que decimos, aprenden de lo que hacemos. Ven si vivimos desde la queja o desde la construcción. Ven si enfrentamos el trabajo con propósito o con resignación. Ven si lo asumimos como una carga o como una oportunidad. Y luego, lo repiten.

Por eso, cuando hablamos de transformar el país, las organizaciones o la productividad, hay una pregunta que no podemos evitar: ¿qué estamos transmitiendo? Queremos nuevas generaciones más comprometidas, más conscientes, más conectadas con su propósito, pero muchas veces seguimos replicando narrativas que limitan. Pedimos cambio, pero no siempre revisamos el mensaje que estamos enviando.

Cambiar la relación con el trabajo no es un discurso corporativo ni una tendencia pasajera. Es una decisión cultural que empieza en lo cotidiano. Empieza cuando dejamos de decir “me toca trabajar” y comenzamos a decir “decido construir”. Empieza cuando dejamos de normalizar el desgaste como símbolo de éxito y comenzamos a priorizar el bienestar como base de sostenibilidad. Empieza cuando dejamos de formar generaciones que sobreviven y comenzamos a formar generaciones que construyen.

Hoy, el llamado es claro y es profundo. A los líderes, a los padres, a los mentores, a quienes influyen en otros desde cualquier rol. El trabajo no necesita más discursos. Necesita nuevos ejemplos. Tenemos la oportunidad y la responsabilidad de cambiar la narrativa, de demostrar que sí es posible trabajar con propósito, con bienestar y con sentido. No como una excepción, sino como un estándar.

Porque al final, el trabajo no es lo que hacemos todos los días. Es la forma en la que decidimos vivirlos.

Angélica de la Peña Serna, vicepresidenta Comercial de Tractocar y autora de Placer Laboral