Perdí la cuenta de cuántas veces me he definido como la oveja multicolor. La negra me parecía demasiado triste. Y es que creo que vivimos en una sociedad que presume de celebrar las diferencias, siempre que no incomoden demasiado.
Nos estamos convirtiendo en expertos para definir lo que es ‘normal’: cómo debería vivir alguien, qué decisiones tomar, qué pensar e incluso qué sentir. Y cuando alguien se sale del libreto, rápidamente encontramos una etiqueta para explicar lo que simplemente no nos gusta. Qué curiosa manera de defender la diversidad.
Es natural buscar personas que se parezcan a nosotros. Compartir valores, ideas y formas de ver la vida nos da seguridad y sentido de pertenencia. El problema comienza cuando confundimos esa confianza con superioridad moral. Cuando dejamos de pensar que somos diferentes y empezamos a creer ‘yo estoy bien y tú estás mal’.
No es solo una percepción. El Edelman Trust Barometer 2026, una investigación global sobre confianza realizada en 28 países, encontró que el 70 por ciento de los encuestados duda o se resiste a confiar en personas con valores, fuentes de información, contextos culturales o maneras de abordar los problemas diferentes a los suyos.
Esa desconfianza puede traducirse en pequeñas dosis de intolerancia: bromas, comentarios aparentemente inocentes, miradas de desaprobación y juicios que nadie nos pidió emitir. Nos burlamos, etiquetamos, cuestionamos la integridad de otros y, en ocasiones, llegamos a humillar con sorprendente tranquilidad, como si pensar diferente fuera un defecto de fábrica.
Lo paradójico es que en el mundo profesional no dejamos de hablar de creatividad y pensamiento crítico. Llenamos presentaciones de palabras como innovación y diferenciación, pero basta con que alguien cuestione una idea, contradiga una decisión o proponga un camino distinto para que toda esa apertura se ponga a prueba.
El mismo estudio encontró que el 42 por ciento de los empleados preferiría cambiar de departamento antes que reportar a un jefe con valores muy diferentes a los suyos.
Queremos equipos creativos y pensamiento crítico, pero sin demasiadas preguntas. Autenticidad, siempre que se parezca bastante a la nuestra. Así terminamos construyendo organizaciones donde resulta más seguro asentir que pensar.
Por supuesto, ser auténtico no significa hacer lo que nos dé la gana, desafiar por deporte ni confundir libertad con falta de respeto. Tampoco convierte cualquier opinión en una buena idea. La diferencia está en discutir argumentos sin descalificar personas, ejercer autoridad sin imponer uniformidad y entender que cuestionar no siempre es una amenaza.
Un líder que necesita tener siempre la razón difícilmente podrá rodearse de personas capaces de pensar mejor que él.
La situación trasciende las oficinas. En nuestras relaciones personales también hemos adquirido una peligrosa facilidad para convertir las diferencias en juicios morales. Interpretamos desde nuestra historia, suponemos intenciones y dictamos sentencias sobre comportamientos de los que apenas conocemos algunos capítulos.
Claro que existen errores que reconocer, conductas que cuestionar y límites que respetar, pero sentirse herido no nos concede el derecho a humillar. Ni estar convencidos de nuestra verdad nos convierte en propietarios de la verdad ajena.
En mi opinión, lo más preocupante es lo que estamos haciendo con el pensamiento crítico. Lo confundimos con defender brillantemente nuestras opiniones, cuando su verdadero valor también está en cuestionarlas: escuchar argumentos incómodos, revisar nuestras certezas y aceptar que podemos estar equivocados.
Pensar críticamente exige humildad intelectual y empatía
Nos hace falta recuperar el arte de conversar.
Justo ayer, mi sobrino me preguntó si yo hablo o converso (hago muchos monólogos, evidentemente) porque sintió que me había apoderado de la conversación. Me dejó en absoluta revisión personal.
Escuchar, preguntar antes de juzgar, oír sin preparar inmediatamente una defensa y discutir sin destruir puede ser una muestra de inteligencia y no una derrota personal.
La autenticidad no necesita que todos estemos de acuerdo, sino que podamos ser diferentes sin convertir esa diferencia en una batalla; porque cuando respetamos a quienes piensan como nosotros, no estamos promoviendo la autenticidad: estamos exigiendo obediencia.
Paula Amado, autoridad y experta en mercadeo humano
