En mi columna anterior — Nuestro reto como colombianos: desmantelar la ‘industria de la desconfianza’ - Semana — hablé de cómo el narcotráfico ha sembrado en Colombia lo que llamé la multimillonaria industria de la desconfianza. Hoy vuelvo sobre esa idea, a partir de una experiencia reciente.
Quiero empezar por separar dos temas que solemos mezclar: el consumo de drogas y el narcotráfico. No son lo mismo, aunque llevemos décadas tratándolos como si lo fueran.
Antes, me presento. Tengo 54 años. He vivido lo suficiente para tener algunas certezas… y para empezar a cuestionarlas. Algunos dicen que esta etapa se parece a una segunda adolescencia. Puede que tengan razón: en los últimos años descubrí el gusto por los conciertos de música electrónica. El año pasado fui a seis. Este año ya tengo varios en la agenda.
En esos espacios, el consumo de drogas recreativas es evidente.
Y aquí viene algo que me sorprendió incluso a mí: durante años le tuve miedo —un miedo profundo— a todo lo relacionado con las drogas. En parte, por experiencias familiares difíciles. Pero en estos conciertos encontré algo distinto a lo que esperaba: un ambiente tranquilo, festivo, con personas, en su mayoría, en control de sí mismas. Muy diferente, por ejemplo, a muchos espacios marcados por el exceso de alcohol que he visto a lo largo de mi vida.
No estoy idealizando. Estoy describiendo.
Después de varias experiencias similares, me hice una pregunta incómoda: ¿cuál es realmente el problema?
No voy a entrar en el debate de salud pública. Es complejo y exige evidencia, datos y voces expertas. Pero sí hay algo que vale la pena señalar: organismos como la Organización Mundial de la Salud han advertido que gran parte del riesgo está en la falta de control sobre lo que se consume, más que en el consumo en sí mismo.
Yo hablo desde lo vivido. Y desde ahí, lo que veo es una realidad difícil de negar: el consumo existe y, hoy por hoy, parece imposible de erradicar.
Entonces la pregunta cambia.
Si no se puede eliminar, ¿cómo se hace menos peligroso?
Hoy las drogas recreativas se producen, se mezclan y se distribuyen en redes clandestinas. Sin control, sin regulación, sin verificación. Eso significa que nadie sabe con certeza qué está consumiendo. Y en esa cadena, quienes tienen el control son precisamente quienes tienen incentivos para aumentar el consumo, incluso a través de la adulteración de sustancias.
Ahí hay un problema evidente.
Entonces me hago otra pregunta: si esa cadena fuera regulada, controlada y verificada, ¿el problema sería del mismo tamaño? ¿Sería comparable al del alcohol o el cigarrillo?
No tengo una respuesta definitiva. Pero sí creo que es una pregunta que vale la pena hacerse.
Experiencias como las de Uruguay o Canadá con la regulación del cannabis muestran que el Estado puede intervenir para reducir riesgos y quitarle espacio al mercado ilegal. No es un modelo perfecto, pero sí es distinto a lo que hemos hecho durante décadas.
Y ahí paso al segundo punto: el narcotráfico.
Porque si algo tengo claro es que este sí es el verdadero problema.
El narcotráfico ha construido una de las economías ilegales más poderosas del mundo. Mueve miles de millones de dólares cada año y sus efectos son evidentes: violencia, corrupción, reclutamiento de menores, control de territorios.
Esa es, para mí, la verdadera industria de la desconfianza.
Y su principal fuente de ingresos es, precisamente, la ilegalidad de las drogas.
Por eso insisto en separar el problema: una cosa es el consumo; otra, el negocio criminal que se alimenta de él.
¿Qué pasaría si los abordáramos por separado?
Si, por un lado, trabajáramos para hacer el consumo menos riesgoso a través de regulación y control. Y, por el otro, fortaleciéramos una agenda mucho más decidida —nacional e internacional— para combatir las estructuras criminales.
En el fondo, lo que me pregunto es si no estamos peleando la batalla equivocada.
Si quien llegue a la Casa de Nariño me pidiera una opinión —no como experta, sino como ciudadana— le diría esto: atrévase a abrir la conversación sobre la regulación y el control de la producción y distribución de las drogas.
No como consigna. Como estrategia.
Porque mientras el mercado siga siendo ilegal, seguirá financiando exactamente aquello que decimos querer combatir.
Desmontar la industria de la desconfianza implica tocar su principal fuente de recursos.
Lo demás —la confianza, las oportunidades, el país que queremos— lo seguimos construyendo los colombianos todos los días, incluso en medio de nuestras contradicciones.
Marcela Velásquez, vicepresidenta y CFO de DUE Capital and Services
